El centro de la capital se quedó
vacío, conmocionado, sin coches en las calles y con los vecinos
atemorizados en sus casas y pendientes del teléfono
Madrid fue ayer una ciudad de 200 cadáveres.
Vaciada, deshabitada por una sucesión de explosiones
que robaron tanta vida y congelaron el tráfico
en las vías de acceso. El centro de la capital
se despertó en el paisaje de una pesadilla.
Sin gente. En silencio. Con ese himno sin palabras
que viene tras la conmoción. Durante horas
el tiempo se cristalizó, como en una escena
lejana ya vivida antes a través de la televisión,
la de aquel 11 de septiembre en Nueva York. Madrid,
su centro, fue ayer una ciudad muerta.
Mientras una hilera de féretros,
silente, iba desde Atocha hacia uno de los pabellones
del parque ferial IFEMA, las calles del Madrid de
las postales -Castellana, Goya, Serrano, Velázquez,
Diego de León...- se coagulaban, se detenían.
La Policía había desviado el tráfico
hacia la M-30 y la M-40, los anillos que circundan
la urbe. Hasta 50 kilómetros alcanzaron las
retenciones en la periferia. En cambio, el centro,
como ajeno, vivía instalado en su día
más fatal. Dentro de la densidad del silencio.
Cerca del estadio Santiago Bernabéu,
sólo una brigada de limpieza, la encargada
de recoger los desechos del Real Madrid-Bayern, rompía
la quietud. Sólo ella y la fila solidaria de
voluntarios que esperaron durante horas para donar
su sangre. Sobró la sangre ayer en Madrid.
Había incluso aficionados del Bayern, incrédulos,
como todos, y con sus venas abiertas. Todos con ojos
de agachado; algunos con rabia, con mirada inmisericorde.
El gris antes intenso de la tragedia
se volvió más desvaído, pero
no lo suficiente para desperezar el día. Como
si el cielo quisiera archivarlo cuanto antes. En la
calle, de rato en rato, cruzaba un automóvil
y se notaban sobre el silencio algunos pasos, jirones
de conversaciones, que el dolor hacía subir
y bajar. Era un atmósfera irreal, postiza para
un ciudad que tiene costumbre del caos, de la agitación.
Dicen que en Madrid se inventó el 'microsegundo',
esa mínima porción que pasa entre que
un semáforo se pone en verde y un aluvión
de bocinas reclamando prisa. Ayer no. Nadie pitaba.
Los conductores, como en una burbuja, viajaban pendientes
de las radios. Antes de comer, ya pudieron comprar
las primeras ediciones de los periódicos. Sobre
las páginas les esperaban las instantáneas
del horror, su peor rostro.
Sin trenes ni accesos
Casi nadie llegaba al centro. Cerca
de 60.000 viajeros se quedaron en los andenes, sin
trenes a los que subir. Las carreteras, detenidas,
atraparon a miles de automovilistas. El metro tampoco
pudo ajustar sus medidas a la magnitud de la tragedia:
el servicio quedó suspendido en la Línea
1, justo bajo la Puerta de Atocha. También
permanecieron detenidos los vagones que surcan la
Línea 5, entre Marqués de Vadillo y
Ópera, y el tramo a cielo abierto de la Línea
9B, la que va a Arganda del Rey. Esto es, las que
pasaban cerca del terror.
De hecho, ayer sólo los madrileños
que duermen en el centro vieron el despertar de su
ciudad. Atónitos y atemorizados. Clavados en
su propio temor. Su incredulidad irrealizaba lo que
acababan de oír y lo que veían en las
pantallas. «Muchos se han quedado en casa por
miedo», confiesa un vecino de la capital. Llorando
o a punto de. Miedo por ellos y, sobre todo, por los
suyos. El miedo se hace siempre sitio, por bien que
se cierre la puerta. «Nunca he sentido Madrid
así. Todo el mundo conocía a alguien
que pasaba esta mañana por la estación».
Cierto, Atocha es uno de los crisoles de Madrid. Todo
el mundo se sentía víctima. «Tengo
un vecino, con el que siempre echo la partida y no
lo localizamos. Venía de Torrejón, y
a esa hora», relata un taxista.
Teléfonos saturados
El miedo precedió a la angustia.
Madrid sufrió con el cable de un teléfono
anudado al cuello. O a la espera de la melodía
de un móvil. Cuando la noticia de la tragedia
se extendió, todos se tiraron hacia el teléfono.
Y ahí se detuvo el tiempo. Madrid se sintió
en el círculo de un reloj sin horas. No funcionaban
las líneas telefónicas: estaban saturadas
de tanta angustia. Entre las ocho de la mañana
y las doce del mediodía, los móviles
estuvieron encharcados, sin dar respuestas, alimentando
la duda. De nueve a diez de la mañana, el número
de llamadas se multiplicó por ocho. Sin respuestas.
El horror. Padres, hijos, amigos, conocidos..., se
buscaban sin encontrarse. Silencio en la calle y en
las casas. Sentimientos retenidos. El servicio de
Emergencias 112 recibió más de 4.000
llamadas de familiares de posibles víctimas.
Poco a poco, el asfalto del centro recibió
a sus inquilinos, aunque nunca sin superar el 40 por
ciento del tráfico de un día normal.
Los coches sólo dejan el casco histórico
durante los fines de semana, los eventos deportivos,
las manifestaciones o..., en el horror. Bajo los edificios
que la peor jornada había dejado de guardia,
las tiendas seguían despobladas. En El Corte
Inglés de la calle Goya, junto a la sede del
Ministerio de Interior, sólo se veía
entrar y salir a los coches recelosos de la Policía
y a las autoridades que hacían frente a la
crisis.
Y en La Castellana, en la arteria de
Madrid, los voluntarios aguardaban con su sangre borbotanto
para donarla. Tan cerca de la otra sangre, la derramada
en Atocha. Una hilera de policías motorizados
esperaban órdenes. Otra fila, ésta de
autobuses, estaba citada con nadie. En un paisaje
irreal, una señora se acerca a los donantes
y reparte pegatinas contra el terrorismo. Sobre ella,
como fuera de foco, los carteles electorales recuerdan
la normalidad perdida, la que se llevó el 'otro
once de septiembre', el que vació el centro
de Madrid, el que convirtió la ciudad en un
enorme cadáver.