| DÍA 36 |
| Desde el Nanga Parbat |

Fernando F.J. Pérez
Enviado Especial.
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La visita del pequeño
Mustagh
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| Mustagh muestra
su habilidad con el tiragomas. / F. J. PÉREZ |
El pequeño Mustagh tiene nombre de montaña. Existe
en el corazón del Karakorum un pico vertiginoso, uno de
los más altivos de toda la cordillera, visible desde casi
cualquier punto. Amado y temido a partes iguales. Mide 7.287 metros
y la hacen llamar la torre Mustagh. Fue hollada por primera vez
en 1956, pero apenas tiene media docena de ascensiones. Y desde
hace más de una década nadie se atreve con él.
El pequeño Mustagh tiene los ojos azules. Dos océanos
que no pierden detalle. Y es rubio. Pero nació en el valle
de Diamir, a los pies del Nanga Parbat. Cuenta la leyenda que
Alejandro Magno, trescientos años antes de cristo, llegó
hasta estos territorios. Y sus tropas extendieron los genes occidentales
siguiendo la consigna del emperador de mezclarse con la población
local para extender la cultura helénica. Por eso no es
extraño encontrar en Pakistán nativos con rasgos
anglosajones.
El pequeño Mustagh tiene seis años. El campo base
del Nanga Parbat está a apenas un par de horas o tres de
la última aldea del valle, así que es habitual que
niños suban hasta aquí para ganarse una rupias vendiendo
alguna baratija o ayudando a los cocineros a tirar la basura.
El pequeño Mustagh es huérfano. Su padre, Sherrahman
Sfo Lal, era porteador de altura. Un gran porteador, según
los que le conocían. Había subido muy alto en el
Nanga Parbat y también en el K2, hasta que en el año
2002, trabajando para una expedición española, una
avalancha lo barrió de la montaña.
El pequeño Mustagh es el menor de seis hermanos. Y los
cinco mayores son chicas. Lo que en Pakistán significa
que él es el cabeza de familia. Su abuelo es demasiado
viejo para trabajar, así que hasta que sea lo suficientemente
mayor para ganar dinero, probablemente también como porteador,
la familia sobrevive con lo que otras o sus parientes le dan.
El pequeño Mustagh no es como los otros niños.
No hay quien le gane con el tirachinas, por mucho que algunos
alpinistas lo hayan intentado. Y cuando le regalas una libreta
y un bolígrafo, uno de los tesoros más preciados
por los niños del valle, lo primero que hace es escribir
su nombre, en inglés y árabe. Y enseñartelo.
Y cuando lo hace, orgulloso, su sonrisa silenciosa muestra unos
dientes grandes y sucios. Efectivamente, el pequeño Mustagh
no es como los otros niños. El pequeño Mustagh es
sordomudo.
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