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Así que ahí fue encerrado en muchísimas ocasiones en las que tan sólo contaba con una pequeña lucecita que le dejaban encender a determinadas horas del día por si quería leer. Y hete ahí que a las dos de la mañana del 1 de enero de 1997, estando en una de estas celdas de castigo, en una prisión muy conocida y muy peligrosa que se llama Wakefield, al norte de Inglaterra, para ser más concretos, nuestro protagonista dormía profundamente en su camastro cuando, según relata, le despertó un gran puñetazo en el pecho que le hizo caerse de la cama. Inmediatamente pensó que alguno de sus compañeros de pasillo, igual de peligrosos que él, había conseguido entrar en la celda y atacarle. No obstante, acto seguido consiguió despabilarse un poco mientras preguntaba quién había entrado. Y cuál no fue su sorpresa cuando vio una figura humana llena de luz que le estiraba una mano y se le acercaba a la boca haciéndole sentir un inmenso calor en el cuerpo (y les recuerdo que era enero, que nevaba fuera de la cárcel y que, normalmente, allí ponen la calefacción a ciertas horas del día y a muy pocas horas de la noche, por lo que, como mucho, disponen de alguna que otra manta gruesa, pero nada más). Entonces, comenzó a sudar, y de repente, de nuevo según su propio relato, algo, un empuje, le obligó a caer de rodillas sin por ello enterarse aún muy bien de qué sucedía. Fue en ese preciso momento cuando ese ser, esa luminosa aparición, le dijo que era un ángel del Señor y que había llegado hasta él para darle un mensaje que, por cierto, es un secreto que solamente saben el abad y el arzobispo que años más tarde le ordenó monje benedictino. De dicho mensaje lo único que él nos transmitió a mí y a todos los demás fue que ese ángel le dijo que tenía que cambiar. "Albert, deja de correr -fueron sus primeras palabras-. El Señor te ha escogido y vas a trabajar para él. A partir de ahora nunca más podrás volver a ofender a tu Señor, y acabarás tus días en una casa de Cristo". Lo demás es, como les digo, un secreto que únicamente contó a las dos personas arriba citadas. Después, esa figura angelical desapareció dejándole inmerso en una enorme confusión, en un enorme miedo, ya que no sabía lo que eran los ángeles. Debemos comprender que era una persona que nunca había creído, que ni siquiera estaba bautizada, así que no entendía lo que era la religión. Y, por si fuera poco, toda su vida, desde niño, había sido muy traumática: fue abandonado, siendo bebé, en un orfanato, por lo que pasó su infancia de uno en otro centro de acogida de niños huérfanos, y su adolescencia también resultó atroz, pues fue violado por otro marinero adulto en el barco donde faenaba como pescador. A raíz de aquello empezaron las violaciones, la droga, la delincuencia adolescente y, por último, los actos mafiosos. Por tanto, no resulta raro que se quedara totalmente bloqueado y pensara, como él mismo confesaba, que se había vuelto loco. De su éxtasis le despertaron
los gritos del resto de los presos, que no vieron al ángel
pero sí que sintieron su luz. Sea como fuere, el caso
es que este episodio fue sumamente importante para él,
porque supuso adoptar una seguridad tremenda en sí mismo.
Y no es para menos. Como les acabo de comentar, en un primer
momento pensó que tantos años abusando del alcohol
y las drogas habían hecho mella en él hasta el
punto de que su adicción le estaba pasando factura con
una locura de semejante tamaño, y para hacerle frente
reaccionó de una manera muy humana y muy curiosa, esto
es, decidiendo fumarse un porro, puesto que, por supuesto, guardaba
droga bajo su colchón. Sin embargo, en su cabeza seguía
repiqueteando la frase del ángel, "nunca más
podrás volver a ofender a tu Señor", y nada
más acercarse el porro a la boca notó una enorme
arcada y empezó a devolver, a temblar y a tener convulsiones.
Y posteriormente, una vez calmado, miró a las paredes
de su celda, que, como las de los otros compañeros, estaban
cubiertas de pornografía, y notó una inmensa tristeza.
Ni asco, ni rabia, sino una inexplicable e inmensa tristeza.
Entonces, no pudo frenarse y empezó a arañar las
paredes para quitar todas aquellas fotos que le rodeaban.
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