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AULA DE CULTURA VIRTUAL

IMPERIO
La forja de España como potencia mundial
D. Henry Kamen


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Y aclarado esto, dejen que empiece con la cuestión principal, arriba ciatada: ¿cómo pudo un país tan pobre como España crear un imperio como el que tuvo? En primer lugar, debemos conocer que imperio es un término referido a un conjunto de territorios con un único rey. Pues bien, éste llegó de golpe, con la herencia de Carlos V. Es decir, de pronto las coronas de Castilla y Aragón se implicaron en una tarea internacional, o intranacional, por la que debieron hacer frente al control de muchos territorios que no habían adquirido a través de conquistas, sino por derechos de herencia. Además, siendo un país pobre como era, no pudo hacer esto sin la ayuda de los demás. Y entiéndame bien. Esto es como cuando en mis clases, para explicar cómo se convirtió España en cabeza de un imperio tan enorme de golpe y porrazo, suelo preguntar a mis alumnos qué harían si una buena mañana recibieran, ellos, que no tienen mucho dinero, la noticia de que han heredado un castillo enorme en las llanuras de Escocia cuya manutención cuesta millones y millones de euros. Todos, sin excepción, suelen contestarme que no aceptarían esta herencia, porque sería imposible de mantener. Pues bien, exactamente lo mismo sucedió con España, y si ustedes han entendido esta situación que acabo de exponerles, entenderán también muy fácilmente el problema que surgió entonces.

 Claro que, por otra parte, este país pobre convertido en un imperio sólo por la herencia de la dinastía austríaca de los Habsburgo pudo montar un gran negocio multinacional gracias a una sola cosa: el descubrimiento de la plata de América a mediados del siglo XVI. Es decir, que el verdadero factor de creación de este Imperio no fueron los soldados de España, sino la plata americana, gracias a la que el país pudo financiar los gastos que de otra manera, y dada su pobreza, no hubiese podido afrontar. Así que durante los reinados de Carlos V y Felipe II nos encontramos con un Imperio que no nace a raíz de conquistas, del envío de soldados a otros territorios para ocuparlos, sino de una herencia, insisto, que costeó gracias a dicha plata. Sólo de esta manera pudo pagar a la parte de ejército italiano, el armamento procedente de Milán (que fue el centro más importante de la industria de armamentos de Europa), los barcos procedentes de Francia, a los esclavos de África y a los oficiales militares de Flandes (que en aquel momento era el lugar que más soldados y generales proporcionaba al resto del Continente). Entonces, aunque pobre, España tenía una fuente continua de riquezas procedentes de las ricas minas de América.

 Esto se aprecia, sin ir más lejos, en hechos como el que les relato a continuación. En 1535, Carlos V llevó a cabo la expedición más gloriosa de su carrera en la costa norteafricana: la conquista de Túnez. Y a pesar de que, por supuesto, España tomó parte en esta vasta expedición, ya que aportó aproximadamente la mitad de los 50.000 soldados que se requerían, por lo demás tuvo carácter internacional, porque el país no tenía más que estos soldados, y de las 82 galeras equipadas para la guerra de Túnez sólo el 18% procedía de España. Además, los oficiales del ejército no eran únicamente españoles, sino que estaba presente en él la crema de la nobleza de Italia y de Flandes (esta última, por ejemplo, participaba de las glorias de su emperador en la costa de Túnez). Y lo que es aún más importante: el dinero para la expedición no era español, porque el gobierno de España no tenía ni un duro. Entonces, ¿quién pagó la factura de Túnez? Pues si nos fijamos en la fecha en la que todo esto sucedió, 1535, sabemos que fue dos años después de aquel acontecimiento tan interesante de los Pizarro en el Perú, de la captura de Atagualpa y, por consiguiente, de su tesoro. Así que aquí mismo tenemos la respuesta a tal enigma: fue el gran tesoro hinca de Atagualpa el que llegó a tiempo a la Península para pagar todas las ayudas solicitadas por el emperador para su expedición.

 Y ya que hemos mencionado la presencia de italianos y holandeses en Túnez, destaquemos también cómo se beneficiaron los españoles de su ayuda. Efectivamente, España pudo llevar a cabo su empresa gracias a la colaboración de elites y de banqueros en su mayoría procedentes de Italia y del norte de Europa, no de España, que querían participar en las ganancias, así como a la colaboración de generales que nuevamente procedían de países extranjeros tales como Francia, Holanda o Alemania. Y si todos éstos participaban en la consolidación del Imperio no era más que porque, entre otras muchas razones que no se pueden explicar en unos cuantos minutos, tenían una cosa en común: que reconocían en Carlos V a su amo, a su rey. Eso explica, entonces, que quisieran participar voluntariamente en la gran aventura del Imperio que nosotros llamamos «español» pero que en aquella época era de todos. En definitiva, España, como menciono en una de las páginas del libro, era un país pobre que dio el salto a la condición imperial porque a cada paso recibió la ayuda del capital, la experiencia, los conocimientos y la mano de obra de otros pueblos asociados. Esto explica, por lo tanto, esto que decía yo hace nada acerca de que la gran mayoría de los soldados de la época imperial y hasta el siglo XVII, casi XVIII, eran italianos, y no españoles.



 

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