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Transcripción de la conferencia de la periodista Dña.
Begoña Aranguren el 11 de marzo de 2002 - 2
Esas mujeres representan, porque lo han sido, a las madres de
antes, y, a pesar de que pueda parecer que quiero defender la
idea de que el mundo permanezca igual, de que las señoras
estemos en casa, cocinando, cosa que en absoluto quiero hacer,
lo cierto es que tienen mi más sincera admiración.
Los pobres niños de hoy nunca van a estar con su madre,
y es lógico: la mujer de hoy trabaja fuera de casa unas
14 horas diarias para alcanzar el puesto que se merece y, como
encima tiene mala conciencia por culpa de este asunto, sobreprotege
a sus hijos regalándoles cinco televisiones, siete Play
Station y demás, lo que no hace más que fomentar
gente de carácter débil y poco riguroso a la que
se le exige muy poco y se le está mintiendo todo el tiempo
porque se le está creando la imagen de una vida total
y absolutamente falsa. Así, lo único que logramos
es hacer desgraciados para siempre jamás, y me parece
un tema muy serio. Lo digo porque veo mujeres de 30 años
que tienen todo planificado: ahora, trabajo aquí; luego,
me voy a no sé dónde; después, hago un máster;
luego, tengo un novio, un amante y, por último, un niño.
Y la vida no es así. Por eso defiendo a esas madres de
antes y me muestro absolutamente encantada con su labor. Yo he
tenido una madre de las de antes, de las que estaba en casa cuando
llegábamos, y a ella y a las demás va dedicada
esta conferencia y este libro.
Pero entremos en materia empezando
por uno de esos diez personajes que retrato en él: Lucía
Bosé. Ella me decía, muy graciosa: «¿Pero
cómo se te ocurre a ti meterme en este grupo de mujeres
tan santas todas, tan buenas, que aguantan a sus maridos?»,
y la verdad es que razón no le faltaba. Efectivamente,
ella rompe los moldes de lo que el resto representa; en principio,
porque las ha habido que han sido sumamente felices en su matrimonio.
No obstante, me alegró mucho -y así se lo hice
saber personalmente- haber dado con ella, porque Lucía,
estando casada con un hombre como Dominguín, el torero
de moda, el que tenía contacto directo con El Pardo y
el que se iba a cazar con los ministros tecnócratas, el
día en que dijo «ya no te aguanto más»,
tuvo muchísimo valor. Me contaba que encontraba a sus
amantes por los armarios, en los abrigos, por los pasillos, porque
su marido ni siquiera se molestaba en buscarse otros sitios (a
propósito de lo cual, me confesó, con una frase
un poco ordinaria pero muy expresiva, que se tiraba a todo lo
que se movía); por tanto, no es de extrañar que
llegara un momento en el que dijese: «Hasta aquí
hemos llegado». Sin embargo, se quedó absolutamente
sola, porque la gente pensaba: «Ésta está
del "tanque". ¿Cómo va a dejar a un hombre
con tanto poder?». Además, tengamos en cuenta que,
en la España de aquella época, se daba por hecho
que una tenía que aguantar con los cuernos que le quisiera
poner su compañero y que no pasaba nada, que había
que ser señora de a cualquier precio; por eso digo
que fue todo un acto de valentía quedarse sola, con unos
pocos amigos, mientras él la amenazaba con llamar al Pardo
para que la echaran del país y le quitaran los niños.
Claro que ella, como me comentaba divertida, tampoco se quedaba
corta: «Yo no sé cómo se lo dije -me decía-,
pero me creyó cuando le advertí de que hiciera
lo que quisiera pero que yo, desde luego, le pegaba un tiro en
la pierna para empezar y después en otro lado».
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