Los familiares de las víctimas
recibieron la noticia de la muerte de sus seres queridos a través
de la megafonía de Ifema, tras horas de peregrinación
por los hospitales .
La vida truncada de una familia se anuncia
por megafonía en el pabellón número
diez de IFEMA. Hasta el momento en que el altavoz
escupe el nombre y los apellidos del padre, el hijo,
la esposa, el sobrino, el primo o el amigo todavía
hay una esperanza. Cobijados en una manta de cuadros,
apoyados en la mirada reconfortante de un voluntario
o diluyendo la incertidumbre en un vaso de café,
los cientos de personas que esperan noticias de sus
seres queridos aún confían en abrazar
a los suyos. Si el altavoz maldito amplifica el sonido
de sus nombres, ya sólo les queda cubrir el
trecho hasta el pabellón seis para identificar
los restos. Ya sólo les queda la desesperación.
«Toda la noche ha sido así. Se escuchaba
un nombre por megafonía, y después los
gritos y los llantos de los familiares. Ha sido un
gota a gota macabro, desolador», explica un
grupo de trabajadores de un centro de atención
a drogodependientes de la capital, volcados ayer en
la atención psicológica a las víctimas
del 11-M en el recinto de acogida improvisado en uno
de los módulos de la Feria de Madrid.
Su misión es tan necesaria como
dura en un pabellón que es un hervidero de
almas en pena, de gente que llora, que se derrumba,
que sale en camilla vencida por el dolor, que busca
desesperada a los desaparecidos. Son imprescindibles
en la noche y la mañana eternas del depósito
de cadáveres de IFEMA. Divididos en grupos
de dos por familia, los profesionales -psicólogos,
psiquiatras y trabajadores sociales- acompañaron
a los afectados en la antesala de la tragedia, en
las horas tensas que preceden al mazazo. Les llevaron
comida y bebida, les ayudaron a revisar las listas
de heridos facili- tadas por los hospitales, les escucharon,
les consolaron. Tras el golpe, les acompañaron
en el trance cruel de la identificación de
los cuerpos -en muchos casos, mutilados e irreconocibles-,
les ayudaron con los trámites burocráticos,
con el traslado a los diversos tanatorios de la comunidad,
prestaron oídos de nuevo a sus dramas. «Nadie
puede imaginar el dolor que hay ahí dentro.
Soy psicóloga y no puedo más»,
se lamentaba una mujer, sin poder contener las lágrimas,
en la salida norte del pabellón.
Trágico cumpleaños
El dolor en el parque ferial Juan Carlos
I es enorme y contagioso como una nube tóxica.
Los voluntarios luchan por mantener la «compostura»
que les permita seguir con su trabajo, pero también
ellos se derrumban en ocasiones. Por eso, Estrella
Rodríguez, directora de Intervención
Social de la Cruz Roja, promete «cuidar»
a quienes desinteresadamente colaboran con su labor
y brindarles también a ellos apoyo psicológico.
De inmediato se comprende que lo necesiten con sólo
dirigirse a cualquiera de las familias rotas que,
de forma incesante, entran y salen del recinto. Con
sólo mirarles a los ojos.
-«¿Han perdido a algún
familiar?».
-«A mi hijo. Hemos estado toda
la noche buscándole por los hospitales, pero
no han podido identificarle hasta hace poco. Vinimos
aquí a las cuatro de la madrugada, y después
otra vez a las siete. Se llamaba Abel García
Alfageme. Siempre hacía transbordo en Atocha
para ir a su trabajo. Era mecánico de ascensores.
Ayer cumplía 27 años».
Marisol, la madre de Abel, llamó
a su hijo al móvil temprano por la mañana
para felicitarle por su cumpleaños. «Y
ya nunca más pude hablar con él».
Ella y su marido Francisco se marchan de camino al
tanatorio. Detrás, un joven camina desencajado
y tembloroso, aún bajo el 'shock' inmisericorde
del altavoz. «Esto es una locura y un infierno.
Mi mejor amigo ha muerto en el día de su cumpleaños.
No es justo, no es justo, no es justo... ¿Por
qué ha tenido que pasar?».
Es la fase de impotencia, desconcierto
y perplejidad que describen los expertos y que sigue
a la confirmación de la pérdida de un
allegado. La rabia sorda e incontenible es también
una posible reacción. Como la de los padres
y los tíos de Carlos Sanz Morales, informático,
37 años, muerto oficialmente al alba. Como
en una letanía, sólo repiten que «no
hay derecho», que «es gente obrera»
la que dejó su vida en las vías y se
muestran partidarios de la pena de muerte para quienes
asesinaron a Carlos y a otras casi 200 personas en
la trágica mañana del 11 de marzo. Casi
nadie se para aquí a pensar si ha sido ETA
o Al-Qaida. Eso parece por el momento indiferente
cuando el dolor es una nube tóxica que todo
lo anega. Y queda la angustia, la crisis de ansiedad,
la respuesta de bloqueo emocional. Es el caso de una
señora que camina en círculos con las
manos en la cabeza. «¿Ay, mi hijo, que
me lo han matado! ¿Ay, que son las nueve y
media y Miguel Ángel ya no llega!». El
de una mujer filipina que yace desmayada en una camilla,
mientras su sobrina llora apoyada en la carrocería
de la ambulancia del Samur. El de una ecuatoriana
que grita a un teléfono móvil que quiere
llevarse el cadáver a su país mientras
intenta tapar con las manos los objetivos de un enjambre
de cámaras que caen literalmente sobre ella.
Hay muchos inmigrantes entre las víctimas.
Filipinos, ecuatorianos, peruanos, rumanos, ucranianos,
polacos, checos, marroquíes y hondureños.
En sus historias, los kilómetros que les separan
de sus hogares añaden un nuevo componente al
drama. Saúl y Laura, un matrimonio hondureño,
vivían en Vallecas. Él trabajaba en
la construcción y ella era empleada doméstica.
Dejan tres huérfanos de 15, 10 y 8 años,
solos en España, con su abuela. Sus amigos
intentan obtener ayuda de la embajada. Carlos, ecuatoriano
y sin papeles, ha rodado ya por los hospitales y no
se decide a entrar en IFEMA, temeroso de que su situación
ilegal le cueste la expulsión del país.
Alguien le explica que el Gobierno español
se ha comprometido a no tomar represalias en estos
casos.
Los desaparecidos
Y hay, aún, otra cara del dolor.
Tal vez la más angustiosa porque en ella es
imposible hallar serenidad. El dolor de aquellos que
buscan a desaparecidos, que no saben si sus familiares
se encuentran vivos o muertos. Su angustia es como
una bofetada.
-«Perdone, ¿sabe si hay
por aquí periodistas franceses?».
-«Sí, hay periodistas de
muchos países. Andaban por ahí...».
-«Mi cuñada es francesa.
Es traductora en la Biblioteca Nacional. Tiene una
niña de nueve meses. Está desaparecida.
Nadie nos dice nada de ella. A ver si ellos pueden
meter presión con la embajada. Necesitamos
que alguien nos ayude, por favor».
No son los únicos. Tampoco Wilson
encuentra a su sobrino José Luis, de 16 años,
que vino hace tres años desde Ecuador para
estudiar en España. Sólo sabe que iba
al colegio en tren y que le acompañaba su profesora.
Y tantos y tantos otros, a quienes se reconoce por
su andar presuroso y su mirada expectante en la que
aún brilla un rescoldo de esperanza.
En la otra cara del dolor está
el bálsamo benéfico del consuelo y la
solidaridad. Lo humano y lo positivo que hay que sacar
de una visita al pabellón número diez
para evitar que flaqueen las rodillas. Para el padre
Chavarría, de la parroquia de la Concepción
de Pueblo Nuevo, la esperanza está, por supuesto,
en Dios, pero también «en el voluntario
que lleva un café, en saber que no estás
solo, en luchar juntos». Para la psicóloga
Consolación López y otros dos compañeros
que la acompañan, la luz se ve en «el
calor humano» que, pese a todo, han sentido
en una noche trágica. Aunque, como se encargan
de subrayar, nunca podrán borrar ya de su memoria
la voz metálica de la megafonía y su
terrible significado. Las familias sabían entonces
que podían buscar el féretro de la víctima
en la sección alfabética correspondiente
a la letra de su apellido.