| DÍA 29 |
| Desde el Nanga Parbat |

Fernando F.J. Pérez
Enviado Especial.
|
Un 9% de mortalidad
El riesgo que entraña subir a una gran montaña
es evidente. No hay más que acudir a las estadísticas
para comprobarlo. Hasta agosto del año pasado, los catorce
'ochomiles' acumulaban 7.199 ascensiones y 657 muertes, lo que
supone el 9,13%, casi un muerto por cada diez ascensiones. Aunque
esta cifra global es engañosa. Hay montañas con
un índice del 2,10%, como el Cho Oyu, y otras con un 40,15%,
como el Annapurna.
Fijémonos es estas últimas, las que encabezan la
estadística: además del Annapurna, el K2 (22,49%),
el Manaslu (21,67%), el Dhaulagiri (17,45%), el Kangchenjunga
(15,68%) o el Nanga Parbat (14,47%), según datos de Kartajanari.
Las cifras, así, sin más, no ofrecen más
que un valor estadístico. Duro, pero meramente estadístico.
Realmente adquieren un significado real si se les compara con
otros datos, como por ejemplo el de las posibilidades de morir
jugando a la ruleta rusa (16,7%).
Los escaladores, empeñados siempre en quitar hierro a
la parte dramática de su labor, suelen replicar ante estas
cifras que conducir es tan peligroso como escalar. Sin recurrir
de nuevo a los números, una rápida encuesta entre
los alpinistas del campo base arroja un poco de luz. Desde que
Edurne escala ha perdido media docena de amigos. Josu Bereziartua,
un docena larga, Iván Vallejo, otro tanto. Silvio Mondinelli,
aún más. Sin ser exagerados, todos ellos han visto
morir a una media de un amigo al año. ¿Cuantos conductores
pierden a un amigo al año en accidente de tráfico?
Pero ni tan siquiera estos datos desaniman a los alpinistas.
Al fin y al cabo, ¿qué precio tiene sentir la libertad
de las cumbres, la emoción de vivir al límite, la
sensación de sentirte inmortal allá arriba?
|