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Transcripción de la conferencia
de Paloma Gómez Borrero- 2
Decir «profeta» significa,
en general, aludir a dos cosas: una, la persona que denuncia
injusticias, que grita a los potentes, que sueña con una
sociedad que existe más en la utopía que en la
realidad. Profeta, en este sentido, era, al menos para mí,
Martin Luther King, con aquel I have a dream (Tengo un sueño).
Y dos, quien adivina o predice el futuro, que prevé hechos
que no han sucedido aún. Pueden considerarse dentro de
este grupo, por tanto, un vidente, un mago y hasta una gitana.
Antiguamente, profeta, como indica la palabra griega, significaba
'aquél que habla en lugar de', se entiende que en lugar
de la divinidad, en lugar de Dios; así que el término
estaba íntimamente unido al concepto místico. En
las religiones orientales y en el antiguo pueblo judío,
existían profetas que tenían escuelas en las que
enseñaban técnicas de profecías. Y en el
mismo Evangelio, a Jesús y a San Juan Bautista se les
proclama «profetas».
Con el pasar del tiempo, los profetas
han ido asumiendo una vocación casi apocalíptica.
Desde Nostradamus hasta este último tercer secreto de
Fátima, siempre ha parecido que preveían tragedias,
guerras, fuego, hasta el fin del mundo, incluso, pero como voy
a centrarme en las profecías relacionadas con los papas,
antes de examinar lo que dictó Malaquías, haré
un breve repaso a las hechas para los pontífices del siglo
XX. Y comienzo con las que hizo el más célebre
de todos los videntes o profetas: Nostradamus. Algunos de sus
intérpretes, que son muchísimos -interpretarle
es una especialidad dificilísima-, han tratado de explicar
los acontecimientos que concernían a los papas. Por ejemplo,
se preveía que al inicio del siglo pasado, después
de la muerte del anciano papa, fuera elegido un romano de edad
joven. De él iban a decir que perjudicaría la reputación
de la Sede, pero permanecería largo tiempo y poseería
gran autoridad. Es posible que en el anciano Papa, Nostradamus
y quienes le interpretaron quisieran ver a Pío XI, que
murió con 82 años y cuyo pontificado fue largo.
En febrero de 1939, efectivamente, fue elegido su sucesor, un
príncipe romano, Eugenio María Pacelli. Era un
papa joven, tenía 63 años. Su postura frente al
nazismo y al fascismo fue muy criticada, y supuso, para algunos,
un descrédito para la Sede; lo hemos visto en libros y
en películas que han surgido sobre la comunidad judía
internacional. Pero realmente, hay que reconocer que Pío
XII ayudó muchísimo a los judíos de Roma;
es más, la Sede, que hoy tiene la nunciatura apostólica
en Italia, es el regalo de un riquísimo judío romano,
que se la regaló al Papa en agradecimiento por lo que
había ayudado a la comunidad. Pío XII llevó
el timón de la "Barca de Pedro" durante 19 años,
hasta 1958.
La fantasía de los intérpretes
de Nostradamus también se ha desplegado con la muerte
del papa Juan Pablo I. Su fallecimiento 33 días después
de su elección provocó, y saben ustedes que han
corrido ríos de tinta al respecto, que su muerte haya
estado envuelta en conjeturas. La verdad es que ha hecho las
delicias de todos los amantes de las novelas más policiacas
y sensacionalistas. Se sospechó que había sido
envenenado por prelados de la curia, por considerarle excesivamente
progresista. Yo sólo puedo decirles que soy muy amiga
de la sobrina de este papa y que en su familia no tienen ninguna
duda de que su muerte fue causa de un trombo que de la pierna
le subió al corazón y lo paralizó. Es más,
ya había tenido una trombosis cuando era cardenal de Venecia
y ya la había sufrido cuando estaba de viaje en Brasil;
incluso el propio médico le advirtió de que podía
repetirse y ser mortal, con lo cual tenía que cuidarse
en extremo, tomarse muchísimos anticoagulantes para que
no se repitiera. Por si fuera poco, tenía muchos antecedentes
familiares de trombosis y muerte instantánea. Es decir,
Juan Pablo I fue elegido al día siguiente de que los cardenales
entraran en el cónclave, en muy poco tiempo, y le durmieron
en la paz del señor probable y casi seguramente con esa
trombosis que ha levantado tanta polémica y que ha hecho,
como ya he mencionado, las delicias de quienes gustan de las
novelas policiacas.
Y otro caso. Nostradamus, en el siglo
VI, afirma: «después del descubrimiento de la tumba
del gran romano, será elegido, al día siguiente,
un nuevo papa. En ningún caso está confirmado por
el Senado. Su sangre está envenenada por el Santo Cáliz».
Y ahora, he aquí la explicación que dan sus intérpretes:
«la tumba de San Pedro, en los subterráneos de la
Basílica, fue descubiertabajo el pontificado de Pablo
VI». Fue un descubrimiento muy interesante que había
sido encargado a una extraordinaria arqueóloga estudiosa
del pontificado y de la época del apóstol Pedro.
En un nicho situado bajo la Basílica, había un
lugar donde aparecía escrito que allí estaba la
tumba de Pedro. Además, había unos huesos, un trozo
de púrpura y, sobre todo, la devoción cultivada
a lo largo de los siglos de que allí estuvo enterrado
el apóstol. Empezaron a hacer estudios, todo coincidía,
pero la verdad es que era más devoción que otra
cosa. También se pidió que se hicieran con la NASA
una serie de pruebas, especialmente las del Carbono 14. Al final,
los resultados de las investigaciones indicaban que aquellos
huesos pertenecían a un hombre que había vivido
en la época de Cristo, que tenía que ser un hombre
que murió muy mayor y de manera violenta, y que tenía
que ser pescador o estar en contacto con el mar, sobre todo con
el Mar Muerto, por la sal que tenía en los huesos. Con
todos estos datos, con los que la arqueóloga había
descubierto a través del polen y también a partir
del trozo de púrpura, que significaba que aquellos restos
eran de una persona muy estimada, muy prestigiosa, muy importante
en la época, Pablo VI declaró, no obligado a creer
en ello, eso sí, que podían ser los restos del
primer papa, de San Pedro.
Después de Nostradamus, existen
muchos otros textos que los expertos en profecías tienen
en gran consideración; entre otros, los que escribió
un fraile franciscano que vivía de limosnas. Se llamaba
Fratre Ángelo y habitaba en el Estado pontificio a finales
del año 1700. Las visiones de este fraile se centran en
el final del segundo milenio, es decir, a finales del siglo XX.
Escribió que llegaría un día en el que el
símbolo del papa se derrumbaría bajo el peso de
fuentes y palacios, para marcar una época distinta. Entonces,
el sucesor de Pedro dejaría Roma, dejaría la Sede,
porque también su vida estaría en peligro. Sin
embargo, el papa regresaría más tarde.
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