El retraso de un convoy evitó que
los terroristas volaran la estación de Atocha. Los artefactos
contenían unos 1o kilos de explosivo y se activaron con móviles
El 11-M pasará a la historia
como el atentado más cruento de la historia
de España. Los terroristas colocaron trece
mochilas bomba con entre 10 y 12 kilos de explosivo
cada una en cuatro trenes de cercanías de la
línea C-2 de Renfe atestados de viajeros que
partieron a partir de las siete de la mañana
de Guadalajara y Alcalá de Henares. Testigos
afirmaron haber visto en la estación de Alcalá
a al menos dos individuos sospechosos que entraban
con bolsas y salían de los vagones, aunque
especialistas en la lucha antiterrorista atribuyen
la acción a entre doce y veinte terroristas.
Después, los harían estallar en cadena
a través de control remoto mediante teléfonos
móviles, según fuentes policiales, en
las estaciones de Atocha, el Pozo del Tío Raimundo
y Santa Eugenia, estas dos últimas barriadas
del humilde distrito de Vallecas, al Sur de la capital.
Diez de los artefactos explotaron en un intervalo
de apenas tres minutos, a partir de las ocho menos
veinte de la mañana. Los otros tres, colocados
en Atocha y el Pozo fallaron, según el ministro
de Interior, Ángel Acebes. La dinamita segó
vidas, desató el pánico en Madrid y
conmocionó al mundo.
Los artificieros de los TEDAX detonaron
después de forma controlada otros tres coches-trampa
que los autores de la masacre habían colocado
con temporizadores en los alrededores de los apeaderos
para asesinar a los sanitarios y policías que
acudieran a auxiliar a los heridos. Al cierre de esta
edición, el último balance elevaba a
192 el número de fallecidos y a 1.500 los heridos,
muchos de ellos trabajadores y estudiantes que acudían
a sus quehaceres diarios en plena hora punta. «¿Por
qué?», era ayer la eterna pregunta que
flotaba en el ambiente sin obtener respuesta.
Pisar cadáveres
Madrid empezó a temblar justo
a las 7.39 horas. En ese instante estallaron en Atocha
dos trenes: uno detenido junto al andén, y
otro a quinientos metros, en la calle Tellez. El retraso
de dos minutos de este segundo convoy evitó
que los terroristas materializaran su plan de volar
por los aires la estación de Atocha. En el
primer tren había una carga en cada uno de
los cinco vagones. Fuentes de Interior citadas por
la cadena Ser situaron ayer en esta unidad a un terrorista
«suicida», si bien este extremo no fue
confirmado oficialmente.
La explosión sincronizada de
seis bombas dentro de la estación habría
multiplicado los efectos demoledores de la onda expansiva
provocando un derrumbamiento, según aseguraron
los arquitectos municipales.
Algunos supervivientes relataban cómo tuvieron
que romper las ventanillas y pasar por encima de los
cadáveres para escapar de aquel infierno. Los
heridos deambulaban desorientados con los rostros
tiznados de polvo y sangre y las ropas rasgadas a
jirones. Y describían escenas terribles, casi
«apocalípticas».
Pero, la pesadilla no había hecho
más que empezar. A las 7.41 horas otras dos
sacudidas partían en pedazos un tren de cercanías
lleno de pasajeros en la estación de El Pozo
de Tío Raimundo, una barriada de infraviviendas
en una de las zonas más deprimidas de Madrid.
En este escenario se produjo el mayor número
de víctimas mortales, 67, según el balance
provisional realizado ayer por Emergencias-Madrid.
Obreros con tarteras, estudiantes con carpetas y madres
con sus hijos en brazos viajaban en el convoy cuando
les asaltó la primera detonación. El
vagón central se desintegró literalmente.
Cuando huían del amasijo de hierros, otra bomba
explotaba en una marquesina de la estación
y les alcanzaba de nuevo, según explicó
Eva, una joven madrileña. El colapso de las
ambulancias, que no daban abasto, llevó a numerosos
heridos a montar en autobuses urbanos para acercarse
hasta algún centro hospitalario.
Casi simultáneamente, otra explosión
retumbaba en el corazón de la cercana estación
de Santa Eugenia, también en Vallecas. «Ha
sido dantesco, una auténtica carnicería:
humo, cuerpos destrozados, gritos de pánico,
personas atrapadas en los asientos y trozos de tren
por todas partes», describía conmocionado
uno de los pasajeros.
Entre el horror, también hubo
muestras de solidaridad. Los vecinos de las viviendas
colindantes a la estación se echaron a la calle
para consolar a las víctimas. «Bajaban
mantas y sujetaban con la mano los goteros que los
sanitarios colocaban a los heridos más graves».
Otros hicieron cola en los autobuses para donantes
hasta saturar los bancos de sangre.
Los rumores sobre nuevas amenazas de bomba hacían
mella entre los ciudadanos, que corrían despavoridos
de un lado a otro. «La gente estaba acongojada,
triste, como zombie. Todos pensábamos que nos
podía haber tocado. Esos trenes los coge gente
que vive en los extrarradios; muchos van con sus hijos
para dejarlos en la guardería, pero ¿qué
clase de monstruo puede alimentarse así con
la sangre de otros?», se preguntaba Bego, una
bilbaína que vive frente a la estación
de Atocha y a la que despertó la primera bomba.
Morgue de urgencia
Antes de las ocho de la mañana,
las tres zonas azotadas por el terror ya estaban bajo
control policial, el SAMUR había improvisado
un hospital de campaña y los Bomberos buscaban
cadáveres entre los hierros retorcidos de los
vagones. Los restos mortales fueron trasladados a
una morgue de urgencia habilitada en el parque ferial
Juan Carlos I de Madrid.
A las 10.00 horas, Madrid era una ciudad
fantasma. La 'operación jaula' desarrollada
por la Policía impedía cualquier intento
de abandonar la urbe. La línea 1 del metro
y el servicio ferroviario suspendieron su servicio
y las entradas a la ciudad se colapsaron. El Cuerpo
Nacional de Policía localizó una furgoneta
sospechosa aparcada en Alcalá de Henares. Dentro
había siete detonadores y una cinta en la que
habían sido grabados «versículos
del Corán», según detalló
en una comparecencia pública a las ocho de
la tarde el ministro Acebes, para quien todas las
hipótesis sobre la autoría del atentado
están abiertas.
Poco a poco, a medida que se apagaba
el machacón ulular de las sirenas, el silencio
ganó las calles y los madrileños se
refugiaron en sus casas. Desolado, un ministro del
Gobierno espetó: «España ya tiene
su 11-M».