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En conclusión, debemos tener claro que si las reglas de formación de un imperio son las mismas para todos, no sólo para el español, y extrapolables a otros, lo cierto es que todos participaron en la creación del último, y no hay que olvidarlo. Por supuesto que también dentro de lo que ahora entendemos por España hubo mucha ayuda. Castellanos, vascos y andaluces aportaron su propia y singular contribución (no así los catalanes, todo sea dicho), y gozaron del honor de ser los gestores de la empresa. No obstante, la empresa no fue concebida ni realizada únicamente por y para España, insisto, sino por muchos más que se sentían parte del Imperio. Y precisamente a propósito de esto establezco en el libro la comparación entre dicho Imperio y una empresa cualquiera de la que todos sus trabajadores forman parte y cuyos directores son españoles, aunque no así el jefe principal, Carlos V, perteneciente a los Austrias. Sea como fuere, el caso es que uno de los primeros principios de toda empresa tan vasta como un imperio es que desde luego su consecución no se puede lograr con las fuerzas de un solo país. Y dicha regla, que es fundamental, rige toda la historia, incluso a los romanos, pero aún más en el caso español. Sé que muchos de los que hemos sido educados en la historia puramente nacionalista, esto es, tradicional y evidentemente española, encontraremos difícilmente aceptable que un imperio debe ser de todos; sin embargo, debemos rendirnos ante la evidencia, porque desde luego es indiscutible que no sólo participaron los españoles. Claro que también se puede alegar otra objeción a la que hacía referencia al principio y que igualmente es consecuencia de ese modo de estudio de la historia, y es que si todos los imperios se forjan tras la conquista de numerosos territorios, desgraciadamente, este argumento no es válido para España. Efectivamente, tenemos la idea equivocada de que el Imperio español nace de la conquista porque en cuanto usamos el concepto de imperio pensamos en el de Alejandro Magno o en el de los césares romanos, y creemos que aquél fue igual. Es decir, que la historia tradicional ha cometido el error de hacernos creer que como la pobre España no tenía nada, su éxito se produjo porque se lanzó a la conquista de territorios. Así, desde ese prisma equivocado, se nos cuenta que gracias a la conquista de Granada los españoles descubrieron la fuerza necesaria para decidirse a conquistar otras partes del mundo, América, Africa y demás. Pero nada más lejos de la realidad. Sé que entonces, y por derivación, podríamos plantearnos si conquistó Italia el gran capitán Pirro, o si Cortés conquistó Méjico, o incluso si conquistó España las Filipinas, y si es cierto que deberíamos detenernos igualmente en estas cuestiones para aclarar ciertas cosas, también lo es que en el caso que ahora nos ocupa, a medida que iba preparando mi libro, tenía cada vez más claro que la versión dada por la historia tradicional sobre el Imperio español efectivamente era errónea. Desde luego, el gran imperio mundial de los Estados Unidos actuales no se basa en la conquista, y lo mismo se puede afirmar, repito, en el caso español. Ni un solo ejército del país fue empleado en la conquista del Nuevo Mundo, y de hecho no tenemos la presencia de soldados militares españoles en América hasta 1766. Los españoles consolidaron su dominio allí sobre todo a través de pequeños grupos de aventureros tales como Cortés o Pizarro, sí, pero siempre ayudados por cientos de miles de indígenas. Así que aquí tenemos otro dato sumamente relevante y que debemos subrayar: la aportación de los indígenas. Es decir, como señalo en el libro, la población india supuso una parte tan importante en la creación del imperio americano que incluso podría llegar a afirmarse que fue ésta la que creó el Imperio español en el Nuevo Mundo. Con ello, no quisiera minimizar el asombroso arrojo de los conquistadores, porque evidentemente sería injusto; no obstante, también es esencial recordar que los éxitos militares españoles fueron posibles únicamente gracias a la ayuda de los nativos americanos. En definitiva, la conquista de algunos indígenas americanos por otros indígenas americanos sentó las bases del Imperio español, y esto que para un lector general quizás sea una novedad lo saben desde hace tiempo los historiadores profesionales. Entonces, llegados a este punto,
quisiera recordarles que al tratar de explicar el verdadero papel
de los españoles estoy tratando de huir de la mitología
que ha elaborado el imperialismo nacionalista para todas y cada
una de las naciones, para todos y cada uno de los imperios, no
ya únicamente para el español. Por ejemplo, una
perdurable leyenda creada por dicha mitología acerca del
primer imperio atlántico era la capacidad sobrehumana
de los conquistadores, algo fácil de leer en todas las
crónicas de los españoles del siglo XVI. Así,
Cieza de León, uno de los primeros cronistas y testigo
personal de los acontecimientos del Perú, comentaba: «¿Quién
podrá contar los nunca oídos trabajos que tan pocos
españoles en tanta grandeza de tierra han pasado?».
Vargas Machuca, veterano de la frontera americana, afirmaba:
«Hernando Cortés, con menos de 1000 infantes, rindió
un gran imperio como el de la Nueva España». Y Quesada,
por su parte, escribía: «Con 160 españoles
ganó el nuevo reino de Granada». O sea, que es evidente
el tipo de visión que tenían y que hoy es francamente
inaceptable por parte de todo historiador que se precie, porque,
respondiendo así a alguna de las preguntas que antes dejaba
abiertas, la ciudad de Méjico no fue conquistada ni por
Hernán Cortés ni por sus 900 hombres, sino por
los casi 300.000 indios de Trascala y otras ciudades que auxiliaron
a Cortés por voluntad propia y que se unieron a él
en todas las áreas.
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