| Sábado, 13 de marzo de 2004
El viaje del día después
Crónica de un recorrido en tren
desde Alcalá de Henares a Vicálvaro, una ruta del
dolor con los andenes vacíos y sumida en la tristeza
JON AGIRIANO/MADRID
Alguien ha puesto unas velas rojas y unas flores,
junto a una bandera de España que pide cadena perpetua y
clama contra el olvido, en la entrada a la estación de Alcalá
de Henares. Son las ocho y media de la mañana del día
después. El día ha amanecido entre nubes bajas que
esparcen jirones de penumbra y anuncian una lluvia inminente en
esta ciudad madrileña que, desde el pasado jueves, vive sobrecogida
por la muerte de más de 40 vecinos. Se ve poca gente en la
estación. Apenas media docena de personas desayuna en la
cafetería, rodeada a esas horas por un silencio desconocido.
Una de ellas es Almudena Sainz, empleada en una cercana tienda de
móviles de decomiso. Está llorando y busca consuelo
en el hombro de un joven de rasgos hindúes. Una buena amiga
suya, María Luisa Fernández, se encuentra ingresada
en la UVI del hospital Doce de Octubre. Las explosiones la sorprendieron
en plena estación de Atocha, de camino hacia la tienda de
pescados congelados en la que trabaja.
«Está grave. Tiene los pulmones encharcados
y la cara deformada por las heridas. Y mucho dolor en el abdomen»,
dice.
Nada era igual ayer en la estación de Alcalá de Henares,
por la que el jueves cruzaron los tres trenes siniestrados. La propia
presencia de periodistas y policías secretas ya eran un mal
presagio. Andrés Zuya, el quiosquero, muestra los tres grandes
montones de periódicos que tiene sin abrir como señal
inequívoca de una jornada de luto que ya se advierte por
el gran lazo negro que cuelga encima de su cabeza, pegado sobre
una hilera de revistas del corazón.
«Parece un funeral»
«La gente se ha quedado en casa o ha ido en
coche al trabajo. La verdad es que esto parece un funeral»,
comenta, entre suspiros, antes de relatar una imagen que le ha conmocionado.
Era la de una mujer, rota por el dolor, que a primera hora de la
mañana ha cruzado por delante de su quiosco. «Me han
dicho que iba para el IFEMA. Que no sabe nada de sus dos hijos desde
ayer».
El viaje del día después siguiendo la ruta del dolor
en los trenes de cercanías del sureste de Madrid concluía
ayer en Vicálvaro. Imposible llegar hasta Santa Eugenia o
el Pozo del Tío Raimundo. Como se anunciaba por la megafonía
de los andenes, el tráfico ferroviario estaba suspendido
entre Vicálvaro y Atocha. Algunos trenes pasaban o llegaban
casi vacíos a Alcalá. El del maquinista José
Ramón Sierra era uno de ellos. Anteayer fue un hombre con
suerte. Su tren no fue elegido en el azar siniestro de los terroristas.
Fue una simple cuestión de diez minutos.
«Salí a las siete y diez, justo delante
del primer tren en el que estallaron las bombas en Atocha. Las explosiones
me pillaron cuando estaba en el túnel de Chamartín.
Al que le tocó fue a Mariano (un amigo maquinista). He hablado
con él y está en casa muy jodido. Ya se puede figurar
lo que vio en Atocha».
El trayecto entre Alcalá y Torrejón
es el más largo del Corredor del Henares desde que éste
entra en Madrid. El tren cruza un paisaje industrial de grandes
naves, muros cubiertos de grafittis, centros comerciales y viviendas
de nueva construcción. Dicen los expertos que esta zona es
la de mayor crecimiento económico de Europa, que en ella
se produce el 17% del PIB español. Y seguro que la mañana
del jueves los vagones abarrotados eran una confirmación
explícita de esta estadística. Ayer, por el contrario,
su apariencia era fantasmal. Viajeros solitarios, silencio, asientos
vacíos... Aunque el convoy tenía un destino anunciado
y, encima de la puerta de cada vagón, un panel luminoso marcaba
la hora y la temperatura exterior, el viaje parecía ser a
ninguna parte y hasta los carteles publicitarios -«Cada día
33.000 euros al cupón y un superpremio de 300.000. Pónle
ilusión a tu vida», anunciaba la ONCE-, tenían
algo de ridículo.
Miedo
«Nunca he visto un día así»,
reconoce Rufino Martínez, el jefe de estación de Torrejón
de Ardoz, que el jueves vivió un día de angustia cuando,
a partir de las 7.45 horas, el Centro de Control de Atocha fue desalojado
y, sin ninguna información de lo que estaba sucediendo, las
emisoras de radio comenzaron a relatar la masacre. «Piensa
en todos los compañeros que tenemos allí. A ver. Espera
un segundo y te doy la cifra de viajeros. Nos sale en el ordenador
porque los torniquetes nos sirven de control».
Rufino teclea y en la pantalla de su terminal aparecen una columnas
de diferente tamaño, divididas en horas.
«Te doy el número entre las seis y las
nueve de la mañana. Vamos a ver. El viernes pasado, día
5, 4.443 viajeros. Y hoy... Vamos a ver: 1.297. ¿Mira qué
diferencia! De todas formas, es normal. Entre que el tráfico
no es igual y el miedo...»
En el vestíbulo de la estación aparece,
de improviso, uno de los heridos del atentado. Es un hombre alto,
moreno y con bigote, de unos cincuenta años. Tiene la cara
hinchada y la nariz cosida a puntos. Dos grandes vendas le protegen
el ojo y el pómulo izquierdos. De la mano de una mujer, el
hombre parece buscar algo que no encuentra. Lo que busca está
fuera del vestíbulo. Curiosamente -es imposible no sorprenderse
ante lo trágicamente surrealista de la escena- es la máquina
de fotos al instante. El hombre se tiene que hacer un retrato de
esa guisa para el seguro. Pero no quiere hablar, ni mucho menos
dejarse retratar fuera de la cortina del fotomatón.
-Me ha dicho el psicólogo que no hable con
nadie-, advierte.
De camino hacia la siguiente parada, San Fernando
de Henares, el cielo se oscurece aún más y comienza
a llover con fuerza. La lluvia en los cristales del tren acentúa
la sensación general de tristeza y de vacío. Ésa,
la de un pasajero triste perdido en sus tristes cábalas,
es la imagen que ofrece Fernando Moranchel, mirando absorto por
la ventana ese paisaje tantas veces visto: la verja de alambre que
protege las vías, los postes de alta tensión, la autovía...
Como tantos otros, este empleado de Correos, residente en el barrio
de Los Reyes Católicos de Alcalá y asiduo viajero
de tren, no acaba de dar crédito a la masacre.
Estudiantes y obreros
«No han podido elegir otra línea para
hacer más daño. Quitando la que va de Móstoles
a Fuenlabrada, no habrá otra con más estudiantes y
obreros. ¿Es que no me entra en la cabeza!», exclama,
mientras el tren cruza por encima del río Henares y aminora
la marcha hasta detenerse en la estación.
Cinco viajeros suben al vagón. Tampoco hay
muchos más en un andén solitario, barrido por la lluvia
y las ráfagas de viento. Uno de ellos ojea el periódico
gratuito '20 minutos'. «¿ETA o Al Qaida?», se
pregunta el titular de portada.
-Para los demás no lo sé. Pero para
las familias de los muertos será lo mismo. ¿No le
parece?-, interroga el lector, que se dirige a Coslada.
En esta ciudad del extrarradio de la capital, el atentado
ha dejado más de 20 muertos. Las diferentes franquicias de
la estación tienen todas lazos negros, pasquines contra el
terrorismo y panfletos que llaman a participar en la manifestación
de Madrid. Estos últimos los reparte José Luis Ibáñez,
un joven estudiante de tercero de ESO en el instituto Luis Braille.
Ayer sólo tuvo una hora de clase. Tras la segunda, una tutoría
en la que recibieron una charla de un miembro de la Asociación
contra la Intolerancia, decidieron movilizarse. En el caso de José
Luis, este impulso no puede ser más lógico.
«Hace dos años yo estudiaba en el colegio
Montpellier. Y el día del atentado en la Avenida de Badajoz,
nuestro autobús pasó por allí cinco minutos
antes de la explosión», recuerda.
Un cartel en rumano
Otro de los carteles que podía verse en Coslada
era del Ayuntamiento y ofrecía un teléfono de contacto
para los interesados en recabar información sobre los atentados.
Estaba escrito en castellano y en rumano -«Informatii cu privire
la atentat»-, algo lógico teniendo en cuenta que varios
miles de inmigrantes de este país viven en el municipio.
Para muchos de ellos, el locutorio que regenta Carmen López
fue su lugar de reunión en las horas posteriores a los atentados.
-Ha sido horroroso. ¿Qué le voy a contar!
Imagínese a tanta gente angustiada queriendo hablar con las
familias de su país.
A su lado, junto al mostrador, el joven rumano Baciu Cristian consulta
la lista de heridos que Carmen López consiguió la
noche anterior en el IFEMA.
-Algunos han muerto. Otros, heridos. Otros no sabemos
dónde están-, dice.
Cruzando una sucesión de andurriales de cuervos
y páramos sin edificar, desguaces y empresas de transporte,
el tren llega a Vicálvaro. Es el punto final del viaje. Joaquín
Puchalt, el jefe de estación, ha salido al andén y
observa a los viajeros mientras éstos entran al subterráneo
que conduce a la estación de metro. Uno a uno, les mira a
la cara, como si estuviera en una rueda de reconocimiento.
«Llevo todo el día mirando a la gente.
Y pensando en todos aquellos que hoy no han venido y no sé
por qué».
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