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'LOS PRÍNCIPES NUBIOS
Literatura de frontera
D. Juan Bonilla
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Con todo ello, hemos establecido una
necesaria frontera entre literatura y periodismo. Y si Pessoa
decía que ser poeta era su manera de estar solo, yo siempre
he pensado que ser periodista es mi manera de estar acompañado.
Es decir, de la misma manera en que la literatura me lleva a
encerrarme, a pasar muchas horas a solas, dando vueltas a diversos
argumentos, historias y textos, el periodismo me echa a la calle,
y evidentemente eso sirve bastante a la hora de tener curiosidad
por lo que le pasa a la gente, pero no a la hora de escribir
dichos textos. De hecho, creo que no hay nada peor que ese tipo
de novelas periodísticas cuya única ambición
es la de reflejar un tema concreto, porque suelen estar escritas
como si fueran un documental. Por eso aclaro que Los príncipes
nubios no es un documental sobre la inmigración; es
más, no se plantea ni de lejos hacer una denuncia social
del asunto. Es una novela humorística, una especie de
esperpento cuya influencia esencial es Valle Inclán; en
definitiva, un texto con tono caricaturesco que trata de hacer
reír.
¿Está bien tratar de hacer reír contando
tragedias? Es posible que sí y es posible que no; eso
dependerá de cada cual. Yo estoy de acuerdo con George
Santallana, quien afirmaba que todo en la naturaleza tiene una
sustancia lírica, un destino trágico y una existencia
cómica. Desde luego, esta afirmación es el germen
de mi novela, ya que la sustancia de lo que ocurre en Los
príncipes nubios es una sustancia lírica, el
destino de sus protagonistas es un destino trágico y la
narración de sus existencias, empezando por la del protagonista,
por la de la voz del narrador, es esencialmente cómica.
No en vano, muchos lectores me han confesado con cierta incredulidad
que, mientras leían algunas de las andanzas y peripecias
de Los príncipes nubios, se sorprendían
a sí mismos riéndose de lo que se estaba contando
y a la vez se extrañaban porque no se les borraba de la
cabeza la idea de que aquello que se narraba no podía
causar la risa. Pues bien, eso es exactamente lo que yo pretendía.
¿Por qué? Porque, como Valle Inclán,
yo creo que la literatura puede utilizar la realidad para llevarla
hasta el extremo, al esperpento, a la caricatura. Al igual que
éste utilizaba el mundo de la bohemia y la actualidad
de su tiempo para realizar un esperpento, y de la misma manera
que quien lea hoy Luces de bohemia ya no está leyendo
una obra de actualidad porque ya no hay bohemios con esa misma
ambición, Los príncipes nubios trata un
tema que hoy está de actualidad pero que ojalá
dentro de algún tiempo no lo esté, y que ese no
estar de actualidad no impida que pueda seguir siendo leído.
Lo cierto es que la frontera entre literatura y periodismo causa
estragos. Y si efectivamente ha habido muchísimos debates
entre periodistas y literatos para definir cuál es esa
frontera, para mí está muy clara: todo lo que merezca
ser llamado de verdad periodismo es también literatura.
Es decir, para mí, el periodismo es hijo de la literatura;
de hecho, en mi opinión, periodismo que no merezca ser
llamado literatura es sólo el de las notas de agencia,
los partes meteorológicos o el horóscopo. Por lo
demás, el periodismo es, como digo, un género literario
con unas reglas muy definidas, muy estrictas y muy duras. Esto
significa que debe contar bien, de manera clara, sintética,
en un espacio determinado y con una mínima sinceridad
lo que ocurra. Y, claro está, hoy día es harto
difícil cumplir con todo ello, puesto que lo que manda
en el periodismo son los intereses, todos lo sabemos, y esos
intereses son muy difícilmente compaginables con la búsqueda
de eso que merece el nombre de la verdad. No obstante, a pesar
de esto, a mí me sigue pareciendo que el periodismo que
quiera rendir homenaje a lo que ha sido siempre no debe perder
de vista que debe estar al menos bien escrito. Desde este punto
de vista, se dan varios ejemplos de periodismo, tal y como yo
lo concibo, en los periódicos o en las revistas más
diversos, sin importar muy bien cuál sea su inclinación,
tan sólo por el mero hecho de estar bien redactados, pues
esto es lo esencial, repito, para que uno pueda encontrarse ante
una pieza que merezca pertenecer a dicho género.
¿Y qué entiendo yo por «bien redactados»?
Para mí, bien redactada está una cosa que no se
puede contar de otra manera. Por supuesto que una misma noticia
se puede contar de diversas formas, y esa variedad puede ser
rica para el panorama, pero cuando uno lee un texto y piensa:
«Esto yo no lo hubiera podido contar mejor»,
el periodismo se convierte en literatura. Un historiador inglés
del siglo XX hacía una definición que a mí
me gusta mucho de cuál es la diferencia entre literatura
y periodismo. Él decía que literatura es aquello
que puede releerse y periodismo, aquello que basta con leer una
vez bien. Hay textos periodísticos, reportajes, columnas,
que en el momento en que los releo o en que sé que al
menos podría releerlos me estoy dando cuenta de que son
esencialmente literatura. La verdad es que yo llevo muy bien
esto de ser periodista y dedicarme, además, a la ficción,
quizá porque he aprendido a complementar ambos tonos (el
tono que yo utilizo cuando hago periodismo no es el mismo que
el que cuando escribo ficción; es más, ni siquiera
me dejo influir o contagiar por el primero). Como ya he dicho
antes, Los príncipes nubios no es una novela periodística,
aunque trate de un asunto que ha deparado muchas páginas
en los periódicos. No obstante, a este respecto quería
leerles un fragmento de mi libro precisamente inspirado en un
hecho que leí en los diarios y que quizá también
ustedes lo leyeran en su momento. Lo cierto es que constituye
uno de los varios que he utilizado para escribir esta novela,
esto es, para convertir la realidad que he visto reflejada en
los medios de comunicación en literatura (por tanto, en
este sentido, la frontera entre una y otra cosa es muy borrosa),
y dice así:
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