Ayer, 11 de marzo de 2004, fue el peor día
de nuestras vidas. Decenas y decenas y decenas de
personas han sido asesinadas; pero me resisto a que
la muerte tenga aspecto de estadística. Nos
han matado a personas y personas. Y, con su muerte,
todos hemos perdido, todos, lo más importante
que hay. Ojalá que no perdamos también
la dignidad. Pero casi doscientas personas, una y
otra, y otra y otra han perdido la vida; ya no van
a existir, lo han perdido todo; y son miles las personas,
los familiares, los vecinos, los amigos, los deseos,
las alegrías -lo que es la vida, también
las frustraciones, las tristezas- que han sido truncados,
para siempre. Para siempre. Es desolador, pero es
así. Nos han despedazado a todos.
En realidad, sobran las condenas. Pero
hay que hacerlas: repudiar, condenar, la barbarie
totalitaria. Mostrar la repulsa inquebrantable porque
entre nosotros existan asesinos. Avergonzarnos porque,
lo sabemos, entre nosotros hay asesinos. O quienes
han considerado -consideran- que esta salvajada es
sólo un factor político más.
Duele saberlo, pero esto es lo que hay: una sociedad
enferma, dicho sea sin paliativos. Sabemos, además,
que es aquí, en la sociedad vasca. Mi mundo.
Nuestro mundo. Me da igual que sean diez, veinte o
ciento Basta la sospecha de que alguien se haya alegrado;
o de que, desde el repudio, nos hable de que, de alguna
forma, hay que comprender al terrorista. Que sea uno
solo o que sean diez: es suficiente para saber que
es la nuestra una sociedad maldita, si no la transformamos.
Así, no. Cuidado, estamos ya perdiendo la dignidad.
No hay futuro si no la recomponemos.
Lo fundamental: decirles a las víctimas,
a sus familias, a sus amigos, a sus vecinos, que su
dolor es el nuestro. Que sentimos su desconsuelo,
su soledad ¯la soledad del a muerte- como si
fuese la nuestra. Lo es. Sabemos que es imposible
ponerse en la piel de tantos cientos o miles de personas
que están sufriendo, pero es imprescindible
que lo intentemos. Que lloremos. Por ellos y por nosotros.
Y todo esto por qué, para qué.
¿Quieren demostrar que son capaces de asesinar?
Pero es que lo sabíamos ya. Todo es, en realidad,
inútil, incomprensible. No quiero hacer ningún
análisis. Escribo desde el furor. No puedo,
no quiero contenerme. Y escribo que aquí se
ha jugado demasiado. Escribo que se ha jugado con
fuego. Mientras un imbécil, diez estúpidos
planeaban cómo asesinar a decenas y decenas
de personas, estarán contentos. Escribo que,
después de todo, entre nosotros hay a quienes
les parece la muerte, el asesinato, otra cosa más;
una afortunada hazaña o un accidente social.
Es repulsivo. Pero eso existe entre nosotros -es igual
que sea uno, diez o veinte-. Existe. Y debe avergonzarnos
a todos.
Escribo, pues, desde el furor. Desde
las lágrimas y el dolor. Desde la vergüenza.
Entre nosotros hay quien no sabe el valor de la vida.
La vida. Entiéndase: no sugiero que todos seamos
responsables. No. El responsable es el asesino; también
quien le ordena; también quien le financia,
por la razón que sea; también quienes
les ríen las gracias; también quien
mira para otro lado; también quienes sugieren
que con estos mimbres se puede hacer algún
cesto. Ninguno: contra el fascismo, contra el totalitarismo,
sólo cabe el desprecio. El combate permanente
por la democracia. Dicho en otra palabras, no puede
haber ningún asesino suelto.
Ésta es, al final, la cuestión:
no es admisible que haya asesinos sueltos. Ni manera
de comprenderlos, entenderlos, dialogarlos. Si no,
no habrá forma de construir algún futuro.
Y nuestros hijos merecen alguno. No un horizonte de
sangre y de muerte, sino un futuro. Bastante hemos
tenido nosotros.
Voy terminando. Sin análisis
y desde el furor: hay que reconstruir la unidad de
los demócratas. No puede haber nada por encima
de la vida. No puede haber ninguna política
que no tenga como única urgencia, la única
urgencia, recomponer la unidad democrática,
vivir contra el terrorismo. Somos más, muchos
más, quienes creemos en la vida, en la democracia.
Dejémonos de zarandajas: ni planes, ni no,
ni si llego al poder o me quedo fuera. Ni si así
saco un voto o lo pierdo.
O nos la jugamos en defensa de la democracia,
de la vida, y todo lo que hacemos es contra los terroristas,
los asesinos, o estamos aviados. Sin mañana.
Me cuesta creer, en el peor día
de nuestras vidas, que tengamos algún futuro.
Tenemos dolor, vergüenza, nos falta el aire,
han asesinado a decenas y decenas de personas. Nos
faltará siempre este aire.
Y, al final, cuando sabíamos
desde hace tiempo que esto podía pasar; cuando
notamos que entre nosotros hay quienes de esto se
alegran, sólo cabe horrorizarnos de que la
tragedia se haya consumado. De que hayamos llegado
hasta el fondo del horror. No hay mucho más
que decir. Pero conviene que todos nos horroricemos.
Al menos, que nos redima el horror, la vergüenza.
También la acción: vivir por la democracia,
dejarnos de planes y antiplanes y de dislates políticos.
Tantos muertos. Uno solo es demasiado.
Ojalá que no perdamos, además,
la dignidad.