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La dura vida en altura
La vida en los campos de altura no tiene nada que ver con la
del campo base. Las horas -a veces días- que pasan los
alpinistas allí son los momentos más ingratos de
las expediciones. Arriba, los escaladores viven en el extremo,
con incomodidades y temperaturas que pueden ir desde los cuarenta
grados durante el día hasta los treinta bajo cero por la
noche.
Otro problema son las tiendas de campaña pequeñas,
nunca de más de dos plazas, pero en las que se acomodan
tres y hasta cuatro. El cansancio y la falta de oxígeno
se unen en altitud para que al alpinista no le queden ganas de
casi nada, sólo dormir. Esas horas muertas se convierten
en una verdadera prueba de fuego psicológica.
Pocos 'ochomiles' ofrecen la posibilidad de instalar campos de
altura en amplios explanadas. Lo habitual son sitios angostos,
colgados en una pared o excavados en una pronunciada pendiente,
donde la salida al exterior se ve limitada a la mínima
expresión.
Ester Sabadell explicaba ayer gráficamente la situación
que tienen que vivir en el C-II. «Tenemos un patio impresionante
en la misma puerta de la tienda, más de mil metros de caída,
así que hasta para salir a mear nos tenemos que poner los
crampones».
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