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AULA DE CULTURA VIRTUAL

LITERATURA DE MONTAÑA
El Lama Milarepa
D. César Pérez Tudela

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El caso es que llevé también a gente joven, y en aquella expedición por el Tíbet que yo dirigía llegó un momento en el que, cuando llegamos a los 6.600 metros, recomendé que se entrenaran, que se fueran aclimatando a la altura y que bajaran. Sin embargo, hubo algunos alpinistas jóvenes y ambiciosos que, junto con algún sherpa también joven, estimaron que debían seguir subiendo. ¿Y qué sucedió? Que el collado norte estaba muy cargado de nieve y hubo una avalancha. El problema fue que, como director y jefe de aquella expedición, tuve que aceptar la responsabilidad de lo ocurrido a pesar de que advertí de que no ascendieran más porque aquello era peligroso. Y por otra parte los periódicos, que a veces son muy duros en sus juicios, hicieron ver que yo era el culpable de aquel tremendo drama. Lo cierto es que sólo pudimos rescatar a dos de los cinco, y evidentemente tuve que abortar la expedición, por lo que fracasé cuando yo tenía una edad en la que no se podía fracasar mucho. Pero es que ésa no sería la única vez en la que fracasaría en el Everest.
 
En la siguiente expedición a dicha montaña fue cuando tuve yo aquel duro infarto que les he contado anteriormente. Así que acabé añorando poder llegar a la cumbre del Everest y contar lo que se vive allí arriba. Por eso decidí, puesto que no estaba seguro de que a determinadas edades yo pudiera alcanzar ya dicha cumbre, escribir un libro en el que mi personaje, el Barón de Cotopaxi, mi alter ego, alcanzara por mí la cima del Everest. Él, este personaje de ficción que me representa, es un hombre respetuoso y a la antigua usanza, aunque moderno a la vez porque vuela en parapente y hace alpinismo. Le preocupa mucho el paisaje, y cuando se encuentra con el lama Milarepa éste le dice que dé consejos siempre que pueda, entre los que prima que no seamos tan crueles. Y esto es algo que yo comparto, porque la verdad es que el hombre es enormemente cruel en todos sus actos, incluso sin llegarse a dar cuenta. En cuanto vemos algo que es más pequeño que nosotros no lo tratamos con afecto, sino con desprecio, ya que somos más grandes.
 
En conclusión, lo que quería comentarles, y lo arriba citado es un ejemplo de ello, es que el libro que les presento es un libro de viajes que recoge toda una serie de reflexiones. A lo largo del mismo, el Barón sube al Everest en invierno y llega a la cima moribundo, como no podía ser de otra manera, porque lo cierto es que en la vida real a veces se llega en un estado muy próximo al más allá, e incluso no se baja nunca de las montañas. Pero el caso es que mi libro se centra, y esos viajes le sirven de excusa, en esas meditaciones profundas y auténticas de las que les hablo. Y en cuanto a mi faceta de alpinista, después de escribir este libro la verdad es que yo no sabía si podía volver a las montañas. Como les comentaba al principio, nunca me fío demasiado de los dictámenes de los demás, así que cuando oigo unos cuantos tomo yo mismo la decisión. Un médico me dijo que ni se me ocurriera volver nunca a la montaña porque tenía un problema cardiaco que me podía producir una muerte súbita (que, por otra parte, podemos sufrir todos, naturalmente). Y aunque en absoluto dudo que su dictamen estuviera muy estudiado, no hice caso ni a éste ni a otros consejos. Acabé haciéndome caso a mí mismo, que es lo mejor, en mi opinión, y a esa voz que, como decía Machado, está en lo más alto. Por tanto, ese hombre que pueden ver en las montañas tan colorido (qué vamos a hacerle, son las prendas de ahora, aunque a mí me gustaba más lo monocolor, o los colores cárdenos, en todo caso) soy yo, que volví a los arneses, a la arista sur, a las bajadas. Yo, que aún me asombro y pienso: «¡Qué barbaridad! ¿Esto es el alpinismo? Si todo son precipicios».

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