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In Memoriam. Mensajes para el recuerdo
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Palabras de amor .
Gaizka Olea
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«Victoria, no te olvido, ni te olvidaré
nunca. Siempre estarás en mi pensamiento.
Cuida de nosotros allí arriba». Luis
María
«Siempre en el recuerdo... sin musgo en
el corazón». Margarita
«Por favor, que la vida no sea muerte y
que la muerte no sea así de miserable».
Guillermo
«Ahora ya no estáis entre nosotros,
pero estáis en nosotros». José
Juan
«Lo siento, lo siento, lo siento...»
BFD
«De Rubén, con su bonita inocencia.
Un beso». Rubén
«No de nuevo, no más muertes, no
más lágrimas...» Goth
«Me llamo Víctor, tengo 13 años
y no me gustaría volver a vivir eso tan
horrible». Víctor
«A todos nos duele». Laura
«Siempre os llevaremos en nuestro corazón,
en nuestro día a día, en nuestras
vidas. Luchemos todos juntos por la paz. Siempre
juntos». Ignacio de Saavedra
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Alguien dejó una nota
escrita a toda prisa, la letra temblorosa, y el dolor
corrió por el papel al ritmo de la tinta. Luego,
otra persona anónima depositó una vela
que no habría de apagarse jamás, como
tampoco se borraría el recuerdo de los que se
fueron. Unas pocas horas después, el vestíbulo
de la estación de Atocha era un altar de papeles
y velas, el centro mismo de la conmoción, la
zona cero de la memoria. Miles de ciudadanos
caminaron hasta allí e hicieron cola para rendir
un último homenaje a las víctimas de los
atentados del 11 de marzo en Madrid, y dirigentes políticos
de todas las naciones se llegaron hasta la estación
para transmitir sus condolencias.
Había escritos
en mil idiomas, tantos como las formas de expresar el
mismo sentimiento de duelo, sorpresa e ira, y en el
aire teñido del humo de las velas podían
verse fotografías de los caídos, que miraban
desde la muerte a quienes se acercaron hasta Atocha.
Era posible leer cien preguntas ¿por qué?
¿para qué? ¿quién?
y cien negativas no, nunca, jamás
aunque apenas había respuestas. Sólo quedaba
la angustia de volver a pasar por aquel altar de sacrificios
improvisado, un sentimiento confuso que afectaba a quienes
estaban obligados a trabajar en ese ambiente permanente
de tragedia.
Casi 60.000 'latidos'
Tres meses después, a mediados de junio, las
autoridades decidieron desmantelar el altar y sustituir
velas y notas por un teclado y un escáner: el
primero, para recoger los escritos; el segundo, para
que los firmantes plasmaran sus manos en la pantalla.
Esos textos y esas manos que en la pantalla del
ordenador aparecen inocentemente blancas prolongan
el recuerdo y lo sumen en la frialdad de las nuevas
tecnologías, aunque los números, casi
60.000 latidos, revelan que son sangre y cariño,
no asépticos impulsos eléctricos, lo que
corre por el seno de estas máquinas. Se pueden
leer en www.mascercanos.com.
«Esto es un sinfín de atrocidades, qué
pena», escribe JGC; mientras que Rodrigo recuerda
que «hay millones de formas de afrontar la violencia
antes de usar la violencia». Pero la mayoría
de los textos siguen siendo, casi un año después
de la masacre, testigos de la estupefacción de
una mayoría de ciudadanos incapaces de entender.
Ahora, con decenas de presuntos sospechosos en prisión,
la gente sigue preguntándose por qué.
Y muchos de los que escriben son jóvenes, les
delata la jerga con la que se enfrentan al teclado del
ordenador. Mayúsculas y acentos han desaparecido;
la q es ahora k, los textos,
nerviosos, con ese aire de urgencia que traen las malas
noticias. Es un idioma nuevo y, al mismo tiempo, viejo,
porque es el idioma del cariño y la solidaridad,
porque son, como siempre, palabras de amor.
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