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ANOREXIA-BULIMIA. ¿CÓMO NACEN, SE DESARROLLAN Y...?
D. Ángel Padierna Acero
13 de octubre de 2003
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Otros mitos. Por ejemplo el de que no se puede ser una persona que funcione muy bien si se tiene un trastorno de alimentación, y esto es verdad, pero hasta cierto punto. Conozco personas que en un área muy concreta de su profesión son muy válidas, e incluso destacan sobre los demás Sin embargo, para mí toda su energía la dedican a su alimentación y a su profesión, por lo que no les queda nada para otras cosas: para relacionarse, para tener una familia, etc. O el mito de que la exposición a la información de los medios de comunicación puede provocar la enfermedad. ¿Tienen ellos la culpa? ¿La tiene la sociedad? Desde luego, no se puede afirmar con rotundidad que así sea, aunque sí es cierto que quizá tengan una parte importante de influencia (sobre todo el impacto de los medios de comunicación) en algunas personas más sensibles a estos temas. O la leyenda de que cuando un sujeto con anorexia alcanza un peso normal está recuperado. Evidentemente, en general hay otros problemas, además de los kilos, detrás de la anorexia. Problemas que hay que ir viendo si se van aclarando o arreglando. ¿Y qué me dicen sobre esa opinión infundada de que los trastornos de alimentación son contagiosos, que las personas enferman a través de la exposición a las conductas alteradas de los demás? Es innegable que hay un cierto impacto entre amigos y familiares, por lo menos al principio; sin embargo, esto no es la gripe, y el hecho de comer o no comer es una decisión personal. Me puede influir que mi amiga o mi madre se haya puesto a dieta, pero al final soy yo quien decide si imitarla o no.
Por otra parte, eso de que los médicos siempre pueden descubrir y diagnosticar un trastorno de alimentación tampoco es cierto. No es tan fácil. Una de las características de estos problemas es que el enfermo no se siente tal, o lo niega, o lo oculta; entonces, como el médico no tiene rayos X en los ojos, si la persona en cuestión no lo dice suele costar dar un diagnóstico. Y esto nos pasa tanto a los especialistas como a los propios padres del enfermo. Asimismo, tampoco es cierto que si una persona deja de atracarse deja de purgarse. Solemos entender que el vómito solamente viene después del atracón, y esto no es tan sencillo. De hecho, hay personas que no se atracan, pero vomitan. Como tampoco es verdad que la gravedad de los síntomas es el mejor indicador de lo difícil que será recuperarse; sobre todo si entendemos por gravedad que se ha adelgazado muchísimo. No hay una relación inversamente proporcional: a más pérdida de peso, peor y más dificultosa recuperación. Son otros factores los que pueden influir en la recuperación, no necesariamente la gravedad del paciente. Por tanto, quien vomita mucho no va a curarse menos que quien vomita solamente una vez a la semana.
Entonces, haciendo el justo caso a todos estos mitos, algunos más o menos asumidos, diríamos que un trastorno de alimentación es una relación anormal con el alimento. Cuando yo no estoy pidiendo al alimento que me guste sin más, que me dé energía, que me permita trabajar; cuando le pido otras cosas iremos viendo cuáles, hay un problema serio. Lo hay porque generalmente esa persona usa el alimento para enfrentarse a las dificultades de la vida, al miedo a salir a la calle por si le llaman gorda, por ejemplo. Le está pidiendo al no comer que le dé una seguridad, una confianza en sí misma que no logra de otro modo. Por eso, y en definitiva, estos trastornos son siempre mentales. Allí surgen. Lo que sucede es que, evidentemente, en la medida en que éstos conllevan una mala alimentación, acaban teniendo un importante impacto físico (especialmente, si se llevan a extremos). Así que hay aspectos externos causados, podríamos decir, por motivos internos, lo que hace que resulte especialmente difícil entender el proceso y buscar su solución.
Claro que existen otros dos aspectos ya comentados que también complican mucho el asunto. Uno de ellos es el aspecto del control. Opino que hay una excesiva necesidad de controlar las cosas en prácticamente todas las personas con trastornos de alimentación. Quieren que todo salga bien, perfecto, lo que es imposible, evidentemente. Por ello, podemos afirmar que estos trastornos tienen su origen fundamentalmente en esa inseguridad y en ese perfeccionismo. ¿Cómo llegan a ese estado? Pues, desde luego, simplificando ante esa lógica y humana dificultad de controlar y de sostenerlo todo. Empiezan a pensar que pueden ejercer ese control a través del alimento, por lo que éste se convierte en una obsesión. Comienzan a controlar el no comer demasiado, lo justo, lo que ellos consideran la medida ideal, y poco a poco van estrechando los límites. Por tanto, el controlar la vida se transforma en controlar el alimento. Además, a esto hay que sumarle el segundo aspecto: el secretismo. Cuando el asunto de la comida ha caído ya en la sinrazón, tratan de ocultar el problema. Por ejemplo, evitando aquellas situaciones sociales que impliquen comer con más gente. Enseguida procuran comer solos para que no se vea la cantidad que comen, por lo que esto hace aún más difícil la detección del problema y, por tanto, de su posible solución. La anorexia nerviosa y la bulimia son dos claros ejemplos de esa búsqueda implacable de la delgadez, aunque en el último caso se suela conseguir mantener un peso normal debido a que se alternan el no como con el atracón y la posterior purga. En el otro gran grupo entrarían los trastornos por atracones, que son iguales que los anteriores pero al revés: por exceso y sin vomitar.
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