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AULA DE CULTURA VIRTUAL

'ISLA SIN MAR' LA ISLA DEL NARRADOR
Fernando Delgado
Escritor y periodista

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Claro que, como digo, posteriormente lo contaría del modo en que se dicen las cosas en las memorias. En este sentido, recuerdo que Rafael Alberti contaba en las suyas que el día de su Primera Comunión tomó una barra de chocolate y por lo tanto interrumpió el ayuno, que era necesario para comulgar. Y lo relataba vanagloriándose de tal acto, aunque no creo que Rafael Alberti niño se atreviera a hacer tal cosa. Lo que probablemente sucedió es que a él le debió de parecer que había ocurrido así, a pesar de que lo más seguro es que no tomara esa barrita tras pensar horrorizado que no podía interrumpir su Primera Comunión, ya que aquello era lo que más nos asustaba en esas épocas. Pues bien, algo parecido me sucedió a mí, que con el tiempo llegaría a asociar el morbo de la clandestinidad política del franquismo con aquel hormigueo que nosotros sentíamos mirando y suponiendo, con aquella sensación a la que siempre seguía un sentimiento de culpa que nos trasladaba directamente al confesionario. Muchas veces he llegado a pensar que de hecho fue entonces cuando se manifestaron los primeros indicios de que iba para narrador. Que fue tras aquello cuando sentí el placer de contar mentiras, de inventar sucesos que llegaban a impresionar a mi familia, o sencillamente el gusto por agrandar y enredar lo más pequeño, algo que suscitaba en los otros, en cambio, un desasosiego. Para todo en la vida he sido algo desmesurado, y quizá de la excesiva frecuencia de mis cuentos me viniera la bien ganada fama de niño raro que seguramente debí merecer más por otras razones que tal vez no llegue nunca a contar. Es posible que por eso dijeran con mucha frecuencia lo de «este niño está loco», sentencia que tomaba como incomprensión -quién no se ha sentido incomprendido de niño- y que al cabo de los años me ha resultado, sin embargo, halagador.

De todos modos, dice Tabucchi que el niño es siempre un espía, y estoy de acuerdo con él (el protagonista masculino de Isla sin mar, que es la novela que en estos días presento a los lectores, tiene mucho de ese espía), a pesar de que la gente de mi familia posiblemente no hiciera otra cosa que corroborar que tenían entre ellos a un enfermo al que le aplicaban enseguida su indulgencia. No en vano, la mirada establece sus propias modificaciones con el tiempo y las reacciones ordinarias adquieren, con el paso de los días, otra significación. Esto es lo que suele ocurrir con las fotografías, por ejemplo. Vemos las fotos en la vecindad temporal de la instantánea y apenas nos ocupamos de otra cosa que no sea reconocernos en ellas lo mejor posible, quedar guapos. Pero pasado el tiempo, no sólo las modifica el color sepia, sino también la proyección de nuestros recuerdos sobre ellas, las modificaciones que impone la mirada que ese tiempo pasado ha conseguido cambiar y enriquecer a través de las informaciones y las emociones.

Lo cierto es que un niño tan mentiroso como yo no se contenía en su verborrea (algo poco común entre los niños canarios de la época) ni siquiera ante el confesor, y no por tendencia alguna a la irreverencia sacramental, que era descartable en la piedad infantil de aquellos años -al menos en la mía-, sino por una inconsciente inclinación a añadir al relato de la propia confesión buenas dosis de imaginación, hecho de cuya responsabilidad no eximo a mis confesores debido a su atención rijosa en el recreo minucioso de cuanto veíamos o imaginábamos en la calle de las putas. No en vano, había reconocido muy pronto la curiosidad morbosa de los clérigos en el rancio aliento de los confesionarios. Cuando por todo pecado llevabas allí, en tu inocencia, las ligeras faltas de unas mentirijillas o un juramentito en falso, eran ellos los que te preguntaban extrañados: «¿Nada más, hijo mío?». Lo que realmente querían saber era si habías levantado las faldas de las niñas o les habías tocado el culo. Así que, si por inicios eróticos de tal levedad mostraban su interés, debí suponer yo que un viaje en toda regla, por decirlo de alguna manera, al espacio prohibido del puterío debía suscitar en los curas una conmoción verdadera que les llevara al aspaviento, y en consecuencia, posiblemente busqué en el confesionario el reconocimiento del hombrecito que quería ser, o sea, un pecador en toda regla.

La decepción vendría al no alcanzar más penitencia por una culpa, llena de los olores y las músicas pendencieras que parecían habitarme, que por aquellas leves faltas de pensamiento impuro. No sabría decir ahora si porque el clérigo me había descubierto como un mentiroso o porque el relato pormenorizado no sólo de lo que yo veía, sino también de lo que creía ver había producido en él que me inquiriese una y otra vez para saber algún pecaminoso e inconfesable gozo, pero el caso es que aquellas calles, aquellos bares, los inquietantes personajes que pululaban por la empedrada arteria deforme, el denso olor de los mejunjes, los rostros envueltos en aceites que dejaban ver los desconches de la piel, las viejas tratando de disimular o acaso remedar la juventud perdida y el modo de hablar que me era ajeno y sorprendente al tiempo, en el que las palabras más brutales servían lo mismo para el insulto que para la seducción, según el tono, pertenecieron para siempre al paisaje primero de mi vida. A mi primera mirada, alguna vez obsesiva, que el tiempo me hizo entender en su complejidad, en su ambigüedad, en la compasión humana, como un escenario a su vez lleno de miradas, con todo el repertorio de las atracciones, de los juegos, de los rechazos, de las excitaciones mercenarias.

Sea como fuere, si bien llegué a ser novelista de ese mundo en Ciertas personas, mi tercera novela, y rendí homenaje a aquella gente, con una confesión para algunos antológica incluida, nunca tuve la ocasión, sin embargo, de ser su cronista. Quizá porque al fin y al cabo el novelista puede ser un impostor, o tal vez debe serlo, y el periodista no, o porque el periodista ha de contar y certificar que es verdadero cuanto cuenta y el novelista debe dudar de si realmente ha visto lo que cuenta. O quizá porque un periodista lo es de verdad cuando cuenta lo ocurrido y allí no había manera de contarlo, sino que era preciso mantener en secreto las escapadas. Claro que también es posible que la vida tal cual, incluso la vida cotidiana, con sus miserias, como la de aquel lugar, no necesite del periodismo ni el periodismo de ella si no sucede algo que altere lo convencional. Y eso ocurría por las noches, cuando los niños dormíamos. A la mañana siguiente, oíamos hablar de riñas a navajazos. Incluso alguna vez oí en mi propia calle carreras de policías detrás de los delincuentes, de los chulos, de los borrachos, de las propias putas, que huían llorando mientras traspasaban sin recato el espacio de la impudicia y alteraban el sueño de la sociedad bien pensante. Hasta que un buen día el suceso se instaló entre nosotros. Conocíamos a una niña algo mayor que yo que se llamaba Esmeralda -un nombre así no lo olvida uno nunca-. Una niña que, según creo recordar, estudiaba fuera, interna. Su madre tenía un bar y lo que a nosotros nos parecía un marido. Pues bien, aquel día, de repente, la calle se llenó de gritos y pronto llegaron una ambulancia y la policía, al tiempo que los vecinos respondían con curiosidad desde balcones y ventanas y los transeúntes se detenían en las aceras. Lo que había ocurrido era que Esmeralda había matado a aquel señor, amante de su madre. Entonces, en los comentarios comenzó a mezclarse el horror al delito con la comprensión hacia aquella chica que había matado con todas las de la ley a un hombre que al fin y al cabo era el amante, no su padre.

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