España entera se fundió ayer en un abrazo
solidario con las víctimas de Madrid. La rabia
y el estupor contenidos durante tan dolorosas horas
desembocaron en una riada de humanidad que inundó
las calles de ciudades y pueblos. Fue la repulsa rotunda
y sin fisuras del terrorismo. La reivindicación
unánime de la vida frente a la muerte bárbara.
La lección que la ciudadanía española
quiso darse a sí misma. Pero, por encima de
todo, los corazones de millones de personas movilizadas
por la masacre latieron al unísono proyectando
al mundo su compromiso inquebrantable con la libertad.
La masiva participación ciudadana
en las manifestaciones y concentraciones de ayer correspondió
a la actitud solidaria mostrada por miles de personas
que desde el mismo momento de los terribles atentados
se volcaron en ayudar a sus conciudadanos afectados
por la barbarie. Pero también fue acorde con
la unidad mostrada por los dirigentes políticos
e institucionales que, en contraste con otros momentos
recientes, hicieron gala de la responsabilidad que
tienen encomendada preservando la unidad democrática
frente al terrorismo. El respeto a la memoria de las
víctimas sirvió para que las diferencias
fuesen obviadas por el deseo común de ofrecer
una respuesta unitaria a la barbarie y, sobre todo,
al anhelo de paz y libertad de la ciudadanía.
Pero la unidad no sólo es un mandato moral
del recuerdo aún palpitante de las personas
asesinadas en Atocha, El Pozo y Santa Eugenia. Debería
convertirse también en el compromiso compartido
por partidos e instituciones para combatir eficazmente
al terrorismo, sea cual sea su origen.
Las fuerzas de seguridad y sus responsables
políticos, en colaboración con los servicios
policiales de otros países, tienen el deber
de esclarecer la identidad de los autores para que
sean puestos a disposición de la justicia en
el plazo de tiempo más breve posible. Su pronta
detención y enjuiciamiento constituye la compensación
moral que los allegados a las víctimas mortales
y los heridos precisan para afrontar su nueva vida
conociendo la identidad de los criminales y sabiendo
que su matanza no quedará impune. Es también
ésta la necesidad de una sociedad que ha de
asimilar la tragedia provocada por el terror para
así disponerse a luchar con conocimiento de
causa frente a un desafío que, sea cual sea
su autoría, representa un salto cualitativo
respecto a la amenaza terrorista que durante décadas
ha violentado la vida y la libertad de los españoles.
En este sentido, la existencia de indicios que descartarían
la responsabilidad de la banda terrorista ETA en la
masacre y que apuntarían a la actuación
de un grupo estructurado y ligado al fundamentalismo
islamista obliga a los responsables institucionales
a una actuación más acorde con la amenaza
precisa que tan inquietante novedad introduciría
no sólo en España sino en todo el ámbito
de la Unión Europea. La lógica cautela
y discreción que ha de acompañar a la
investigación policial sobre las circunstancias
y autores de tan horrorosa matanza no debería
impedir la máxima claridad y trasparencia en
la aproximación a la verdad de lo ocurrido.
Hoy debía ser un día de
reflexión ante los comicios. Pero este tiempo
de calma propio de la víspera electoral lo
ocupará el dolor que la ciudadanía seguirá
tratando de compartir con quienes más sufren
las secuelas del asesinato en masa. Y estará
ocupado por la inquietud que la barbarie ha suscitado
en una sociedad tantas veces confiada en el disfrute
de las libertades y del bienestar común. La
zozobra que genera ver cómo personas que habían
venido a España considerándola su tierra
de promisión han dejado en ella su vida a manos
del terror. La inseguridad que induce en cada ciudadano
saberse acosado por un terror acechante y sanguinario.
La angustia que provoca añadir una incertidumbre
escalofriante a una época de incertidumbres.
Es en momentos así cuando cada
ciudadano toma conciencia de que necesita de la colectividad.
Esa ha sido la lección que la Humanidad ha
ido aprendiendo a lo largo de los siglos, y que ha
hecho posible el progreso y la propia democracia.
Codo con codo, millones de personas marcharon unidas
en el atardecer frío y lluvioso de ayer, reconfortándose
cada cual con el calor de los demás. Es esa
convivencia la que garantiza la libertad y la que
invita a todos los ciudadanos a concurrir mañana
a las urnas para expresar con el voto las ideas o
aspiraciones que cada cual albergue, pero con el mismo
ánimo solidario que ayer inundó las
ciudades y pueblos de toda España.
El derecho al sufragio universal y la
libre elección de los representantes públicos
se sitúan en las antípodas de lo que
pretenden los terroristas. Por eso mismo el compromiso
ciudadano con la libertad y frente a la barbarie debería
convertirse en un esfuerzo individual por reducir
a cero la abstención mañana. La fiesta
de la libertad que representa toda convocatoria electoral
esta vez se vivirá en luto. Pero si algún
homenaje merecen los asesinados por la crueldad terrorista,
si de alguna manera podría la ciudadanía
aliviar el dolor de sus deudos, sería acudiendo
a las urnas para depositar el voto de la libertad
y de la dignidad humana.