Puede un responsable público mostrarse indiferente
ante el desmentido de ETA sin incurrir en una grave
irresponsabilidad? ¿Puede un responsable público
mantener su mirada hacia ETA mientras se acumulan
datos que apuntan en otra dirección? ¿Puede
estar el Gobierno español señalando
a ETA mientras el mundo piensa en Al-Qaida? Éstas
son algunas de las preguntas que suscita la gestión
gubernamental de la crisis más horrorosa causada
por el terrorismo en Europa.
Junto a su sanguinario e indiscriminado
proceder, el terrorismo identificado con el 11-S se
caracteriza por la evanescente expresión de
sus objetivos y su disposición a eludir la
reivindicación inmediata de sus terribles atentados.
Por eso mismo, la primera obligación de los
responsables de la seguridad es descifrar las evidencias
y los indicios para orientar sus esfuerzos y la atención
ciudadana en un sentido efectivo en la lucha contra
el terror.
Sin embargo, la sucesión de comparecencias
públicas de los ministros del Gobierno saliente
y de significados líderes del PP dieron ayer
más la impresión de obedecer a una consigna
dictada para fijar la atención sobre ETA que
de responder a la pregunta que los manifestantes se
hacían en medio de su compromiso unitario:
«¿quién ha sido?».
Sería repugnante que nos viéramos
sometidos a la coacción moral de tener que
continuar atribuyendo a ETA la masacre so pena de
acabar siendo acusados de indultarla. Pero la ETA
que ayer comunicó su mentís por la vía
que en todas las anteriores ocasiones resultó
validada por los responsables gubernamentales seguirá
siendo repugnante aunque admitamos como veraz su mensaje.
En cualquier caso, la irresponsabilidad
de los que siempre dijeron que ETA nunca miente y
que ayer se esforzaron en desechar su mentís
no se debería tanto a su afán por restarle
crédito a la banda asesina como a su indisposición
para aceptar que un nuevo terrorismo se ha introducido
en España o, por expresarlo en términos
más inquietantes, para aceptar que España
ha sido introducida entre las redes de un nuevo terrorismo.
A estas alturas, eludir la verdad sería
tanto como ocultarla. Los responsables políticos
y policiales y los propios periodistas tienen la obligación
de aproximarse al máximo y cuanto antes a la
verdad de la masacre del 11 de marzo. Y es inadmisible
que alguien trate de oponer esa obligación
al deber que la democracia ha contraído hacia
las víctimas de Madrid. Porque, tras las manifestaciones
de duelo y solidaridad, la primera obligación
de la democracia hacia las víctimas es descubrir
la identidad de sus asesinos.
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