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  TESTIMONIOS
«Los atendí con la palabra»
Julián Méndez

Dolores de la Puente, una mujer de 52 años, saltó de la cama para atender a los viajeros. «Algo así tenía que pasar. Somos unos privilegiados», reconoce


«Deberían habernos respetado». La frase la pronuncia Agustín Zamora, de la Asociación de Vecinos de El Pozo del Tío Raimundo. Ha pasado un año y no acaba de salir de su asombro. El barrio, su barrio, una comunidad conocida por su militancia de izquierdas, siempre fue «beligerante» contra la guerra de Irak. Hubo manifestaciones y hasta llegaron a suspenderse las fiestas del Primero de Mayo para protestar contra la invasión estadounidense. «Deberían habernos respetado», cabecea. Pero no. 67 personas que viajaban en el tren 21435 fueron asesinadas por los terroristas. Y El Pozo perdió la sonrisa.

BARRIO OBRERO. La actividad constructora que convulsiona Madrid también ha llegado al Pozo del Tío Raimundo.
Dolores de la Puente, de 52 años, es la secretaria de la asociación y la risa no se pinta en su cara desde hace doce meses. Fue una de las primeras personas en entrar en los vagones para prestar ayuda. Pero lo que la distingue de otras víctimas
–Dolores solloza cada vez que recuerda aquellos minutos y su vida es otra desde entonces– es que ella ha encontrado una explicación para quienes cargaron de muerte las mochilas. «Hay tantas diferencias entre el Primer y el Tercer Mundo… Algo así tenía que pasar. Hay mucho hambre en el mundo. Nosotros somos unos privilegiados. Y si toda esa gente se cabrea puede hacer mucho daño. Y lo hicieron».

Ella estaba en la cama, en un duermevela. Su hija Paz acababa de arrancar el coche para ir al trabajo cuando oyó la detonación. El corazón le dió un vuelco. «Mi hija, mi hija», gritó. Salió al balcón, frente al apeadero de El Pozo. «Levanté la vista y vi aquello. Era un espanto. Me puse algo encima del camisón. Mi marido me preguntó ‘¿dónde vas? ¿dónde vas así?’ Me vestí un poco más. Me puse unas zapatillas, un pantalón y un jersey (las prendas cotidianas no dejan de ser lazos que conectan a Dolores con una vida anterior a la bomba). Ya en la calle vi a mi hija. Se empeñó en irse a trabajar. En el parque, a 40 metros de la estación, había pedazos, un trozo de pierna… Bueno, no sabías si era brazo o pierna porque estaba vestido… Era tremendo. El que podía andar, salía corriendo. Cuando llegué al tren había un policía municipal. Le dije que iba a pasar a ver si podía hacer algo. No me dijo nada. Soy auxiliar de clínica. Lo estudié de mayor porque me gustan los ancianos. ¿Por qué fui? Por voluntad».

"Un horror, un horror, un horror"

«La matanza nos ha servido para descubrir la desolación, el horror y la guerra»
Dolores se detiene un instante. Una pausa. Es como si su voz se limitara a describir lo que pasa ahora mismo delante de sus ojos. «La estación estaba llena de cristales rotos. Me acerqué a un chico. Aparentemente no tenía nada, pero estaba muerto. Reventado por dentro. Yo no podía dar un paso. Todo estaba lleno de cadáveres. Y a todo esto, en zapatillas… Había un silencio tremendo. Me fui a los agujeros de las bombas. Y aquello era un horror, un horror, un horror. Todo eran pedazos; no sabía dónde poner los pies. No se oía nada. Los que estaban allí se encontraban tan mal que eran incapaces de decir palabra. Me miraban. Recuerdo a una chica tumbada en un banco. ‘¿Qué te duele? Estáte tranquilita que ya vienen’. Cerca había otro chico que parecía del Este. ‘Estoy mal’, me dijo. Andaba de uno a otro. Les tocaba, les daba la mano. Me preguntaban ‘¿cuándo vienen?, ¿cuándo vienen?’ No sabíamos lo que estaba pasando en otros sitios. Tengo una imagen grabada –rememora la mujer–. La llegada de un tren en dirección a Guadalajara. Se quedó parado a lo lejos. Era como una amenaza…»

La habitación se llena de un silencio espeso. Dolores detiene de nuevo su relato. Alguien entra en el local para recoger un impreso, ajeno a la dolorosa confesión. Dolores respira hondo y sigue. «Hubo un aviso de bomba. Empezamos a correr. Me empujaron (Dolores es una mujer gruesa) y me partí el brazo… Tengo la sensación de que he hecho poco, de que podía haber ayudado más», se culpa. «Acudí porque sabía que había muerto mucha juventud, que había mucho joven. Los atendí con la palabra. Les ofrecí todo el cariño que pude. Perdí las zapatillas. Y me dio rabia salir descalza, pisando de todo. No, no me he encontrado nunca con ningún herido. Debería haberme quedado allí», repite, aguijoneada por unos remordimientos que (seguro) no sufren los asesinos.

El hartazgo de la miseria

DEPORTE. Un chaval,en el banquillo en el campo de f™tbol del barrio.
El Pozo, bandera de la izquierda; conciencia social y lucha de clases, miseria rural trasplantada al cinturón de Madrid. Orgullo de los parias de la tierra. Estos días se cumplen 50 años de la llegada de los primeros inmigrantes, tipos de boinina, tocino y hato. Uno de ellos era Francisco Gil, de Montellano (Sevilla). La fecha no se le borra: 18 de julio de 1956. «Fue una vida dura, enterrados en el barro hasta el pescuezo. Nos metimos cuatro familias en una chabola de 70 metros con suelo de terrillo sembrado de cebada. ¿Por qué vinimos?» Gil junta los cinco dedos de su mano derecha y se los acerca varias veces a la boca. Ningún sitio mejor que El Pozo para entender el hartazgo de los pobres entre los pobres.

En la estación también han tapado las pintadas. Pero se insinúan algunas letras: ‘Aznar asesino’, ‘No sabéis apreciar una vida’. Son las 16.00 horas cuando en la avenida del Padre Llanos se detiene la Metamóvil número 4. Alicia Pareja Villa recoge su dosis. «El Pozo sigue su ritmo», comenta.

«Somos un barrio acostumbrado al sufrimiento, marcado por el afán de superación. El atentado nos ha reafirmado a nosotros mismos y nos ha servido para descubrir el horror, la desolación y la guerra», sostiene Agustín Zamora. «Creíamos que la guerra era algo virtual, pero debajo de los juguetes militares, de la tecnología, hay desolación y muerte. Cuando vives eso en primera persona ves que el horror existe y que está en todas partes». El 14-M El Pozo votó: 61% PSOE; 16% IU; 21,6% PP. En la plaza, una cuadrilla de gitanos (los nuevos inmigrantes del barrio) juega al gilei con cartas Liliput, sentados en el suelo. Casiano, el del isocarro con la matrícula ‘Inválido’, anima al grupo con sus chanzas y lía un canuto.