![]() |
|
| a | |
|
|
En este punto, Camus toma la pluma y escribe para "Combat", sin importarle salir al paso de la inmundicia que unos y otros comparten, distinguiéndose sólo por las coartadas que la envuelven. Advierte, en primer lugar, de la normalización de la muerte ajena. Le preocupa, desde luego, que la gente muera en un conflicto armado. Pero le preocupa más que la violencia acabe convirtiéndose en parte del paisaje. Le preocupa que la violencia pase a convertirse en una forma de cultura. Después de haber derrotado a la ideología del exterminio mejor elaborada, el mundo continúa sin haber entendido nada. Puesto que el problema no fue la muerte, sino su soledad. El problema fue la conspiración de silencio que la rodeó. El problema fue que la muerte pudiera considerarse una parte de la propuesta ideológica de su tiempo, que los proyectos políticos inculcaran la muerte del adversario a su militancia, convirtiendo el crimen en una forma de absolución comunitaria, en un rito de iniciación, en una verificación de la propia causa. Camus despreciaba a los verdugos. Maldecía a los asesinos. Pero no soportaba a quienes atenuaban los hechos con las palabras. Camus no se andaba con tapujos. Recuerdo un conmovedor artículo en el que Camus establece que quienes han torturado sin conseguir una confesión pueden ser perdonados. Mas quienes han logrado descuartizar el alma además del cuerpo, quienes han conseguido hacerse con la dignidad del torturado obligándole a confesar, deberán ser ejecutados, pues han matado, irrevocablemente, en dos momentos: han secuestrado el cuerpo, pero han saqueado el alma. Quien murió en brazos de sus verdugos tras haber delatado a sus compañeros, murió atormentado por su debilidad, por su derrota y por el remordimiento. Ese crimen le resultaba insoportable. Por tanto, no nos hallamos ante un Camus ingenuo, ante un Camus débil, ni mucho menos ante un Camus indiferente, que se mueve en la noche del alma en que todos los asesinos son pardos. No. Camus denuncia, precisamente, la ingenuidad pervertida de quienes parecen más sensatos, más rigurosos, más realistas. Camus se lo advierte: «No soy un pacifista inocente, comprendo cuál es la naturaleza humana, su condición, las determinaciones de nuestra conducta». Pero añade: «El problema es el de aquellas personas cuyo discurso va más lejos que sus actos». En este mundo moderno, se mata por interposición, lo cual, según Camus, hace que lo que se gana en pulcritud se pierda en conocimiento. La muerte deja de ser un episodio para convertirse en un método que implica a la víctima, al verdugo y al que dispone de una procacidad justificatoria en una lógica inmunda. Al señalar que la muerte es un método podría utilizarse la frase de Camus pronunciada en otra ocasión: Quien anda corto de carácter precisa de un método. Y el método es, en este caso, que alguien construye la vehemencia atmosférica de los discursos. Otros pronuncian el sentido profundo de los actos. Camus indica la responsabilidad más sucia de quienes ni siquiera tienen que enfrentarse a los resultados de sus opiniones; esas opiniones que, en la práctica de la radicalidad y el sectarismo de la exclusión tajante y definitiva, se convierten en una delación. Habla, también, de la esquizofrenia moral de aquella posguerra. «¿Por qué debería callarme la existencia de presos políticos en España para no hacer el juego a los comunistas? ¿Por qué debería silenciar los crímenes de la URSS para no hacer el juego al capitalismo?». Ni comprende ni quiere comprender. Ante esa verdad a medias que se convierte en una forma de parálisis moral, de profanación de la ideología y de envilecimiento de la política, Camus exige que sean otros quienes se ocupen de dar sus explicaciones. Pues se trata de devolver la palabra al hombre y arrebatársela a esa desesperanza convertida en ideología. En principios sagrados cuya capacidad de dar todas las respuestas deja a los hombres sin libertad para interrogarse sobre sí mismos y, por tanto, sin capacidad de elegir. Esa voracidad de agujero negro de las ideologías, que no son sólo sistemáticas, globales, sino también excluyentes por un deleznable juego de falsación; ese apetito estruendoso sólo cría una moral adolescente y anoréxica, que vomita incesantemente las dudas, el respeto a las ideas de los otros, los límites de la seguridad de los demás y de la propia seguridad, que nunca pueden traspasarse. Camus habla de un hombre que ha perdido
la esperanza porque ha perdido la palabra. «No se discute
con una abstracción», afirma. Y continúa:
«Un hombre al que no puede persuadirse es un hombre que
da miedo». La fuerza de la convicción es muy distinta
a esa impávida seguridad, tan sorda a las palabras como
podría serlo a un lenguaje extinguido, tan receloso ante
los argumentos como podría serlo ante un código
indescifrable. Camus indica: «La esperanza queda en manos
de los creyentes». Pero no se refiere a las personas con
una convicción digna, sino a los aturdidos feligreses,
a los elementos de una asamblea terca y enmudecida, a los miembros
de una Iglesia catatónica. La esperanza no acude ya en
auxilio de quienes quieren expresarse ni, desde luego, de quienes
creen que ninguna causa merece la mentira, ninguna causa merece
la muerte.
|
info@diario-elcorreo.es Pintor Losada 7 Teléfono: +34 1 944870100 / Fax: +34 1944870100 48004BILBAO |