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AULA DE CULTURA VIRTUAL

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Transcripción de la conferencia de Jorge Lozano

Normalmente, parece que eso de las apariencias es una cosa banal, frívola, irrelevante. Sin embargo, deben tener en cuenta que, cuando se habla de cualquier personaje, incluso político, las sanciones no sólo se refieren a si ese señor es honesto o deshonesto, si roba o no, si es bueno o no, si es simpático o antipático, etc. Esto quiere decir que la apariencia no es sólo una especie de tratado de buenas maneras, también forman parte de ella los modos y las costumbres que siguen una determinada moda. Y son precisamente éstas las que provocan que la diosa de las apariencias sea un personaje un poquito abusivo y con características que le son propias. Así, porque adopta todas las posiciones habidas y por haber, hay moda en el vestir y también en el saludar, por ejemplo, o en el lenguaje, en la ciencia, etc. Un gran teórico en este último ámbito, nos demostraba que funcionamos con sistemas de creencias que van cambiando (habla de periodos de unos 15 años como duración de cada uno de los paradigmas que vamos adoptando), que era lo que nuestro Ortega y Gasset entendía por generaciones. Pues bien, la moda habla de estaciones; se establecen temporalidades que señalan, que exigen, diría yo, el cambio. ¿Y quién ordena dicho cambio? La moda, por supuesto. Para caracterizarla, me van a permitir que les lea a un gran poeta muy querido por mí. Él es Giacomo Leopardi, quien escribió las Prosas morales, fantásticos diálogos entre conceptos personificados tales como la muerte y la moda. En un momento dado, Madama Moda le llama a Madama Morte «hermana», a lo que ésta responde enfadada que cómo se le ocurre llamarle así, unirse a ella en parentesco. Entonces, Madama Moda le reprocha: «¿No te acuerdas de que las dos somos hijas de la caducidad?». Otras caracterizaciones de la muerte surgen de cineastas como Bergman, quien la representa como un señor jugando al ajedrez, o de escritores como nuestro Bécquer, que la describía como una mano blanca.

El caso es que tanto muerte como moda son, efectivamente, personajes caducos. La segunda, como si se tratara de cualquier personaje de la tragedia griega, está destinada a morir, y, mientras su final llega, ella se venga y dice: «Como tú, Madama Morte, yo ejerzo implacablemente mi poder y persuado y obligo a todos los hombres gentiles a soportar cada día mil esfuerzos e incomodidades, y a menudo dolores y sufrimientos, e incluso a morir gloriosamente por el amor que me profesan». Y, en otro momento, le explica a la muerte: «Generalmente, yo me conformo con la barba, el cabello, los vestidos, y no me privo de realizar numerosos juegos comparables a los tuyos; verbi gratia, perforar orejas, labios o narices y dañarlos con las naderías que cuelgo de sus orificios; abrasar las carnes de los hombres a los que obligo a practicarse tatuajes por motivos de belleza; deformar las cabezas de los niños con vendajes y otros ingenios; deformar a la gente con calzados demasiado estrechos; dejarlos sin respiración y hacer que los ojos se les salten por la estrechez de los corsés, y cien cosas más de esta naturaleza». Por tanto, con esta manera moderna en la que Leopardi nos habla de la moda como personaje histórico ya en el año 1824, se ponen de relieve dos de sus características: una, ya mencionada, es la eficacia, dependiendo de si tiene seguidores (de ser así, tendrá que morir) o no, y la otra, que nos ayuda a ir definiéndola un poquito más, es que goza de autonomía. Algunos dirán -los historiadores, quizá- que alguien pone de moda la moda, valga la redundancia; pero mi propuesta al respecto es muy diferente. Cierto es que, si ejemplificamos históricamente cómo surgió la moda, deberíamos remontarnos al mismísimo Génesis, al momento en el que Adán muerde la manzana, luego, peca. A partir de ahí, nos cuentan -aunque también es verdad que no sé qué versión de los hechos uso- que fueron expulsados del Paraíso y que, al saberse pecadores, comenzaron a sentir vergüenza y, por primera vez, a verse desnudos. Entonces fue cuando, por lo visto -según mi versión, no muy ecologista-, trituraron unos animalillos para cubrirse con sus pieles. Por eso mismo, de tomar como ciertos los acontecimientos, tendríamos que afirmar que la moda surge por unas necesidades concretas: por resguardase del frío, de la intemperie hostil que nada tiene que ver ya con el Paraíso, y por pudor. Es decir, deberíamos admitir que el vestido surgió por vergüenza y por condiciones extrínsecas al ser humano. Así que ustedes me explicarán, entonces, cómo hemos podido pasar de eso a la minifalda. ¿O acaso esta prenda protege del frío o tapa la vergüenza? Desde luego que no; por tanto, es el vestido el que crea la vergüenza, y no la vergüenza la que provoca la necesidad de llevar vestido. Claro que siempre hay algún juez que se encarga de poner los límites de lo impúdico, porque, de hecho, los regímenes de pudor se adecuan al vestido. Uno no dice: «Es púdico hasta la rodilla e impúdico cinco centímetros más arriba». Además, la moda toma sus venganzas particulares porque nos ordena cuándo cubrirnos y cuándo destaparnos.

Así que, a la vista de lo expuesto, no nos queda más remedio que reconocer que se trata de un personaje enormemente autoritario al que se someten todo tipo de voluntades. De hecho, estoy absolutamente dispuesto a defender ante ustedes que la moda ha hecho cambiar nuestro cuerpo. Piensen que hubo un tiempo en el que la gente adinerada, la clase dominante, buscaba y compraba el vestido adecuado para un determinado cuerpo, pues aquél debía indicar que quien lo llevaba cumplía una serie de requisitos; esto es, que aquella prenda carísima sólo podía poseerla una señora de la alta sociedad a la que nadie imitaba. Característica que está muy bien reflejada en esas películas que recrean el ambiente social del sur de los Estados Unidos, en las que siempre hay una criada negra que, el día de la boda de su señorita, dice aquello de: «Algún día, me casaré así», y que, por otra parte, de no cumplirse, marca el cambio. Me explico. En la historia de la moda, se suele decir que, efectivamente, la moda cambia cuando es imitada; es decir, si esa criada llega a vestirse como su señorita, automáticamente, la tendencia cambia. A este fenómeno, los ingleses lo denominan trickel-down y los alemanes, tröpfelmodel, lo que significa que, poquito a poquito, ese personaje que es la moda se va dejando ver. ¿Y por qué surge, de dicha imitación, el cambio? Porque la clase dominante, encargada de dictar la tendencia original, no acepta esa imitación y complica el asunto. No obstante, volviendo a ese matiz de connotaciones sociales que comentaba, ¿se acuerdan ustedes del miriñaque? Hoy día ya no se usa, pero hubo una época en la que también era conocido como el guardainfante, puesto que cumplía la función de evitar que se supiera que la cortesana de turno estaba embarazada del noble de al lado. Esto significa que su obligación era establecer unos "regímenes de visibilidad", demostrar que quien lo llevaba era una adúltera capaz de mantener la compostura dentro de la corte. Y si nos ponemos a pensar en los zapatos de tacón, por citar otro ejemplo, los primeros no fueron creados sólo para demostrar que quien los llevaba era riquísimo y que difícilmente podía ser imitado, sino también para dejar bien claro que en ningún caso podía trabajar; es decir, que, aparte de tener mucho dinero, era profunda y ontológicamente ocioso. Entonces, ya no se trataba de ese pudor del que nos hablaba el Génesis, sino de ese orgullo que impedía dedicarse a cualquier labor (porque, efectivamente, aquellos tacones hacían difícil cualquier tarea). Esto lo entendió a las mil maravillas el monarca Luis XIV, el rey Sol. Este rey «construido y fabricado», como diría alguno de mis colegas, vivió tan intensamente el dictado de la moda que enfermó e incluso le tuvieron que operar de una fístula -y discúlpenme por hablarles de las miserias humanas-. Pero lo más curioso del caso es que, según las crónicas de esos años, parece ser que, al poco tiempo, también se operaron de lo mismo unos 500 nobles franceses. ¿Y por qué? Porque, sin duda alguna, imitar al rey suponía una manera de acercarse al poder. ¡Fíjense qué ridículo!

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