Un pediatra halló
entre los restos del tren de Atocha a P, la víctima
más pequeña de la barbarie. Estaba sola
y nadie la buscaba. Su madre apareció horas después,
herida en otro hospital.
La encontró un residente de pediatría
de la unidad materno infantil del Hospital 12 de Octubre
entre los humeantes restos del tren que explotó
en Atocha. Sola y sin nadie que la buscase en esos
momentos de sangre y caos, como un milagro parido
de todo aquel amasijo de hierros retorcidos y cadá-
veres destrozados. Una gota de vida en medio de la
negrura y la desolación de tanta herrumbre,
de tanto odio, de tanta muerte.
P tiene siete meses. Es de origen rumano.
Iba con sus padres, y contó con la inmensa
suerte de que el pediatra, uno de esos héroes
anónimos que nacen en las situaciones más
dramáticas, se fijara en su cuerpecito y en
su respiración irregular. De inmediato la trasladó
al Hospital infantil del Niño Jesús,
donde la atendieron de urgencia y donde sigue en la
UCI bajo el cuidado de los médicos y las enfermeras.
Pasaron horas hasta que se localizó
a su madre, Jolanda, de 28 años, que se encontraba
ingresada en el Hospital Clínico en estado
grave. Hasta entonces, los esfuerzos por hallar a
alguien que respondiese por P fueron baldíos.
Su padre, un inmigrante rumano de 34 años,
no había aparecido aún al cierre de
esta edición, y anoche se temía lo peor.
Pulmones dañados
La onda expansiva ha afectado a la bebé
gravemente en los pulmones. La pequeña se hace
más nimia en una cama que triplica su tamaño,
con los ojos espantados y la mascarilla de ventilación
mecánica ayundándole a respirar. A llorar,
porque P no hace otra cosa, con el brazo entablillado
para que no se le salga el catéter del suero
y cables por todas partes.
No es un punto más de la barbarie. La diminuta
imagen encamada, los parches por el pecho, el oxígeno...
se clavan en la retina con especial crudeza. El dolor
de los niños se hace más terrible que
el de los adultos. Pero los terroristas se vacunaron
tiempo ha con su propia crueldad.
Cualquiera de los profesionales que
trabajan en el hospital preguntaba ayer por ella a
otros compañeros cuando se encontraban por
los pasillos. «¿Cómo está?
¿Qué se sabe de sus padres o su familia?».
A su madre, Jolanda, le han reventado
el colon, lo que le provocó una peritonitis
que necesitó la urgente intervención
de los cirujanos del Hospital Clínico. También
le han tenido que reconstruir una mano, la mano que
mecía y acariciaba a P. Su estado es grave
y desconcertado, aunque no se teme por su vida una
vez superados el trance del quirófano y los
momentos más críticos.
La hermana de la joven sigue a su lado,
angustiada por la desaparición de su cuñado:
«No sabemos dónde está. Tenía
que estar con ellas en Atocha. No aparece por ninguno
de los hospitales. Ahora lo único que nos importa
es encontrarle, espero que lo entiendan».
«Es terrible»
En el mismo hospital del Niño
Jesús, P recibía sobre las seis de la
tarde la visita de la ministra de Sanidad, Ana Pastor,
acompañada del delegado del Gobierno en Madrid,
Francisco Javier Ansuátegui, que en su ronda
por los distintos centros sanitarios hacían
una parada obligada para interesarse por la más
pequeña víctima del atentado. El rostro
tenso y sereno a la vez de la ministra lo decía
todo.
Por la pequeña veló durante
toda la jornada el Defensor del Menor de la Comunidad
de Madrid, Pedro Núñez Morgades: «Es
terrible, terrible», repetía como una
letanía. «La Ley del Menor -advertía-
no permite desvelar el nombre completo de la niña».
Así que lo dejamos en P. De Pequeño
milagro, de Pura vida.