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Transcripción de la conferencia
de Pedro Juan Viladrich - 3
Veamos ahora cómo curarlas.
Evidentemente, no lo haremos muy bien. En psicología clínica
y en medicina, por ejemplo, aprendemos la salud a costa de empacharnos
de enfermedad, como cuando no hay forma mejor de sensibilizarse
ante la justicia que sufrir su falta en nuestras propias carnes
-ya lo dijo Ortega y Gasset hace mucho tiempo-. Aquí no
podemos hacer lo mismo.
Además, hay que hacer una interrupción en estos
tres planos: acto puro en presente, durata habitual y nombre.
Este último, aunque dolorido, puede ser fuerte; por ejemplo,
cuando alguien quiere seguir siendo tu mujer o tu marido. Pero,
en el plano habitual, uno está cansado, desesperanzado
-ojo porque ese plano acabará rompiendo el nombre final,
que es el último plano más radical que tenemos,
si persiste la saturación-, y la única forma que
tiene de mejorar es en el acto presente, puesto que no podemos
entrar en el pasado desde el mismo pasado, ni podemos entrar
en el futuro desde el mismo futuro.
Lo que ocurre es que, en el momento en el que se ven, estos planos
plantean un sorprendentemente divertido y, al mismo tiempo, difícil
arte de comunicación entre los tres. Esto, en la medida
en que los tenemos bien objetivados, nos permite diagnosticar
dónde se está produciendo el daño, cómo
está cada plano y comó empezar a mejorarlos todos,
a sanearlos. Uno puede intentar mejorar la relación con
su mujer o con su marido sin llegar a captar la tridimensionalidad;
por ejemplo, con un acto como el regalo de un abrigo de visón,
de unos gemelos de oro, de su corbata preferida o de un viaje
a Venecia. No obstante, cuando el mal está a determinados
niveles de hábito, un puro acto bueno, aparentemente alimentador,
puede producir un efecto absolutamente contrario; así
que los males que están en nuestro plano habitual deben
ser resueltos con actos que provocan fe en larga durata de tiempo.
No consiste en el aquí y el ahora, en me has hecho esto
pero nada más, pretendiendo poder revisar todo mi estado
habitual con eso, no. Como ya he dicho, una flor no hace jardín
y un garbanzo no hace olla. Sin embargo, nuestro marido puede
ir al doctor diciéndole «le compré la tanzanita
y, encima, se la quedó, porque no comprende que, en el
plano habitual, la que se quedó la tanzanita nunca
ha dispuesto de un presupuesto familiar seguro y estable desde
el primer día del mes, sino que ha sido un goteo pedido
humillantemente cada tres o cuatro días. De manera que
cuando ve el anillo, puro acto presente, se dice «pájaro
en mano...». Por eso digo que captar estos tres planos,
ver sus juegos, nos puede distender mucho de lo que nos pasa.
Ahora vamos a ver un caso de intento inadecuado de resolución,
de mejora, con los planos gastados. Todo lo que entendemos sólo
como idea pero no lo podemos referir a nosotros mismos está
medio entendido. Y las cosas las comprendemos cuando las identificamos
en nuestra biografía, de manera que, para entender los
tres planos ya aludidos, basta con que ustedes se fijen en una
serie de cuestiones a su alcance:
Si tienen a su chico o a su chica al lado, éste es, justamente,
el plano actual, es decir, lo que está ocurriendo ahora,
en estos dos o tres segundos. Inmediatamente, verán el
plano habitual, la sensación de bienestar al estar con
él o con ella; o, por el contrario, dirán «madre
mía, ¡qué mal huele! Siempre hace lo mismo.
Mira que le he repetido infinitas veces que se ponga un desodorante
», o «no le digo nada porque me va a mandar callar,
que estamos en una cafetería», O sea, el recuerdo
de la vida vivida, acumulada en forma positiva o negativa, es
eso otro que también tenemos con el/la que está
a nuestro lado.
Finalmente, está ese pensamiento de «bueno, pero
yo soy su mujer (o su marido)». Este reconocimiento se
hace explícito porque no está en crisis, no ha
alcanzado el punto en el que tengo que negarlo para sobrevivir.
Estas definiciones biográficas sólo se ponen en
cuestión final cuando el plano habitual es tan pesante
que el futuro no será más que la sistemática
repetición de esta saturación tan negativa. Si
no vemos futuro, no podemos sobrevivir salvo en la tristeza absoluta,
y sin esperanza no se vive; en ese instante es cuando uno entra
en la tentación de cambiar de identidad, de cambiar de
nombre en la relación.
Por supuesto que estos tres planos, como ya he dicho, se comunican
entre sí, como los vecinos de una casa de tres pisos,
pero son distintos. Lola, nuestra paciente, tiene 40 años,
está casada desde hace 15 y tiene dos hijos, un niño
y una niña de 14 y 10 años respectivamente. Ella
es médico pediatra en el mismo centro hospitalario donde
su marido Alberto, de 48 años, es médico-cirujano,
y expone una larga crisis en el plano habitual con distintos
intentos de solución sin éxito. Quiere separarse
pero todavía no hay crisis de identidad de fondo, aunque
se está acercando. Sí la hay, empero, en el plano
actual, porque sus conatos de mejora son continuamente frustrados,
decepcionantes.
Supongo que, poco a poco, van viendo ustedes los tres planos.
Sólo tienen que aplicárselo a su propia experiencia;
comprenderán y captarán inmediatamente, al hablar
con su mujer o con su marido, qué es lo que tienen desgastado,
qué es lo acumulado en el plano habitual, qué gestos
y actos del otro, considerados por éste como grandes gestos,
tienen una enorme capacidad de minarles habitualmente, mientras
que no es capaz de captar otros que recompondrían la situación.
Esto desconcierta a la pareja, desde luego. Eso sí, quizás
ocultan que están con la identidad rota desde hace años
y se mienten descaradamente a ustedes mismos.
Así que ya hemos visto el juego de estos tres planos:
Lola, médico, y Alberto, esposo y cirujano, arrastran
una larga crisis que corresponde al estado habitual. Ella no
quiere separarse, pero no ve cómo continuar, que es cuando
comienza la desesperanza y la necesidad de cambiar de nombre.
Aquí, como ocurre en cirugía, hay que diseccionar
para poder operar con las medidas adecuadas. Sin distinguir los
planos, no sabemos lo que nos pasa, aunque nos duele; queremos
hacer un acto que refresque pero no lo acertamos, porque tiene
que haber una cierta proporción entre el aquí y
el ahora y el efecto que queremos producir en los otros planos.
Lola explica que les han ido distanciando muchas cosas, unas
pequeñas y otras grandes, como, por ejemplo, lo poco que
le cuidó su marido en el primer embarazo, sobre todo en
el parto, a propósito de lo cual, los varones se sorprenderían
de la cantidad de historias con disfunción de comunicación
conyugal en las que la primera quiebra interior como esposa proviene
de la soledad durante la gestación y el parto. Al marido
ni se le ocurre pensar que la dejó sola, le es una sorpresa,
como si a ustedes les acusasen ahora de haber hundido el Titanic:
« ¿cómo? Pero si yo no estaba, no había
nacido».
Cuando el médico le preguntó a Lola si no habló
de ello con él tras el parto, ella respondió que
sí, pero que lo único que sacó de ello,
génesis del plano habitual, fue una riña: «me
dijo que yo era una egoísta, una celosa y una competitiva
frustrada. Alberto me reprendió por no entender una profesión
como la nuestra. Me espetó que yo envidiaba su éxito
profesional porque yo no lo tenía, que él no puede
parir aunque quiera, que es cirujano y eso lo tengo que apoyar.
Me estrellé contra una pared, era inútil; él
tenía su código para interpretar mis quejas, y
lo que a mí me pasaba, que todavía no lo sé
muy bien, no entraba en su diccionario.»
Por otra parte, los pacientes tienden, en general, a contar las
minucias detalladamente y a dejar vislumbrar las grandes, no
a contarlas. Entonces, es lógico que el doctor le comente:
«me habla usted de cosas pequeñas y grandes».
«Sí -responde Lola-, cuando me emperraba en que
hablásemos, él me llevaba a la cama. Al principio,
nos levantábamos como si todo hubiese quedado resuelto...»
Noten ustedes la tendencia a intensificar, en un acto propuesto
del varón, a saturar un estado vital de la mujer; un acto
sexual convertido, simplemente, en puro presente que no tiene
continuidad, que no produce mejora de la saturación de
la mujer sino todo lo contrario: produce desesperanza en la mujer
y bloqueo afectivo progresivo. Así se crea, entre las
dos personas, una situación en la que el varón
capta el estado insatisfecho de la esposa y pretende resolverlo
con un acto que ocurre en el puro acto; es decir, que ocurre
en el puro presente pero que, entre cópula y cópula,
no hay continuidad, sino discontinuidad.
El estado habitual de la esposa no pretende esto, sino el hilo
entre acto y acto, porque es precisamente ahí donde está
la herida, donde la mujer está desconcertada o se siente
sola afectivamente. La pretensión del marido de acompañar
mediante actos concretos le da la seguridad de que él
lo intenta y pone en evidencia, por otra parte, que los intentos
son absolutamente desafortunados. La ausencia de compañía
en el estado habitual y la pretensión de darle una siesta,
un desayuno, un aquí te pillo, aquí te mato, produce
desgaste. No solamente hay una incomunicación, sino que
también hay una absoluta incapacidad de relacionar los
niveles en donde se están descomponiendo ambos sin que
ninguno de los dos lo capte. El marido dice: «yo, cuando
la veo triste, lo que le digo es "ven aquí, cariño"
y la meto en la cama»; la mujer, en cambio, dice: «cada
vez que me mete en la cama salgo más destruida».
Es lógico que lo necrosado se tenga que resolver en el
instante, en este aquí y ahora, pero ojo: debe tratarse
de actos concretos, presentes, cuya finalidad sea de larga duración.
Es la única manera de dar crédito a nuestra conducta;
de lo contrario, no se cura el estado habitual: se cristaliza.
Por decirlo de alguna manera, hay granitos de arroz pero no hay
paella.
Lola prosigue: «poco a poco, empecé a odiar el sistema».
Ahora ya saben a qué se refiere: significa que hay un
desajuste entre las comunicaciones actuales, entre las habituales
y, por último, entre las identidades de fondo. Este hombre,
su marido, está trabajando actos que no influyen en la
mejora del plano habitual, que es el que está padeciendo.
Así que la crisis vendrá antes o después
porque son estériles.
Hablar frecuentemente de los temas de cada día sí
es una propuesta de mejora en el estado habitual. Y no vale con
el típico «sí, vale, cuéntame, tengo
cinco minutos», como el hijo de un dentista que, para que
su padre le hiciera caso, tuvo que pagarle una hora de consulta
como un cliente más.
Y continuando con nuestra protagonista, acerca de su incomodidad
con las reglas de su vida, pregunta: «pero ¿cómo
decírselo? Un día lo intenté y mi queja
tenía otra interpretación en su código».
«¿Cuál?», incide el doctor.«Pues
que yo -prosigue Lola- ya había tenido a mis hijos, ya
había conseguido todo de él y, ahora, me venían
las jaquecas. En fin, todo eran excusas mías porque él
me quería como siempre. Así que yo era la mala
de la película por quejarme, y lo peor es que llegué
a creérmelo. Cuanto más esfuerzo hacía por
ajustarme, peor me sentía, y cuanto más fingía,
peor y peor. Al final, nos dedicábamos a sonreir únicamente
delante de los amigos».
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