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AULA DE CULTURA VIRTUAL

'LITERATURA DE MONTAÑA
El lama Milarepa
D. César Pérez de Tudela

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En ésas estaba cuando un buen día, corriendo con mi cardióloga, corredora y compañera del mundo de las montañas, ella me dijo: «No, no, ponte a más pulsaciones. No importa que llegues a 150». Ahí me percaté de que podía recuperarme, e incluso la invité a mi siguiente aventura, puesto que cuando fue a buscarme junto con mi mujer a una clínica tremenda de Nueva Delhi no me pasó eso que suelen pasar los profesionales, que es el coste de sus servicios, la factura, (fue una mujer elegante, ya que el hecho de pasarla, aunque necesario, no deja de ser prosaico e interesado, y todas las profesiones lo son en ese sentido, a pesar de que en la mía nunca paso la minuta por hablar de montañas). Dicha aventura consistió en escalar el Naranco de Bulnes, y me di cuenta de que si la había invitado entonces yo era el guía —de hecho soy guía de alta montaña desde hace muchos años—, y que como tal debía ir escalando por delante. Pues bien, así comprobé que podía hacerlo, que no había perdido el valor (la verdad es que nunca he tenido mucho, pero el poco que poseo siempre lo he dosificado como he podido). Llegué a la cumbre del Naranco y rejuvenecí. Me percaté de quién era, de que no era un enfermo, sino un hombre que no tenía por qué retirarse y llevar una vida fácil, de su casa a la universidad, de la universidad al cine, del cine a la tertulia.
 
En definitiva, comprobé que podía seguir subiendo montañas, y lo cierto es que en estos diez años he escalado muchas. Claro que estas últimas siempre han sido montañas sin compromisos. He de confesarles que antes uno era esclavo de su nombre y de su ambición, por lo que quise ser el primero en subir un pico de 8.000 metros como el Himalaya sólo cuando nadie lo había conseguido subir aún, aunque siempre he fracasado; el primero en subir en invierno el Naranco de Bulnes cuando todos morían escalándolo en invierno y por la pared oeste, y el primero en subir al pico más alto del Ártico en solitario, meta que logré alcanzar. Es decir, que en mis aventuras, como en la vida, he tenido de todo, éxitos y fracasos, aciertos y errores. Y es que por lo general hay más fracasos que éxitos, y, como creo que decía Churchill, la vida es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. Desde luego yo he ejercitado esa dinámica permanentemente, porque estoy convencido de que no se puede perder el entusiasmo por vivir. Además, los que tenemos el privilegio de plantear la vida desde las cimas no perdemos, yo creo que de alguna forma estamos vacunados ante el fracaso, aunque, como digo, sea cierto que se fracasa mucho más de lo que se triunfa porque el hombre, este animal humano tan lamentable, que diría Cioran, el gran filósofo rumano, tiene mucho de lo que arrepentirse y mucho de lo que avergonzarse.
 
En fin. Cambiando de aspecto, les diré que yo no me atrevía a comparecer ante ustedes para hablar de mi libro porque me parecía egoísta. Es decir, realmente a mí me gusta mucho hablar de él, que era lo convenido en un principio entre la Editorial Belaqua, a la que, cómo no, lo que le interesa es publicitarlo, y el Grupo Correo Prensa Española, pero no dejaba de darme cierto reparo. Ahora bien, estoy muy orgulloso de El lama Milarepa, porque es un libro de montaña pero también de novela. Y sobre todo —y esto es lo más curioso e importante de todo— porque éste surgió de lo que les cuento a continuación. Yo no pude llegar al Everest porque la expedición de la Universidad Complutense que yo dirigí gracias al empeñó de ese rector tan curioso que es el rector Villapalos, un historiador y catedrático ilustre, se frustró. Efectivamente, se empeñó en que yo me pusiera al frente de ella, para lo cual tuve que hacer una difícil selección entre alumnos y catedráticos que eran grandes alpinistas (como Salvador Rivas, el botánico español, por ejemplo, que es uno de los mejores alpinistas españoles y uno de los catedráticos más ilustres de la vieja Universidad Complutense), y además debía llevar también personal laboral. O sea, que en definitiva tenía un difícil compromiso.
 

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