| DÍA 35 |
| Desde el Nanga Parbat |

Fernando F.J. Pérez
Enviado Especial.
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Los otros amantes
de la Diosa desnuda
Aunque la crónica del Nanga parece monopolizada por los
alemanes, no sólo ellos han hecho historia en esta montaña
La Montaña de los alemanes. Así se conoció
al Nanga Parbat durante muchos años, sobre todo en las
primeras décadas de su conquista. Tanto que en 1938, cuando
los británicos Shipton y Smythe planearon su ascensión,
la prensa alemana se echó encima de ellos y recibieron
cientos de cartas acusándoles poco menos que de que profanar
un santuario exclusivamente germano. Desde su primera ascensión,
en 1953, hasta la década de los setenta, prácticamente
fue el jardín particular del doctor Herrligkoffer, que
organizó casi una decena de expediciones a todas las vertientes
de la montaña y sus alpinistas abrieron la mitad de las
rutas que tiene la montaña.
Pero en los setenta llegó la democratización del
Nanga Parbat. Los primeros que osaron romper el monopolio fueron
los checos. En 1969 intentaron repetir la ruta de Hermann Buhl
sin lograrlo, aunque dos años después volvieron
para completarla. Además, ascendieron la cumbre secundaria
(8.042 m.), que Buhl en 1953 había bordeado por debajo.
Austriacos, polacos, estadounidenses, franceses, holandeses, italianos...
En los años siguientes las expediciones comenzaron a poblar
el campo base del Nanga, casi siempre el de la vertiente Diamir,
confirmada rápidamente como la ruta más factible.
Salvo honrosas excepciones. Como los austriacos que en 1976 se
empeñaron en completar la ruta que a la izquierda de la
vertiginosa vertiente Rupal, en su arista sur-suroeste, había
intentado abrir el año anterior una expedición de
Herrligkoffer.
Tras montar tres campamentos en la arista, Hans Schell, Siegi
Gimpel, Robert Schauer y Hilmar Sturmse, tuvieron que retornar
al campo base por una tormenta. Cuando volvieron a la montaña,
el C-III estaba sepultado bajo dos metros de nieve. Lejos de achantarse,
montaron el C-IV a 7.450 metros, desde donde el 9 de agosto salieron
hacia la cumbre. En los dos días siguientes tuvieron que
vivaquear a 7.700 y 8.020, justo debajo de la cima, que alcanzaron
el 11 de agosto. Ese mismo día descendieron a la seguridad
del C-IV, pese a que Schell, líder de la expedición,
bajaba con una embolia pulmonar. Acababan de abrir, casi en estilo
alpino y sin porteadores de altura, la que a partir de entonces
se conocería como vía Schell, gesta que quedaría
ensombrecida dos años después por la ascensión
en solitario de Reinhold Messner.
Años trágicos
La década de los ochenta puede considerarse la de los
japoneses. Sin buscar paralelismos impropios, lo que los alpinistas
del país del sol naciente vivieron esos años recuerda
las sucesivas tragedias de los alemanes en la década de
los treinta. En ocho años murieron once japoneses, nueve
de ellos en dos años, 1983 y 1984.
En esa década de los ochenta, el gran protagonista del
Nanga Parbat fue el pilar sureste de la pared Rupal. En 1982 el
doctor Herrligkoffer acude por última vez a 'su' montaña
en pos de esa ruta, su última asignatura pendiente. A mediados
de agosto han instalado el último campo, a 7.500 metros,
y cuatro hombres parten hacia la cima por el tramo final del pilar,
casi vertical. Pero tres se dan la vuelta ante las dificultades
y el suizo Ueli Bülher sigue solo. Vivaquea sin equipo y
al día siguiente alcanza la cumbre secundaria (8.042 m.),
pero no puede seguir hasta la principal y desciende al campo V.
Su gesta se saldaría con la amputación, por congelaciones,
de casi la mitad de sus dedos. Tres años después,
un grupo polaco dirigido por Jerzy Kukuzcka y en el que también
estaba el mexicano Carlos Carsolio, ambos camino de completar
los catorce 'ochomiles', completó la ruta hasta la cima
principal. Aunque también probaron su crueldad. Los dos
últimos días escalaron sin comida ni agua, una avalancha
arrasó su campo III y tuvieron que aguantar una tormenta
con aparato eléctrico colgados en la pared viendo como
las chispas saltaban del pitón en el que estaban asegurados
a la roca.
Los japoneses tendrían que esperar a la siguiente década,
a 1995 para ver hecho realidad su empeño de poner nombre
a una vía en el Nanga Parbat. Fue una variante de la original
de Buhl, ya que ellos subieron directamente al conocido como Collado
Plateado, donde montaron el último campamento a 7.350 metros.
Tras respirar oxigeno embotellado durante la noche, Yuko Yabe,
Takeshi Akiyama y Hiroshi Saito partieron hacia la cumbre siguiendo
el camino de Buhl. La alcanzaron a las cinco de la tarde y en
el descenso vivaquearon a 7.700 metros. Finalmente, alcanzaron
las tiendas del Collado Plateado 39 horas después de haber
partido. Esta ascensión no hizo más que acrecentar
la gesta de Buhl, que tardó apenas una hora más
en realizar el mismo recorrido, pero 42 años antes, en
solitario y sin haber respirado oxígeno artificial.
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