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Entonces, ¿cuáles son las premisas de partida que debemos resaltar? En principio, para valorar la bondad económica y la eficacia de cualquier política de conciliación, que puede ser de naturaleza diversa (podemos estar hablando de políticas fiscales, de políticas relativas al mercado de trabajo, de servicios públicos, guarderías, centros de cuidado asistencial, bajas por maternidad y demás), creo que hace falta tener claras cuatro ideas. La primera de ellas es que la responsabilidad de tener hijos y educarlos es exclusivamente de la familia. Es decir, que la sociedad en general y los poderes públicos deben ayudarle a cumplir sus funciones, pero ni éstos ni nadie deben arbitrar políticas que sustituyan a la propia familia. No se trata de alargar los horarios de los colegios hasta las diez de la noche para que los niños no molesten, o llenarlos de actividades extraescolares para que así madres y padres podamos trabajar sin tener que ocuparnos de ellos. Desde luego, esto es una barbaridad que actualmente está siendo objeto de debate. Claro que, ya de por sí, los horarios laborales españoles son un tanto irracionales, al menos en determinados sectores, y están ciertamente alejados de los del resto de países de nuestro entorno, además de que, por si esto fuera poco, existe una absoluta desconexión entre los horarios de nuestros hijos y los de nuestros trabajos. No parece lógico que si nuestros horarios son irracionales queramos meter a nuestros hijos en esa misma dinámica de alargar su permanencia fuera del hogar hasta horas intempestivas. Entonces, abogo por cambiar nuestra cultura en lo que al uso del tiempo se refiere. La segunda premisa o idea importante es que las decisiones tomadas en el seno familiar no afectan exclusivamente a nuestro ámbito privado. Cuando hablamos de nuestra familia, de si tenemos hijos o no, parece que esto es una decisión únicamente nuestra, y aunque dicha decisión es algo que queda de puertas adentro, evidentemente, sus consecuencias salen de la propia familia. Es decir, que existen fuertes interrelaciones entre las decisiones que se toman en las familias y la propia sociedad. De hecho, ni a los poderes públicos ni a la sociedad en general debería resultarles indiferente que las familias decidan tener muchos menos hijos, o no atender a sus mayores, o que las mujeres decidamos salir a trabajar y, por tanto, dividir nuestro tiempo entre el cuidado de las personas dependientes y nuestra profesión, porque todo esto exige un cierto equilibrio entre las partes afectadas. Hasta ahora, en las familias se han estado ofreciendo unos servicios que han provocado que los poderes públicos se hayan sentido más liberados. Antes no había problema, ya que las mujeres permanecían en casa y cuidaban a estas personas dependientes. Sin embargo, cuando las mujeres decidieron salir del hogar fue cuando los poderes públicos se percataron de que estaban frente a nueva realidad que originaba cubrir una serie de necesidades que hasta entonces no habían salido a la palestra. Ciertamente, nadie se veía obligado a atender al hecho de que tener menos hijos supusiera una disminución de inversión en capital humano, por ejemplo, puesto que, efectivamente, tener un hijo implica que la familia dedica una parte de sus recursos a invertir en formación, en capital humano, insisto. Además, esa pérdida de inversión se transforma probablemente en consumo, lo que sin duda afecta a nuestra sociedad. O sea, que aquí se demuestra que esas decisiones tomadas en familia afectan al funcionamiento no solamente de esa sociedad en general, sino también de los poderes públicos. La tercera premisa está relacionada
con algo que mencionaba con anterioridad, y es que cuando se
habla de conciliación familiar y laboral normalmente se
habla de políticas públicas concebidas como políticas
de mujer, con lo cual, fallamos por la base. Como ya les adelantaba,
las políticas de conciliación de vida familiar
y laboral no deben ser políticas de mujer, porque ésta
no debe ser la única beneficiaria, sino que debe serlo
la unidad familiar. Es decir, la familia es una unidad que por
sí misma aporta a la sociedad mucho más de lo que
aporta la suma de cada uno de sus miembros, por lo que esas políticas
de conciliación deben ir más allá de los
derechos de la mujer e incorporar al debate los derechos de todos
los miembros de la familia con la misma intensidad. De lo contrario,
estaremos hablando de políticas de mercado de trabajo,
por ejemplo, o de políticas de igualdad de trato, pero
no de políticas de familia. Creo que, en definitiva, se
trataría de establecer que la principal aportación
de las políticas de conciliación y, en este caso,
de familia al debate social es la defensa de los derechos de
todos y cada uno de los miembros de la familia con igual intensidad.
Hasta ahora, en lo que respecta a esas políticas públicas
de conciliación, los hijos o los ancianos se han concebido
más como obstáculos para el ejercicio del derecho
al trabajo de los padres que como personas que tienen sus propios
derechos, sus propias necesidades y que forman las familias.
Fíjense qué curioso que, en el Texto Refundido
de la Ley General de la Seguridad Social, cuando se regulan las
prestaciones por hijo a cargo o las pensiones, se habla de «cargas
familiares» para hacer referencia a aquellas situaciones
en las que un matrimonio o una persona tiene alguien dependiente.
Ni que decir tiene que esto refleja la valoración social
que le otorgamos a este hecho y que, en cualquier caso, es algo
negativo hablar de cargas familiares cuando de lo que estamos
hablando es de miembros de una misma familia.
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