Crónica de un recorrido en tren
desde Alcalá de Henares a Vicálvaro, una ruta del
dolor con los andenes vacíos y sumida en la tristeza .
Alguien ha puesto unas velas rojas y
unas flores, junto a una bandera de España
que pide cadena perpetua y clama contra el olvido,
en la entrada a la estación de Alcalá
de Henares. Son las ocho y media de la mañana
del día después. El día ha amanecido
entre nubes bajas que esparcen jirones de penumbra
y anuncian una lluvia inminente en esta ciudad madrileña
que, desde el pasado jueves, vive sobrecogida por
la muerte de más de 40 vecinos. Se ve poca
gente en la estación. Apenas media docena de
personas desayuna en la cafetería, rodeada
a esas horas por un silencio desconocido. Una de ellas
es Almudena Sainz, empleada en una cercana tienda
de móviles de decomiso. Está llorando
y busca consuelo en el hombro de un joven de rasgos
hindúes. Una buena amiga suya, María
Luisa Fernández, se encuentra ingresada en
la UVI del hospital Doce de Octubre. Las explosiones
la sorprendieron en plena estación de Atocha,
de camino hacia la tienda de pescados congelados en
la que trabaja.
«Está grave. Tiene los
pulmones encharcados y la cara deformada por las heridas.
Y mucho dolor en el abdomen», dice.
Nada era igual ayer en la estación de Alcalá
de Henares, por la que el jueves cruzaron los tres
trenes siniestrados. La propia presencia de periodistas
y policías secretas ya eran un mal presagio.
Andrés Zuya, el quiosquero, muestra los tres
grandes montones de periódicos que tiene sin
abrir como señal inequívoca de una jornada
de luto que ya se advierte por el gran lazo negro
que cuelga encima de su cabeza, pegado sobre una hilera
de revistas del corazón.
«Parece un funeral»
«La gente se ha quedado en casa
o ha ido en coche al trabajo. La verdad es que esto
parece un funeral», comenta, entre suspiros,
antes de relatar una imagen que le ha conmocionado.
Era la de una mujer, rota por el dolor, que a primera
hora de la mañana ha cruzado por delante de
su quiosco. «Me han dicho que iba para el IFEMA.
Que no sabe nada de sus dos hijos desde ayer».
El viaje del día después siguiendo la
ruta del dolor en los trenes de cercanías del
sureste de Madrid concluía ayer en Vicálvaro.
Imposible llegar hasta Santa Eugenia o el Pozo del
Tío Raimundo. Como se anunciaba por la megafonía
de los andenes, el tráfico ferroviario estaba
suspendido entre Vicálvaro y Atocha. Algunos
trenes pasaban o llegaban casi vacíos a Alcalá.
El del maquinista José Ramón Sierra
era uno de ellos. Anteayer fue un hombre con suerte.
Su tren no fue elegido en el azar siniestro de los
terroristas. Fue una simple cuestión de diez
minutos.
«Salí a las siete y diez,
justo delante del primer tren en el que estallaron
las bombas en Atocha. Las explosiones me pillaron
cuando estaba en el túnel de Chamartín.
Al que le tocó fue a Mariano (un amigo maquinista).
He hablado con él y está en casa muy
jodido. Ya se puede figurar lo que vio en Atocha».
El trayecto entre Alcalá y Torrejón
es el más largo del Corredor del Henares desde
que éste entra en Madrid. El tren cruza un
paisaje industrial de grandes naves, muros cubiertos
de grafittis, centros comerciales y viviendas de nueva
construcción. Dicen los expertos que esta zona
es la de mayor crecimiento económico de Europa,
que en ella se produce el 17% del PIB español.
Y seguro que la mañana del jueves los vagones
abarrotados eran una confirmación explícita
de esta estadística. Ayer, por el contrario,
su apariencia era fantasmal. Viajeros solitarios,
silencio, asientos vacíos... Aunque el convoy
tenía un destino anunciado y, encima de la
puerta de cada vagón, un panel luminoso marcaba
la hora y la temperatura exterior, el viaje parecía
ser a ninguna parte y hasta los carteles publicitarios
-«Cada día 33.000 euros al cupón
y un superpremio de 300.000. Pónle ilusión
a tu vida», anunciaba la ONCE-, tenían
algo de ridículo.
Miedo
«Nunca he visto un día
así», reconoce Rufino Martínez,
el jefe de estación de Torrejón de Ardoz,
que el jueves vivió un día de angustia
cuando, a partir de las 7.45 horas, el Centro de Control
de Atocha fue desalojado y, sin ninguna información
de lo que estaba sucediendo, las emisoras de radio
comenzaron a relatar la masacre. «Piensa en
todos los compañeros que tenemos allí.
A ver. Espera un segundo y te doy la cifra de viajeros.
Nos sale en el ordenador porque los torniquetes nos
sirven de control».
Rufino teclea y en la pantalla de su terminal aparecen
una columnas de diferente tamaño, divididas
en horas.
«Te doy el número entre
las seis y las nueve de la mañana. Vamos a
ver. El viernes pasado, día 5, 4.443 viajeros.
Y hoy... Vamos a ver: 1.297. ¿Mira qué
diferencia! De todas formas, es normal. Entre que
el tráfico no es igual y el miedo...»
En el vestíbulo de la estación
aparece, de improviso, uno de los heridos del atentado.
Es un hombre alto, moreno y con bigote, de unos cincuenta
años. Tiene la cara hinchada y la nariz cosida
a puntos. Dos grandes vendas le protegen el ojo y
el pómulo izquierdos. De la mano de una mujer,
el hombre parece buscar algo que no encuentra. Lo
que busca está fuera del vestíbulo.
Curiosamente -es imposible no sorprenderse ante lo
trágicamente surrealista de la escena- es la
máquina de fotos al instante. El hombre se
tiene que hacer un retrato de esa guisa para el seguro.
Pero no quiere hablar, ni mucho menos dejarse retratar
fuera de la cortina del fotomatón.
-Me ha dicho el psicólogo que
no hable con nadie-, advierte.
De camino hacia la siguiente parada,
San Fernando de Henares, el cielo se oscurece aún
más y comienza a llover con fuerza. La lluvia
en los cristales del tren acentúa la sensación
general de tristeza y de vacío. Ésa,
la de un pasajero triste perdido en sus tristes cábalas,
es la imagen que ofrece Fernando Moranchel, mirando
absorto por la ventana ese paisaje tantas veces visto:
la verja de alambre que protege las vías, los
postes de alta tensión, la autovía...
Como tantos otros, este empleado de Correos, residente
en el barrio de Los Reyes Católicos de Alcalá
y asiduo viajero de tren, no acaba de dar crédito
a la masacre.
Estudiantes y obreros
«No han podido elegir otra línea
para hacer más daño. Quitando la que
va de Móstoles a Fuenlabrada, no habrá
otra con más estudiantes y obreros. ¿Es
que no me entra en la cabeza!», exclama, mientras
el tren cruza por encima del río Henares y
aminora la marcha hasta detenerse en la estación.
Cinco viajeros suben al vagón.
Tampoco hay muchos más en un andén solitario,
barrido por la lluvia y las ráfagas de viento.
Uno de ellos ojea el periódico gratuito '20
minutos'. «¿ETA o Al Qaida?», se
pregunta el titular de portada.
-Para los demás no lo sé.
Pero para las familias de los muertos será
lo mismo. ¿No le parece?-, interroga el lector,
que se dirige a Coslada.
En esta ciudad del extrarradio de la
capital, el atentado ha dejado más de 20 muertos.
Las diferentes franquicias de la estación tienen
todas lazos negros, pasquines contra el terrorismo
y panfletos que llaman a participar en la manifestación
de Madrid. Estos últimos los reparte José
Luis Ibáñez, un joven estudiante de
tercero de ESO en el instituto Luis Braille. Ayer
sólo tuvo una hora de clase. Tras la segunda,
una tutoría en la que recibieron una charla
de un miembro de la Asociación contra la Intolerancia,
decidieron movilizarse. En el caso de José
Luis, este impulso no puede ser más lógico.
«Hace dos años yo estudiaba
en el colegio Montpellier. Y el día del atentado
en la Avenida de Badajoz, nuestro autobús pasó
por allí cinco minutos antes de la explosión»,
recuerda.
Un cartel en rumano
Otro de los carteles que podía
verse en Coslada era del Ayuntamiento y ofrecía
un teléfono de contacto para los interesados
en recabar información sobre los atentados.
Estaba escrito en castellano y en rumano -«Informatii
cu privire la atentat»-, algo lógico
teniendo en cuenta que varios miles de inmigrantes
de este país viven en el municipio. Para muchos
de ellos, el locutorio que regenta Carmen López
fue su lugar de reunión en las horas posteriores
a los atentados.
-Ha sido horroroso. ¿Qué
le voy a contar! Imagínese a tanta gente angustiada
queriendo hablar con las familias de su país.
A su lado, junto al mostrador, el joven rumano Baciu
Cristian consulta la lista de heridos que Carmen López
consiguió la noche anterior en el IFEMA.
-Algunos han muerto. Otros, heridos.
Otros no sabemos dónde están-, dice.
Cruzando una sucesión de andurriales
de cuervos y páramos sin edificar, desguaces
y empresas de transporte, el tren llega a Vicálvaro.
Es el punto final del viaje. Joaquín Puchalt,
el jefe de estación, ha salido al andén
y observa a los viajeros mientras éstos entran
al subterráneo que conduce a la estación
de metro. Uno a uno, les mira a la cara, como si estuviera
en una rueda de reconocimiento.
«Llevo todo el día mirando
a la gente. Y pensando en todos aquellos que hoy no
han venido y no sé por qué».