ANA BARANDIARÁN
Nucleares, sí; nucleares, no. El debate
sigue abierto. La Comisión Europea lo
ha reavivado esta semana al proclamar sus excelencias
en un documento sobre perspectivas energéticas.
En el texto destaca ventajas de esta tecnología
como su contribución a la lucha contra
el cambio climático al no emitir CO2
y su bajo coste. Construir una central conlleva
una inversión inicial del orden de 3.000
millones de euros, más elevada que en
otros casos, pero luego los gastos de funcionamiento
son inferiores porque la materia prima, el uranio,
sólo supone un 5% de la factura y no
fluctúa tanto como el petróleo
o el gas. Esta característica también
ayuda a reducir la preocupante dependencia del
exterior, ya que la UE importa el 50% de la
energía que consume.
Pero Bruselas, consciente de que es un asunto
muy controvertido socialmente, no va más
allá de constatar estas virtudes y reconoce
que compete a cada país decidir qué
política adopta al respecto. En la actualidad,
la energía nuclear aporta en la UE el
30% de la electricidad. Hay un total de 152
reactores repartidos entre los 15 Estados miembros
que cuentan con centrales de esta tecnología.
No hay consenso para afrontar este debate.
Alemania mantiene su compromiso de abandonar
esta tecnología y respetar el calendario
de cierre de las centrales, mientras Finlandia
y Francia, en el extremo opuesto, están
construyendo nuevos reactores. La única
nota común es que en todos ellos se ha
reabierto la discusión.
Ningún país permanece ajeno a
este debate, atizado por recientes dificultades
como la escalada del petróleo -que se
ha corregido en los últimos meses- y
los conflictos con Rusia, principal suministrador
de gas. España no es una excepción.
La coyuntura energética obligó
al Gobierno del PSOE, que proclamó en
su campaña electoral el cierre de las
nucleares en 20 años, a abrir una mesa
para analizar este asunto.
La conclusión alcanzada en este foro
de debate no despejó el futuro de la
energía nuclear en España. Lo
único que se decidió es dejar
las cosas como están: mantener las centrales
que hay, a falta de un «plan alternativo
de sustitución realista», pero
no construir nuevas hasta que se avance en las
gestión de los residuos radiactivos.
El Ministerio de Industria, entonces liderado
por José Montilla, dio a entender que
con esta política el Gobierno ya está
cumpliendo con su promesa electoral, que se
limita a «sustituir de forma gradual la
energía nuclear por otras más
seguras, más limpias y menos costosas»,
pero siempre dando prioridad a la garantía
de suministro. Como la aportación de
las nucleares se mantiene constante en el tiempo
-ronda los 60.000 gigavatios/hora- y crece el
consumo, su peso en la producción total
ha caído del 27% en 2000 al 21% en 2006.
Los ecologistas, sin embargo, exigen la fijación
de un calendario de cierre.
No hay prisa
El Ejecutivo cuenta con la baza de que las ocho
centrales actualmente en activo, salvo Garoña,
no van a cumplir su vida útil de 40 años
hasta pasado el 2020, con lo que no hay prisa
para tomar medidas. La decisión más
inmediata que debe afrontar es en 2009 -si sigue
en el poder tras las elecciones- cuando vence
el permiso de funcionamiento de la planta de
Burgos, propiedad de Nuclenor -compartida por
Iberdrola y Endesa-. El Consejo de Seguridad
Nacional debe analizar si puede seguir operativa
otros diez años. Pero, aunque su respuesta
sea positiva, el Gobierno está capacitado
para cerrarla. La vicepresidenta María
Teresa Fernández de la Vega aseguró
esta semana que así se hará. Renunciar
a la central nuclear más veterana y pequeña
-su potencia es de 466 MW- es un coste asumible
si a cambio se obtienen apoyos para proyectos
urgentes como la construcción del almacén
centralizado de residuos radiactivos.
14 de enero de 2007