Una cadena de diez explosiones
mata a 192 personas y hiere a 1.500, en el mayor atentado
de la historia en España. La masacre sume a cientos
de familias en la desesperación y el dolor.
Son las ocho de la mañana cuando
el tiempo y la vida se quedan detenidos en la madrileña
estación de Atocha. En medio de los alaridos
de pánico y dolor, del desbocado ulular de
las ambulancias y los vehículos policiales,
un empleado de Renfe se entrega, frenético,
a atender heridos y a liberar víctimas atrapadas
en los vagones repletos de pasajeros que acaban de
reventar en plena 'hora punta'. Espantado por lo que
tiene ante sus ojos, el trabajador intenta gritar,
desahogarse, abre la boca pero es incapaz de articular
una sola palabra. No puede. Porque ¿cómo
se expresa la desolación extrema, cómo
se reacciona ante el horror que se multiplica por
todas partes, aniquilando cualquier humanidad? ¿Cómo
asumir que exista alguien tan despiadado como para
cargar de explosivos cuatro trenes de cercanías,
asesinar a 192 personas y dejar malheridas y marcadas
para siempre a 1.500 más?
El terrorismo dio ayer un golpe militar
contra la convivencia y la democracia, a falta de
apenas tres días para unas elecciones generales
que se van a celebrar con las urnas enlutadas y bajo
una turbación colectiva muy difícil
de sobrellevar. Una conmoción que crecía
al angustioso compás de la histeria, de la
imparable cifra de muertos y de la desesperación
de cientos de familias, que ni siquiera pueden canalizar
su indignación contra el responsable de su
drama porque éste aún no tiene un rostro
indudable; aunque el ministro de Interio atribuyó
a mediodía la autoría a ETA, a primera
hora de la noche extendía las sospechas a los
grupos islámicos. Al-Qaida lo reivindicó
poco después a un diario de Londres en lengua
árabe.
La de ayer es la mayor matanza perpetrada
en España y en Europa -tras la de Lockerbie
de 1988- y se emparenta trágicamente con las
cometidas en Bali o en Irak. Pero no fue allí
donde viajó la memoria del pueblo de Madrid,
sino a las escenas de ciudadanos envueltos en polvo
y sangre que corrían despavoridos por las calles
de Nueva York el 11 de septiembre. Cientos de madrileños,
la mayoría trabajadores y estudiantes del cinturón
obrero de la capital, se sintieron en el centro mismo
«de la guerra». Una guerra en sólo
diez minutos. Diez de las trece mochilas cargadas
de explosivos con las que los terroristas habían
sembrado el Corredor de Henares hicieron saltar por
los aires vagones de cuatro trenes, cuando la ciudad
comenzaba a desperezarse. La muerte y el pánico
se adueñaron primero de la céntrica
estación de Atocha, antes de prender en el
apeadero del barrio de Santa Eugenia y en el popular
Pozo del Tío Raimundo, durante décadas
unos de los enclaves más deprimidos de la capital.
Sacudida
Las siete explosiones casi consecutivas
en Atocha provocaron tal sacudida que algunos coches
que circulaban por las inmediaciones botaron sobre
el asfalto. Un joven que se dirigía esa hora
a su puesto de trabajo, a escasos 200 metros de la
estación, escuchó en la radio, sobrecogido,
las primeras noticias que anticipaban la masacre.
Aparcó apresuradamente y, sin pensarlo dos
veces, corrió hacia los andenes para prestar
su ayuda. Y él también enmudeció.
«Era impresionante. La gente gritaba e iba de
un lado para otro, desorientada, sin saber qué
hacer. Las ambulancias no llegaban. Luego, empezaron
a traer autobuses con médicos y enfermeras
de ambulatorios y centros sanitarios. Había
personas mutiladas, otros con brechas, muchos heridos...»
Los voluntarios espontáneos como
él y los miembros de los servicios de emergencias
contemplaron, horrorizados, cómo los cadáveres
se amontonaban en los vagones, reducidos a un amasijo
de hierros. Abriéndose paso en medio de la
destrucción, los heridos comenzaron a ser evacuados
a los principales hospitales de la capital, donde
la solidaridad ciudadana obró el milagro de
poder disponer de unidades de sangre suficientes para
afrontar operaciones y curas de urgencia. El miedo
a perder a un ser querido se extendió en ondas
concéntricas entre los familiares y amigos
de las víctimas, con el mismo efecto que provoca
una pesada piedra al caer en un estanque. Unos se
desplazaron hacia los lugares del atentado con el
corazón encogido, otros se agolparon en los
hospitales con los nervios rotos y deshechos en llanto.
El Servicio de Emergencias 112 recibió más
de 4.000 llamadas de inquietud y desasosiego.
De pronto, el caos y el aturdimiento
comenzaron a convivir con un silencio pesado y envolvente,
de funeral; y los madrileños iniciaron un doloroso
peregrinaje hacia el recinto ferial, improvisada capilla
para los que iban muriendo. El policía Isidoro
Zamorano acababa de dejar a sus tres hijos en un colegio
del Pozo cuando estallaron las dos bombas abandonadas
allí por los terroristas. Curtido en el Norte,
Isidoro intuyó de inmediato la tragedia. Ayudó
a rescatar cadáveres y heridos, sumergido «en
un olor raro, a pólvora, a mala cosa».
«Lo tengo muy dentro», confesó
a este periódico con voz quebrada. Como al
resto de la ciudad, al agente se le anudaron las lágrimas
en la garganta, pero no pudo llorar. Ni siquiera al
recordar lo que siempre llevará agarrado a
su memoria: la falta de «respeto» hacia
los muertos para poder salvar a los vivos.