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Transcripción de la conferencia
de Espido Freire
Una de las maneras más frecuentes
de discriminación es la que impone la dictadura de la
llamada literatura femenina. Yo no sé si ustedes
son aficionados a seguir las críticas literarias, pero,
desde luego, cada vez que se menciona que un autor o una autora
escribe literatura femenina inmediatamente se le está
despreciando. Se entiende que literatura femenina es lo que leen
las mujeres en sus casas; esas novelas un poco sentimentales,
rosas, en las que existe una historia de amor. Pues bien, si
atendemos a los datos actuales del Ministerio de Educación
y Fomento, quienes están sosteniendo la cultura, la literatura,
el comercio relacionado con los libros y con las revistas, son
precisamente esas marujas que leen en sus ratos libres.
Las mujeres en general somos, hoy por hoy, las mayores lectoras
de ficción; otra cosa son los periódicos y los
ensayos. Y las novelas de ficción se mantienen básicamente
porque existe una población de mujeres que dedican su
ocio, su tiempo libre, a leer, a inquietarse por otro tipo de
historias, a cultivar una serie de sentimientos que tradicionalmente
han sido siempre despreciados por una sociedad que se ha dedicado
a esclavizar tanto a hombres como a mujeres mediante una serie
de valores. De hecho, los hombres han tenido que sufrir, como
todos sabemos, la dictadura de la no expresión de emociones;
no ya de sentimientos, ni siquiera de emociones. Creo que en
la mente de casi todos ustedes estará ese recuerdo para
algún miembro varón de la familia que no lloró
en el entierro de su esposa, de su madre o de sus hijos, aunque
estaba desgarrado por dentro, porque existía todo un mundo
de connotaciones sociales despectivas hacia el hombre que era
capaz de emocionarse: podía ser un payaso, un afeminado,
alguien sin traza. Bien es cierto que, por suerte, eso, poco
a poco, va desapareciendo; mas se sigue observando con bastante
recelo incluso a la mujer que expresa demasiado sus sentimientos.
Se dice de ella que es una histérica, una mujer sin control,
eso de «que crezca de una vez», y muchos siguen preguntándose
por qué ha de mostrarse tan feliz; aunque, claro está,
enseguida hay una justificación: «Bueno, será
que tiene algún cambio hormonal». Ahí es
cuando entra en juego la terrible frase de «estará
con la regla». Es decir, que cualquier tipo de expresión
de emociones, de sentimientos, tristeza, alegría, angustia,
ha sido siempre despreciada tanto en hombres como en mujeres,
algo sin lo cual la propia literatura no puede concebirse. Así
que, en el fondo, no es de extrañar que, en muchas ocasiones,
los hombres, incluso instintivamente, sin pretenderlo, rechacen
esas historias de ficción a favor de novelas más
documentadas, novelas históricas, ensayos, etc.; quizá
porque han recibido una educación que les ha ido orientando
hacia esa faceta. Lo que no quita para que existan, por supuesto,
un gran número de estupendos lectores masculinos que han
sabido eliminar de su mente ese tipo de presiones, que han disfrutado,
desde un inicio, con la lectura y a los que les importa un bledo
si mujeres, si hombres, si personas mayores, si personas jóvenes.
No obstante, centrémonos en
el asunto porque yo les estaba hablando de mi experiencia. A
los 25 años recién cumplidos, me encontré
con el Premio Planeta en mis manos; premio tremendamente polémico
que, por lo general, despierta distintos recelos. Que yo recuerde,
jamás ha habido un premio Planeta universalmente aclamado:
cuando se le daba a una mujer, como en el caso de la edición
anterior a la que yo gané, cuya gandora fue Carmen Posadas,
se decía que era porque se estaba buscando a una mujer,
el perfil femenino; cuando se le daba a un autor joven, Juan
Manuel de Prada, por ejemplo, que entonces se intentaba un acercamiento
a los autores jóvenes; cuando se le daba a una persona
conocida como Fernando Delgado, que era porque buscaban un personaje
televisivo, etc. Eso y otra serie de historias como que el Planeta
había perdido todo el prestigio que pudiera tener cuando
se le daba a Muñoz Molina, o a Antonio Gala, o al difunto
Camilo José Cela. Pero, de repente, gané yo y los
críticos se quedaron sin justificación posible,
sin saber qué decir porque yo no era conocida, no provenía
del mundo de la televisión, no había dado -ni creo
haberlo hecho-ningún escándalo. Sencillamente,
no tenían ningún arma con la que hablar de mí,
así que recurrieron a mi aspecto físico: que si
viste de tal manera, que si a esta chica le vendría bien
un plato de lentejas; o directamente atacaron por la parte más
sencilla, la parte femenina. Como la finalista fue también
una mujer, Nativel Preciado, hacia ahí se fueron todas
las explicaciones: el Premio Planeta tiene nombre de mujer. ¡Pues
no señor! Tiene nombre de Premio Planeta, que es el nombre
de una editorial. ¿Por qué potenciar en exceso
un tipo de cualidad, en este caso femenina, que tendría
que asumirse como normal?
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