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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia del escritor D.Mario Mendoza el 4 de marzo de 2002 - 2

 

Yo, al principio, le di muchísimas vueltas a eso de «desordenar los sentidos»; me preguntaba constantemente cómo se podía lograr tener una experiencia más allá de, y lo vine a entender tardíamente, cuando, al acabar una conferencia que dicté para un instituto de ciegos en Bogotá, de pronto, una muchacha que estaba en la primera fila se me acercó y me dijo: «Excúseme. Tengo una gran curiosidad por saber cómo es usted. Su voz me dice algunas cosas, pero ¿me permite verlo?». Imagínense, había hablado durante 45 minutos para un auditorio de ciegos, experiencia impresionante porque uno puede hacer lo que sea, piruetas, por ejemplo, mientras dice cosas transcendentales que dará lo mismo, y ahora me venía esta muchacha pidiéndome verme. Yo, por supuesto, aunque no sabía a qué se refería, le dije que sí, y entonces, comenzó a pasar las yemas de sus dedos desde la frente hacia abajo. Les juro que en mi vida me había sentido tan observado; creo que ningunos ojos me han mirado tanto como me miraron esos dedos. En ese momento fue cuando me vino a la memoria esa frase de Rimbaud; ese «desordenar los sentidos», ver con las manos, escuchar con los ojos, degustar con los oídos. Y mucho tiempo después tuve ocasión de revivirla en una universidad de Estados Unidos, en James Madison University, donde estaba como invitado en 1998. A la salida de una de mis clases de literatura latinoamericana, se me acercó un individuo y me dijo: «Me gustaría mucho que estuviera usted hoy en el ensayo de música». Yo le pregunté: «¿En el ensayo de música de mis estudiantes?», a lo que me respondió: «No, aquí, en el instituto de sordos de la universidad». Debo confesar que al principio me pareció una broma, un chiste. ¿Qué sentido podía tener un ensayo de música en un instituto para sordos? No obstante, no fue ninguna broma; en efecto, niños sordos de edades comprendidas entre los once y los trece años, extraordinarios pianistas, violinistas, chelistas, flautistas, estaban allí, ensayando, y a mí me parecía increíble que una persona sorda, incluso de nacimiento, pudiera llegar a tener tal fascinación y amor por la música que decidiera hacerse músico profesional. Era muy curioso ver que, en mitad del ensayo, alguien paraba y decía: «No, no. Tenemos que repetir porque te has equivocado». Yo, que supuestamente no tengo esa discapacidad, descubrí, en aquel momento, que mi oído era de una torpeza infinita frente a estos muchachos que oían con todo el cuerpo.
 
Si alguno de ustedes sufre alguna carencia en este sentido o tiene algún familiar que la sufra, sabrán a qué me refiero. Es como si el cuerpo comenzara a multiplicar su potencia, su fuerza, para reemplazar el sentido defectuoso. A eso es a lo que se refería Rimbaud cuando hablaba de desorganizar los canales de percepción del cuerpo para que, en efecto, la psique entrara en una dimensión desconocida. A eso le aplicó aquello de «ser vidente», porque, en esos casos, lo que ve no es el ojo, sino el cuerpo entero. Todo el cuerpo se vuelve un gran ojo que percibe dimensiones desconocidas del mundo. Precisamente esa experiencia fue la que llevó al poeta a fenómenos casi paranormales; a percepciones que, en el movimiento Surrealista, André Breton llevará a extremos guiado casi por la demencia. Por eso, quizá, se ha solido hacer la comparación entre Rimbaud y los toxicómanos, o entre aquél y poetas místicos como San Juan de la Cruz, por ejemplo, o el mismo poeta oriental Matsuo Bashô. Todos ellos simbolizan, a su manera, una fusión perfecta entre el yo y su multiplicidad, entre el yo y el no yo, entre conciencia y cosmos. Y esa percepción alógica, atemporal, múltiple, diversa, sucede, en mi opinión, en el cuerpo y en la psique al mismo tiempo. Esto no significa que deba desorganizar los sentidos para que mi mente entre en dimensiones extrañas, o al revés, que yo tenga que forzar la mente para que el cuerpo se desorganice; es todo el sistema el que entra en caos, en catástrofe. Algo sucede en un momento determinado y nos hace temblar, ir un poco más allá, y quizá fue esa experiencia de entropía lo que temió Jesús cuando escuchó: «Yo soy Legión».

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