El pasado jueves, cuando empezábamos a asomarnos
al horror, almas bienpensantes forzaban la elasticidad
del gentilicio: «Hoy todos somos madrileños».
Madrid era el jueves y también el viernes y
hoy, sábado, «capital del dolor»,
como escribió el poeta. También lo fue
de la gloria, la capital de la solidaridad y del coraje
cívico, la ciudad resistente de las canciones
populares cuando la guerra: 'Madrid que bien resiste,
mamita mía, los bombardeos'.
Madrid es también una metonimia
del mal en el lenguaje nacionalista: «Madrid
no entiende otro lenguaje que el de la fuerza»,
dijo el anterior presidente del PNV. «Iturgaiz
es un joven servil hacia Madrid», definió
Francesco Cossiga, amigo del corrupto presidente de
Parmalat, en cuyo avión vino a recoger el premio
'amigo de los vascos'. Decir que hoy somos todos madrileños
es una propuesta bienintencionada, aunque improbable.
Lástima que el periodo de gracia sólo
dure 24 horas, que es lo que viene a durar el alivio
de luto tras un atentado, justo el tiempo que se necesita
para recomponer la figura y volver a las mismas mezquinas
rencillas de todos los días. Habría
que esforzarse para ser madrileños (y madrileñas,
claro) de ahora en adelante, por lo menos mientras
les dura el dolor a las víctimas del horror
que nos estalló el jueves en Madrid.
La empatía es una virtud que
no es compatible con el sentimiento efímero
y requiere espacios amplios para su desarrollo. Tanto
como la humanidad entera. Eso era lo que trató
de expresar hace cuatro siglos el poeta John Donne:
«La muerte de todo hombre me disminuye porque
formo parte de la humanidad. Por eso, no preguntes
por quién doblan las campanas. Doblan por ti».
Pero a las 24 horas de los hechos ya
empezaban a aflorar actitudes bastante menos universales.
El ente autorreferente se empeñó con
admirable tenacidad en defender la autoría
de Al-Qaida. Nadie estaba ayer en condiciones de argumentar
con rotundidad a favor o en contra, pero llamaba la
atención que presentaran como prueba concluyente
la increíble reivindicación al periódico
'Al-Quds-Al-Arabi' y mostraban a la cámara
la portada del 'Daily Mirror', campeón de los
tabloides: 'Al-Qaida: Fuimos nosotros', como si se
tratase del 'Financial Times', paradigma de la seriedad.
No se podía entender bien el
porqué de tanto empeño. El horror es
el mismo en ambas hipótesis, pero la posibilidad
de que haya sido el terrorismo islámico es
mucho más inquietante para el futuro. A ETA
se sabe cómo hacerle frente; a lo otro, no.
¿Habrá algún interés electoral
en ello? No lo creo. Como sabemos todos los que vemos
ETB, el electoralismo es un vicio que practica en
solitario el Partido Popular. Uno de los invitados
de la televisión autonómica lo explicaba
ayer: «Sentí un alivio porque no han
sido compatriotas míos». Un día
más tarde ya no éramos madrileños
y parecía más relevante el hecho de
compartir el gentilicio con «nuestros»
terroristas que el sufrimiento de las víctimas.
Seamos madrileños hoy también.