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Transcripción de la conferencia
de Pedro Juan Viladrich - y 4
El doctor le comenta que, por lo visto,
su marido quería hacer una segunda luna de miel, que había
interrumpido su trabajo para eso. «Es verdad que fuimos
a Venecia -asiente ella-. Alberto lo intentó pensando
que todo debía ser como cuando teníamos veinte
años». Esto demuestra que, en nuestra comunicación
íntima, a cualquier nivel, alguno de nosotros no logra
unir los tres planos, sino que sólo tenemos capacidad
de comunicar en actos tan transeúntes como la puramente
actual, y ésa no es la solución. Es como el padre
que pretende saber de su hijo al cabo de dieciocho años.
Éste ya no quiere contar nada porque, durante años,
no le ha hecho ni caso, y su progenitor se queja porque sí
se lo cuenta a sus amigos.
No trabajamos el ser una identidad biográfica estable
para los que nos rodean, pero sí lo exigimos de los otros,
sí queremos que estén completos en los tres planos.
Y esta exigencia va creando una mayor soledad en el plano habitual
y en el del nombre, por lo que de nada me sirve ir a la televisión,
por ejemplo, y decir, ante millones de espectadores, que alguien
me ama en una carroza que me ha prestado el presentador del programa.
Desde luego, es la máxima intensificación del acto
presente; sin embargo, llega la esposa y comenta «éste
que viene en carroza, que no puede vivir sin mí, es un
pájaro que no alimenta a sus hijos, que me pega...».
Vean la diferencia entre la pretensión de ser hábito
para los demás y lograrlo. Ya no nos ven mas que como
un momento concreto, un rato suelto.
El don y la entrega son tridimensionales. Se hace en el día
a día, pero hay que estar dentro de manera estable, biográfica.
Si se está fuera se nota, aunque no se pueda expresar.
Se siente soledad, y hay que saber si es cosa de una tarde y
el fondo es extraordinariamente espléndido.
Cuando Lola comenta la intención de su marido con el viaje
a Venecia, nos damos cuenta de que hay gente que sólo
es capaz de afrontar sus actos volviendo a tiempos anteriores,
a su adolescencia o juventud, que es tremendamente inmadura.
Cuando falta precedente, no hay nada, ni bueno ni malo, por eso
no hay problema; y por eso se quiere volver a ese estado. «Había
que volver a empezar, pero a mí me pesaban muchas cosas
que no podía olvidar, y no hablamos de ninguna de ellas;
más bien nos propusimos no tocar temas escabrosos. Así
que yo, a la vuelta, me sentía peor, y pasó lo
que tenía que pasar».
En esta visión de tridimensionalidad, la comunicación
descansa en la verdad. Si no se percibe, no hay solución.
Nuestra verdad es la verdad de los tres modos de ser tiempo.
Una madre normal informa continuamente a su hijo normal de que
su identidad de madre es biográfica. Podrán discutir
hasta tirarse la vajilla, pero ella sigue teniendo la sensación
de que es su hijo. Aun en casos de drogas, nunca llegará
a una crisis de identidad, aunque tenga un sufrimiento intenso.
Siempre será la madre. Pero, en general, no es lo que
se da en nuestras casas. Discutimos sobre estados habituales
notablemente normales, sobre identidades de fondo estables.
Tenemos que darnos cuenta de que lo mejor es hacer saber al otro
que nuestro don es entero; que estamos en el aquí y ahora,
comprometidos con el estado habitual en el que me percibes y
me percibo, etc. Esto forma parte de la verdad del don; su mentira
es desentenderse de cómo está el otro puesto que
yo ya le regalé un anillo o le llevé al cine y
pensar que cómo interprete estos gestos es únicamente
su problema.
Cuando dos se encuentran realmente, no se temen en los tres planos.
Juegan en serio a construirlos en el cada día, alimentando
la comunicación entre defectuosos, frágiles, perversos.
Porque el secreto no es la perfección de ambos, sino que
crean el uno en el otro, que sean sinceros en el intento.
Quisiera terminar con un caso que sucedió en Buenos Aires.
Es la última página del diario de una anciana,
y con ella entenderemos el concepto de unidad biográfica.
Si uno ha pasado el ecuador de su vida, debe preguntarse cómo
está mi estado tridimensional, qué hago cada día,
cómo vivo el presente fugaz, con quién. Uno tiene
una armonía biográfica si tiene una dosis suficiente,
o la va consiguiendo a base de luchar, de autoanálisis,
de comprensión del otro y de sí mismo. La honestidad
es lo que hace funcionar la interrelación en la medida
en que hay un pacto entre las partes (conyugal, paterno-filial
o fraternal), no la perfección. Trabajos y amigos son
muy importantes, pero no dan compañía íntima.
Así pues, demos paso a esta página poniéndonos
en antecedentes. Berta, arquitecto de 45 años, casada
desde hace 18 años con Juan, de 47 y piloto de las Fuerzas
aéreas con grado de coronel, acude al doctor para leerle
el retazo de vida de su difunta madre:
«Queridísimos míos. No imaginé que
sería así. Me doy cuenta de que me quedo aquí,
de que me vais a internar y ya no saldré viva. Dejadme
el gusto de escribiros esta pequeñita carta al final de
este pequeñito diario mientras Matilde y Berta van haciéndome
el equipaje. Os miraba y observaba todos estos últimos
días mientras me acompañabais en la clínica,
de médico en médico. A ti, Matilde, y a tu marido
el matasanos, que ya no sabe qué hacer conmigo, mi tan
querido Carlos; y a tí, Berta, y a tu bonito piloto, mi
Juan; y a todos vuestros hijos, a mis nietos. Y sobretodo a Ricardo,
mi hombre desde que era una mocita, al que extraño como
nunca supuse y no le dije, y se lo debo, cosas que no supe en
su momento; cosas mías, nuestras, tan profundas, hermosas,
como sembrar y abonar, cuidar y recoger esperando cada cosa a
su tiempo. Así fue lo nuestro, pero no es de esto de lo
que quería hablaros ahora.
Os veía que cuchicheabais con los médicos, y yo
sé que soy enferma terminal, no es una sorpresa. En cambio,
sí lo fue vuestro miedo, me pareció que sufríais
imaginando mi sufrimiento, el de morirme, pero eso ahora no me
importa. Mi vida no es mi sangre corriendo, sino vosotros. Yo
no soy la vuestra, pero vosotros sí sois la mía,
porque soy vuestra madre ¿Os acordáis de cuando
el médico os dijo lo que os dijo? ¡Qué preocupación
más grande, quién me lo diría! Y yo cogí
vuestras manos, y uní las de Juan y Berta, y las de Carlos
y Matilde, y os dije que no os preocuparais porque mi vida, hijos
míos, es vuestra unión y las futuras de mis nietos
y sus hijos.
Os doy unas gracias tan íntimas que no sabría explicarlas,
y os las doy en nombre de Ricardo también. Es nuestro
agradecimiento porque vuestra unión es nuestra vida. Gracias,
hijos míos. Ya le pediré al buen Dios que os de
la bendición de ver vuestra vida en vuestras uniones y
en las de vuestros hijos, y lo pediré el día en
que se descubre que el principio está al final».
Ésta es la página que quería leerles. Muchas
gracias.
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