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1982. EL FINAL DE LA TRANSICIÓN
Eduardo Sotillos
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Y ya que hablamos de curiosidades, hoy es también muy llamativo, mis queridos amigos, lo que sucedía en aquellas etapas que nosotros vivimos juntos en las redacciones de los periódicos, cuando corría la noticia de que habían nombrado capitán general de no sé dónde a fulano de tal y había que buscar su biografía, ver cómo respiraba, ver qué declaraciones había hecho, qué había dicho en el acto de toma de posesión el director de la Academia Militar de Zaragoza, por ejemplo. En fin, que andábamos como locos y todo el día pendientes para ver cómo respiraban. Afortunadamente, en estos momentos ni sé cómo se llaman ni sus relaciones. Gracias a Dios, no nos importa demasiado quiénes sean, si hay capitán general o jefe de la región de no sé dónde, o quién es el director de la Academia Militar de Zaragoza. Y éste es, sin duda, otro de esos importantes cambios y transformaciones de fondo, de democratización de la sociedad, que se gestaron en 1982.
Con todo esto que les cuento, lo único que intento es dibujar gruesos trazos de cosas que para un observador en la distancia son evidentes, palmarias, y que únicamente acreditan mi sorpresa de que no se haya escrito ningún libro sobre el año 1982. Así, el mío, sea bueno, malo o regular, al menos es el primero. No obstante, aspiro a que haya más publicaciones acerca de este asunto, por lo que desafío a quienes quieran a que a partir de ahora vayan incorporando su propia experiencia y su propia visión de esta época. Yo, desde luego, para escribir este libro sobre la Transición no he tenido que acudir a ninguna biblioteca en especial, ha bastado con la mía, porque me encontré, sin más, ciento cincuenta volúmenes que mencionaban la bibliografía para analizar todos los procesos de la Transición. Por eso digo que no entiendo cómo no le ha interesado a nadie el año 1982. O más bien cómo ha decidido voluntariamente no recordarlo, porque, efectivamente, yo creo que más bien se trata de voluntarismo, de no querer recordar, quizá porque éste es un país estupendo para hacer las necrológicas. Me explico. Aquí da gusto morirse -yo, de hecho, quiero que antes de morirme me lean mis necrológicas, porque será espléndido-. ¡Qué a gusto, qué bien se hace, qué bien se escribe y qué bueno es uno cuando se muere! Pues bien, algo parecido pero a la contra ocurre con el año 1982, que más bien parece una fecha de nacimiento. Y eso, claro, nos "pone" menos. Es decir, nos gusta muchísimo más escribir sobre la decrepitud, sobre lo que se rompe. Nos gusta muchísimo más el Napoleón de Santa Elena que el Napoleón de Austerlitz. Es como si nos aportara más.
Entonces, ese año fue un año de ilusión para este país. Los mítines eran entusiastas porque los partidos aspiraban a ganar. Ya había uno que había dado por sentado que iba a perder, el partido gobernante, pero don Manuel estaba muy crecido y en las elecciones andaluzas dio el do de pecho porque pensaba que tenía oportunidades. O sea, que aquello fue una especie de prueba del nueve. Posteriormente, las cosas quedarían como lo hicieron el 28 de octubre; sin embargo, lo cierto es que hubo una gran recuperación de una Derecha sólida, consolidada, que además contó con el respaldo decidido de la Patronal, como decíamos algunos, o de la CEOE como se debe decir de manera políticamente correcta. Ésta puso mil millones de pesetas para apoyar la campaña de Andalucía, muy llamativa y muy bonita porque de una manzana salía un gusano del que, a su vez, salían las caras de Alfonso Guerra por un lado y de Felipe González por el otro. Claro que, a pesar de que lo dieron todo en aquella campaña, luego no hubo resultados, si bien y por fortuna el resto de la campaña del año 1982 fue mucho más civilizada.
Además, en ese año, aparte de que -y lo digo como pura anécdota, claro- ganó la Liga la Real Sociedad y se celebró aquí el Mundial de Fútbol (aunque la selección española fracasó), fue cuando José María Aznar se asentó en la política, cosa que tampoco se suele recordar. Por eso digo que el pequeño trabajo que hacemos los periodistas investigando este tipo de hechos algunas veces tiene su aquél. No en vano, puede tener hasta cierto interés ver cómo fue la campaña de José María Aznar en Ávila para sacar su acta de diputado, porque lo cierto es que no le quería nadie. Había estado en Logroño cuando le iban a colocar en todas las listas -hay que ver también la visión que tienen algunos políticos-, y como allí no le querían presentar como candidato, le iban ofreciendo de un sitio a otro hasta que acabó de eso que se llama cunero en Ávila. Y, oiga, a mí no me duelen prendas, se lo trabajo y además a conciencia. Es decir, aquel joven José María Aznar en el que no creía nadie y que fue recibido de uñas en Ávila incluso por la gente de su propio partido, que decía de él de todo menos bonito, según me han contado sus compañeros, se pateó todas y cada una de las localidades de Ávila, incluso aquellos sitios en los que sabía que no le iban a dar ni un voto. El resultado fue que consiguió más votos en Ávila que en ninguna parte. Esto es, uno de los pocos sitios, sin contar Galicia, en los que Alianza Popular sacó más votos fue Ávila, gracias a José María Aznar. Y eso que era el feudo del CDS (de hecho, era lo que le quedaba) y que competía con Rodríguez Sahagún. Pues bien, quedó por encima del propio Sahagún y del representante del Partido Socialista, que en aquellos momentos ganaba en todas partes. Por eso conviene recordar cómo fue esa campaña del que ahora es presidente del Gobierno y saber que aquello también pasó en el año 1982.
No obstante, nuevamente me he llevado la sorpresa de que mucha gente que vivió muy activamente ese año tampoco recordaba o ni siquiera sabía ese periplo, lo que en cierta manera no es difícil de entender habida cuenta de que la propia prensa de la época, incluso la de Ávila, le colocaba en una línea chiquitita, aunque él era cabeza de listas, y prefería poner en titulares que había visitado la ciudad Herrero de Miñón o no sé quien y que había acompañado al candidato José María Aznar. Por eso, y para que ustedes vean cómo somos los periodistas algunas veces, me gustaría terminar la conferencia contándoles un chascarrillo personal. Por aquellos tiempos, un conocido vendedor de imagen cuyo nombre no voy a dar porque ustedes ya saben que, sea quien sea, un vendedor de imagen es una persona maravillosa que ayuda a ganar las elecciones al que las gana y a perderlas al que las pierde, aunque él siempre gana algo, seguro, y de paso organiza almuerzos y cenas para que algunos periodistas conozcamos de cerca y tratemos a algunos políticos emergentes, nos llamó antes de las elecciones a ciertos periodistas que tienen ahora muchísima importancia -incluso estaba yo- y nos presentó a dos jóvenes matrimonios de dirigentes de Alianza Popular para que los conociéramos. Así, comimos con ellos y, al terminar y marcharnos, todos coincidimos en que el hombre más brillante y con bastante futuro político era Ruiz-Gallardón, y en que igual sucedía con Ana, la esposa del otro. «De este otro, de ¿cómo se llama?», comentábamos -se lo juro, esto es textual-. Pues ese "otro", como es de suponer, no era sino José María Aznar. Por lo tanto, ya ven que en el libro me río hasta de mí mismo pensando qué visión tuvimos entonces. Claro que, a decir verdad, según cómo van las cosas parece que no nos equivocamos mucho.
Sé que se quedan en el tintero asuntos emocionantes de los que aún no les he hablado para nada. Por ejemplo, la etapa del País Vasco, que ustedes conocen mejor que yo y que cuento con bastante emoción y detenimiento. Precisamente cuando estaba escribiendo y por tanto recordando uno de los momentos más dramáticos que yo he podido vivir aquí, que fue aquella vez en que un niño le dio una patada a una bolsa y quedó destrozado, y cuando reflejaba la indignación que me había causado que no hubiera una reacción terrible al menos de la propia familia, sino que más bien había miedo a expresar la irritación y el dolor, e incluso se buscaban argumentos exculpatorios, un hijo mío de diecisiete años me llamó y me dijo: «Papá, ven a ver la televisión». Les juro que se me puso la carne de gallina al saber que acababa de morir una niña en Santa Pola, en un atentado terrorista. Pero la verdad es que no quiero hablar más del asunto. Me basta con decirles que eso está recogido en el libro. Además, como decía, ustedes saben de eso seguramente tanto o más que yo, por lo que he preferido tocar otros aspectos que quizá no tengan tan grabados en su memoria, afortunadamente. Por tanto, acabo antes de que ocurra aquello que solía decir Gabriel García Márquez en reuniones como ésta, cuando se alargaba: «el que se vaya, por favor, que procure marcharse sin hacer ruido para no despertar a los que se quedan».
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