Tras doce meses de operaciones,
consultas médicas y ventanillas, doscientos afectados
siguen de baja a causa de las lesiones.
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| VOLVER
A NACER. Cristina
sostienes a su hija Arantxa en brazos. |
Se llama Arantxa, aunque sus padres podrían haberle
puesto Milagros. Aún no lo sabe, pero también
viajaba en el tren de El Pozo, en el mismo vagón
en el que estallaron sendos artefactos y fallecieron
67 personas. Ella no murió, pero estuvo a punto
de no nacer. «Lo primero que hice tras la explosión
fue mirarme el vientre. No daba patadas. No la sentía»,
relata Cristina Mora, que el 11 de marzo estaba embarazada
de siete meses. Pese a su avanzado estado de gestación,
la joven se tiró del tren a las vías,
logró subir como pudo al andén, se arrastró
por las escaleras derrumbadas de la estación…
«Tenía que salir de ahí y pedir
ayuda».
Un furgón policial la trasladó, por fin,
al hospital, donde le hicieron una ecografía.
Milagrosamente, el feto no había sufrido daños
y, pálida, sonriente, despejada, la de Arantxa
es hoy la cara amable, preciosa, del 11-M. La cruz es,
por ejemplo, la hermana de Álvaro, que, con veintipocos
años, sigue en coma. Ninguno de sus parientes
quiere hablar.
Antonio Miguel Utrera, que, pese a sus excelentes notas,
ha tenido que abandonar la carrera de Historia, y de
lo que ahora sabe un rato es de Medicina:
«Salí disparado con la bomba y me debí
de dar un golpe en la cabeza. Se me formaron dos coágulos,
que me provocaron un infarto cerebral. Sufrí
una hemiplejia. Los doctores les dijeron a mis padres
que no volvería a hablar. Ni a pensar. Ni a mover
el brazo y la pierna izquierdos», recuerda el
estudiante de 19 años. Con su propia voz. Sólo
a fuerza de voluntad ha conseguido contrariar a los
médicos. Su capacidad lingüística
es completa y empieza a caminar, si bien aún
deberá pasar otra vez por el quirófano.
«Me tienen que poner una prótesis en la
cabeza», precisaba hace unos días.
Un año después del más brutal atentado
terrorista perpetrado en España, 218 de los 2.062
heridos están todavía de baja. No han
recuperado su tren de vida, ni han subido a ningún
otro: ni siquiera han sido capaces de volver a una estación.
Trece esperan una intervención quirúrgica,
uno de ellos lleva ya nueve y alguno sigue atrapado
incluso entre la vida y la muerte.
Detrás de los datos facilitados por la Comunidad
de Madrid, hay padres de familia como José Rodríguez.
Vigilante de la estación de Atocha, controlaba
el trasiego de viajeros en el andén número
dos, cuando un estallido en el convoy que acababa de
cerrar las puertas le desconcertó. Echó
a correr: hacia el interior del vagón más
próximo para evacuar cuanto antes a todos los
pasajeros. Salió el último. Una segunda
deflagración le dio las gracias.
Cuando recobró el conocimiento, se encontró
en el suelo. En medio del infierno. Escuchó «muchos
lamentos»; olió a «goma quemada».
Vio «cuerpos destrozados». «Chequeé
el mío y, al llegar a las extremidades, me di
cuenta de que tenía una avería gorda».
«Me han jodido la vida», pensó, con
la misma sangre fría que perdía a borbotones
por la femoral. Alguien se quitó la camiseta
y le hizo con ella un torniquete para que no se desangrara
mientras aguardaba a ser evacuado. A él le parecieron
«horas». Hoy sabe que la espera no llegó
a diez minutos.
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| EL
LUGAR . José
Rodríguez junto a las vías del 'cercanías'. |
Remordimientos
Con la tibia y el peroné rotos, el talón
de aquiles destrozado y la femoral seccionada, «lo
más sencillo hubiera sido cortarme la pierna,
pero me tocó un médico que se molestó
en reconstruirla». No fue fácil. Cinco
operaciones le ha costado, más de un mes de hospitalización,
horas y horas de rehabilitación… A pesar
de que el mes pasado seguía de baja, resultó
harto complejo encontrar un hueco en la agenda de José
para quedar con él. Tenía casi todos los
días ocupados con médicos: el Consorcio
de Compensación de Seguros, el traumatólogo,
el cirujano, el otorrino, el psicólogo…
Las heridas que peor le están cicatrizando son
las psíquicas. «No hay día que no
me acuerde de las 192 personas que se quedaron en los
trenes». Es víctima y, sin embargo, se
siente culpable. Toma sedantes para dormir. Pero el
‘Orfidal’ está indicado para tranquilizar
los nervios. No la conciencia: «Siempre te queda
el ‘come come’ de no saber si actuamos bien.
De si, como profesionales, pudimos haberlo evitado»,
se tortura el vigilante, pese a que, malherido, se arrastró
por el andén para intentar ayudar a una muchacha.
«Estaba muerta», musita mientras la emoción
se asoma a sus ojos. Llorar sí es un buen medicamento
contra al trauma que el 11-M ha dejado en sus protagonistas.
Loreto López no era capaz de hacerlo, y tuvo
que someterse a sesiones de hipnosis para conseguirlo;
para arrastrar con las lágrimas el terror que
llevaba dentro y que aún se hace fuerte cuando
la luz se debilita.
«No soporto la oscuridad. Tengo la sensación
de que hay gente en el suelo, de que me voy a tropezar
con alguien, como cuando salía del tren y, sin
querer, pisé a una señora y se le separó
la pierna». Aún convalecía de quemaduras
y heridas de metralla en una pierna, de una contusión
en una rodilla y de una contractura en la columna cuando
la joven administrativa fue despedida del trabajo. «Me
echaron el 22 de abril y me dieron el alta el 18 de
mayo. No han tenido ninguna compasión conmigo»,
se duele Loreto, también molesta con la falta
de sensibilidad de ciertos facultativos. «Me decían
que no necesitaba psicólogo. Que habían
visto gente más grave que yo».
A Cristina sí la telefoneó un especialista
para saber cómo estaba, pero le bastan su marido
y sus padres para desahogarse. «Les cuento todo
lo que me pasa. Y si hace falta que me escuchen cinco
veces, pues cinco». Con todo, la madre de Arantxa
no ha vuelto a tomar el tren. Y el metro le causa pavor.
El 11-M regresa una y otra vez a su pensamiento: cada
vez que se mira al espejo y observa las cicatrices de
metralla y quemaduras en su cara. «Aún
tengo un plástico en el ojo y he perdido el oído
izquierdo». Apenas unos rasguños, comparado
con lo que podía ser. Con lo que fue para la
hermana de Álvaro, que no ha vuelto a abrir los
ojos.
Por eso, en la casa de Cristina hoy hay fiesta, y tarta.
«Celebraré cada once de marzo como si fuera
mi cumpleaños». No en vano, es el día
que volvió a nacer. Arantxa tendrá que
esperar al 24 de mayo para intentar soplar su primera
vela. Su madre quisiera regalarle unas vacaciones en
la playa. Pero eso dependerá de que, para «el
veranito», haya recibido las indemnizaciones por
la merma de su capacidad auditiva. «Nos prometieron
que nos iban a dar mucho. Y ¡joder!, pasan de
todo. No es que necesite el dinero, pero lo quiero para
mi hija», se queja sentada en su casa: un cuarto
piso en uno de esos modestos bloques sin ascensor en
los que tan difícil resulta subir la cuesta de
enero. Y la de cualquier mes.
El "Talbot" de José Rodríguez
tampoco está para pendientes muy empinadas. Pero
no le queda más remedio que arrear con él.
«¡Y menos mal que lleva cambio automático
y no me hace falta mover el pie!». Su mujer renunció
a su trabajo para cuidarle y, aunque la empresa le ha
hecho algunos apaños, ha tenido que pedir ayuda
económica a las asociaciones de afectados para
poder dar de comer a sus dos niños.
Penurias económicas
Por más que Rodríguez no quiere ponerse
medallas, le han dado la del mérito policial
y alguna más. De las indemnizaciones, sin embargo,
aún no sabe nada. Debe esperar a que se cierre
su expediente para poder evaluar las secuelas y el grado
de invalidez. Calcula que le corresponderán entre
42.000 y 114.000 euros. «Si fuera por un familiar
fallecido, no tendría coraje para disfrutarlo.
Pero yo estoy aquí. Es un dinero que me viene
bien», razona el vigilante. Lo invertirá
en un coche y, «si queda algo», para la
entrada de un piso. Si le concedieran la incapacidad
total y la suma máxima, montaría un negocio
a su mujer y se olvidaría de su oficio.
José no se ve capaz de regresar a Atocha. Porque
su pierna no aguantará doce horas en pie, ni
correr detrás de un ladrón; ni su moral
está fuerte como para soportar el acoso de la
memoria. «La empresa se ha portado muy bien. Me
dijeron que, cuando volviera, tendría la hoja
de servicios abierta. No les voy a pedir ser director,
sólo un puesto donde pueda estar sentado. Pero
hasta que no lo vea…», divaga el vecino
de Meco, que ha logrado identificar a quien le hizo
el torniquete y lo ha invitado a comer a su casa.
Hoy, sin embargo, no celebrará nada. Tampoco
Antonio Miguel, al que, además de mermar su movilidad,
el atentado le ha dejado una secuela irreversible: lo
ve todo negro. «Este año me ha servido
para darme cuenta de que el ser humano es dañino».
–Pero habrá gente buena, también…
Pues yo ya no lo sé… Nunca había
sido racista ni xenófobo. Y ahora lo soy…
Con 19 años, el futuro historiador veía
la muerte muy lejos y se cruzó con ella en un
‘cercanías’. «No es fácil
asumir que no podrás salir como antes con tus
amigos», anota. 2004 no fue para él el
año de la boda real ni del cambio de Gobierno.
Ha sido el año de los sueños truncados.
Su madre llora. La de Arantxa ríe. Aunque en
el calendario han pasado cuatro estaciones, la mente
de los heridos del 11 de marzo sigue en la de Atocha.
Sacudida hoy por una explosión de sentimientos,
de emociones encontradas, de ilusiones perdidas, de
lágrimas de alegría y sonrisas remordidas.
Los 2.062 heridos del 11-M se sienten desgraciados por
haber estado allí. Y afortunados por estar aquí.