Millones de personas en Madrid y Barcelona,
y cientos de miles en otras ciudades y pueblos reclaman el final
de la violencia | 'Asesinos. En ese tren íbamos todos', se
leía en las pancartas .
Madrid se quedó pequeña
para tanto dolor. Había tantos manifestantes
que no cabían en la marcha. Detrás de
un horizonte de paraguas venía otro. Como en
Barcelona, Bilbao, Sevilla.... Tanta gente para en
un silencio líquido, espeso, elocuente, gritar
a favor de la paz. Tanta gente para llenar el vacío
que dejan las 199 víctimas del atentado terrorista
del pasado jueves. Nunca hubo en España una
masacre igual; nunca, tampoco, el dolor reunió
a tantos: más de dos millones de personas en
Madrid, casi millón y medio en Barcelona y
cientos de miles en otras capitales. En las ciudades
y también en los pueblos, allí donde
el tañido de las campanas lloró por
los muertos y reclamó al resto. Ayer, España
se quedó pequeña para tanto corazón.
El eco de esa rebelión popular incluso cruzó
fronteras, hasta llegar a Estados Unidos, Sudamérica
y muchas ciudades europeas. Unidos contra el terrorismo,
contra la violencia.
Fue un plebiscito por la paz. Y para
arropar a los que perdieron a los suyos junto a las
vías de Atocha, Santa Eugenia o El Pozo del
Tío Raimundo. Millones de personas coparon
las calles de las principales ciudades españolas.
Más que nunca. Bajo una luz gris, con el barniz
de la lluvia, la multitud enlutada se dejó
llevar por el sentimiento más solidario. Tres
horas antes del inicio de la manifestación
madrileña, la Plaza de Colón, punto
de arranque, estaba ya llena. Los asistentes comenzaron
a desparramarse por Recoletos y el Paseo del Prado.
Tantos llegaron que juntaron el inicio de la marcha
con el final, con la estación de Atocha, al
lado del tren destrozado. Tan cerca en el espacio
y el tiempo: a unos metros, a sólo unas horas
de la tragedia.
En un intervalo de silencios, una frase
cruza el centro de Madrid. Por la paz; contra el terrorismo.
Un coro responde. La pena deforma las palabras, las
ablanda. Luego, más silencio, el estribillo
de la manifestación, empenachada de pancartas
hechas a mano, espontáneas: '¿Quién
y por qué?'; pregunta una. 'Basta ya', 'Nunca
más', ruegan otras; 'No al terrorismo', resumen
muchas.
Y delante, al frente de una marcha que
no anda porque la gente ha llenado todo el asfalto,
reza el lema de la convocatoria: 'Con las víctimas,
con la Constitución, por la derrota del terrorismo'.
Tras ella, sosteniéndola, están el Príncipe
de Asturias; las Infantas Elena y Cristina; el presidente
del Gobierno, José María Aznar; junto
a Mariano Rajoy, José Luis Zapatero, Gaspar
Llamazares o Iñaki Anasagasti; al lado de ministros,
diputados, sindicalistas, representantes de todos
los partidos.... Es un gesto político de unidad,
al que asisten también el presidente de la
Comisión Europea, Romano Prodi; los primeros
ministros de Italia, Silvio Berlusconi, y Francia,
Jean Pierre Raffarin, y los ministros de Exteriores
de Alemania, Suecia, Marruecos y Bélgica.
Manos blancas
De repente, se levantan dos manos blancas
sobre un rostro anónimo. Muchos le siguen.
Elevan su caras, rotuladas con nombres de víctimas.
El gesto atraviesa el silencio de la lluvia, aprieta
la pena contra el pecho. Es respondido por lágrimas.
Se nota que los relojes se han quedado sin cuerda,
detenidos en la memoria del 11 de marzo. Se oye el
latido de las 199 ausencias, de los huérfanos
que quedan, de los padres que sufrirán para
siempre el dolor más antinatural, el del hijo
perdido. Se escucha el llanto de la última
víctima, un bebé de 7 meses.
Gestos, lágrimas, silencios y
gritos se repiten en otras geografías. En toda
España se giran hacia Madrid, la ciudad herida,
la que tiene su historia reciente llena de cicatrices
del terrorismo. 'Todos tenemos un muerto en Madrid',
se lee en una de las pancartas que nadan sobre la
marea humana que flota sobre Barcelona. El lema se
hermana con otro que cruza San Sebastián: 'Todos
somos madrileños'.
Y allí, en Madrid, la marcha
da por fin unos pasos. Arranca. El cielo, ceniciento
al principio, se ha tapado del todo . Sigue lloviendo,
pero ya no caben ni los paraguas. Un grito escarapela
la piel: «Asesinos». Las manos se cierran,
como ocupadas, aunque no sujetan nada. ¿Nada?
Sí. Dolor y rabia. Hay muchas miradas calcinadas.
Ojos que arden, que reflejan la intensidad creciente
del dolor.
Millones de personas unieron ayer Madrid
con Barcelona, Bilbao, Vitoria, San Sebastián,
Palma, Valencia, La Habana, Estocolmo o Nueva York.
Tantos ojos que recordaban en su interior las escenas
del maldito jueves. Cuando la marcha madrileña
por fin llegó a Atocha, al lugar del dolor,
se detuvo. El aire quedó inmóvil, fijo
como el de un cuadro. Todos juntos, formando el paisaje
del dolor por las 199 almas que faltan y de la esperanza
para los que quedan. Al fondo, una pancarta, lo decía:
'Asesinos. En ese tren íbamos todos'.