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AULA DE CULTURA VIRTUAL

La Fundación Grupo Correo está desarrollando este año un interesante programa de conferencias cuyas transcripciones ofrecemos en El Correo Digital.

ANGOLA Y SUDÁN: DOS MISIONEROS EN EL CORAZÓN DE LOS CONFLICTOS

Conferencia de Luis Mª Pérez de Onraita, Agustín Arteche y Fernando Martínez de Bujanda, presentados por Carmen Arruti

BILBAO, 18 de febrero de 2002

Carmen Arruti: Un año más, tenemos oportunidad de encontrarnos para darles a conocer el lanzamiento de la campaña número 43 de Manos Unidas. Como muchos de ustedes sabrán, el pasado año iniciamos un trienio a favor de la paz con el lema Si quieres la paz, defiende la justicia, y este año lo hacemos con el lema Si quieres la paz, rechaza la violencia. Además, junto con dicho lema, aparece una paloma, símbolo de la paz, sobre el cañón de un tanque, lo que significa que la propia paz es la mejor arma para vencer al fuerte. Efectivamente, la necesidad de trabajar por la paz resulta más que clara en este mundo en el que la violencia tiene tantos rostros y provoca tantas víctimas. Actualmente, hay una treintena de guerras abiertas en diversos frentes y en los países más pobres debidas, en gran parte, a conflictos internos, y el 90% de las víctimas, entre muertos y desplazados, son civiles. No obstante, hay otras formas de violencia, directamente relacionadas, eso sí, con el conflicto bélico, que causan más muertes: la pobreza, el hambre, la enfermedad y un largo etcétera. Sé que todo esto suena a teorías, mas no es así, y, para demostrar hasta qué punto sucede en la realidad cotidiana, contamos con la presencia de don Luis María Pérez de Onraita, obispo de Malanje, Angola, quien lleva más de 30 años trabajando allí y viviendo de cerca la violencia; Agustín Arteche, sacerdote en Burkina Faso durante 20 años y, desde 1992, párroco de Saint Stephen, un barrio pobre de desplazados en las afueras de la ciudad de Jartum, en Sudán (una de sus tareas actuales es la construcción de una escuela primaria para desplazados en colaboración de Manos Unidas), y Fernando Martínez de Bujanda, ingeniero agrónomo y técnico de cooperación de la Diputación de Alava, quien, aunque en principio no figuraba como conferenciante, ha tenido la gentileza de acompañarnos y explicarnos sus impresiones y vivencias tras el tiempo que estuvo en Angola. Por tanto, les doy las gracias a los tres por estar con nosotros durante todo este tiempo y, en general, a todas esas personas que, como ellos, han puesto alma, vida y corazón en la materialización de la utopía de la paz. Espero que haya más personas dispuestas a unirse a esta utopía cuando hayan oído lo que nos tienen que decir.

Fernando Martínez de Bujanda: Cuando me invitaron para intervenir tanto en este acto como en el celebrado ya en Vitoria, acepté muy a gusto el ofrecimiento de Manos Unidas, y muy rápidamente, porque merecía la pena trasladar todas las sensaciones que he vivido en mi viaje a Malanje, donde he tenido la suerte de haber pasado el mes de septiembre con don Luis María. El caso es que mi experiencia como cooperante comienza en el año 1994, cuando un sacerdote alavés que estaba en Perú me llamó para un proyecto agrícola. Yo fui sin saber nada de cooperación, y la verdad es que su labor me impactó desde el principio; por eso, desde entonces, comenzó a surgir esa vocación en mí. Ahora, nada que ver con África. Me habían comentado que el continente africano era diferente, que me tenía que preparar, y la verdad es que tuve la suerte de ir preparado y acompañado por un misionero alavés que estuvo 20 años allí y, por circunstancias de salud, tuvo que volver.

A mi llegada a Malanje, me encontré una ciudad totalmente derrumbada; una ciudad en la que el fantasma de la guerra se sigue paseando todavía por sus calles. Una ciudad totalmente aniquilada por las bombas, dos de las cuales cayeron en el obispado y, gracias a la pericia de don Luis María, no causaron bajas humanas. Rodeando la ciudad, hay todo un anillo de marginación, hacinamiento y chabolismo; es decir, todo lo que conlleva la llegada de más de 150.000 desplazados por la guerra a Malanje. Me encontré, también, con una ciudad llena de niños de la guerra, soldados raptados, hechiceras, inválidos, muchas madres de familia solas y jóvenes en el ejército; viviendo, todos ellos, en unas minichozas de hierba, en una situación infrahumana. Y debo reconocer que pasé miedo desde el primer día, cuando llegué a Luanda y, en el lugar donde están las Misiones Diocesanas, Andoni, un sacerdote, me dijo: «Ten cuidado. Oirás tiros». Yo pensé que era mentira, pero la verdad es que se oyen, porque la vida humana vale poco y todo el mundo lleva pistolas, escopetas y demás.

Cuando por fin tuvimos la suerte de coger el avión y llegar a Malanje, ya desde el avión pude apreciar la infraestructura de su aeropuerto. Para que se hagan una idea de cómo era la cosa, les diré que todo el equipo con el que contaban los bomberos consistía en dos soldados que, con sus agotados extintores, iban de un sitio a otro por la pista y un camión cisterna averiado desde no se sabe cuándo. Pero lo que, una vez más, me causó gran impresión fue ver a niños hambrientos, destrozados por la guerra, por la injusticia, por la pobreza, por la desigualdad; realmente impactante. Como también lo fue visitar el hospital de Malanje y percatarme con asombro de la miseria de sus instalaciones, o de la carestía que hay ante el comienzo de cualquier proyecto. Todas estas situaciones te hacen ver la crueldad y el absurdo de la guerra.

No obstante, también vi la obra de don Luis María en su diócesis, y les puedo asegurar que, en este momento, tenemos roturación de 1500 hectáreas de terreno, 35.000 personas beneficiarias finales, comida diaria para más de 8.000 personas y comida semanal para otras 8.000, 24 centros PIC (centros preescolares), más de 14.000 niños escolarizados, cerca de 2.000 adultos en alfabetización, 57 cursos de formación de mujeres, 13 cocinas populares, atención a personas minusválidas, cuatro orfanatos con más de 400 jóvenes, vestuario para más de 6.000 personas y, finalmente, Radio Iglesia Malanje, que todavía no está en funcionamiento porque la UNITA (Unión Nacional para la Independencia Total de Angola) atacó en diciembre y todo el equipo de insonorización quedó destruido. Así que, como pueden imaginar, la sensación que traigo a mi vuelta es la de esperanza, no la de fatalismo. Y esta sensación de esperanza la tengo, en primer lugar, por el proyecto que nosotros, como Diputación de Alava, tenemos concertado con la diócesis de Malanje; un proyecto que potencia la producción agrícola para cubrir las necesidades básicas de alimentación de más de 3.960 familias. En segundo lugar, por la recuperación de 18 escuelas. En tercer lugar, por la cultura de paz que se está creando desde la Conferencia Episcopal de Angola y que ha sido reconocida con el Premio Sajarov. Y, en cuarto y último lugar, por los muchos ejemplos recibidos en mi estancia de "los niños generosos", como yo los llamo. De esos niños hambrientos que viven en lo que don Luis María denomina "La cultura del plato"; niños que, cuando llegan a los PIC y se les sirve comida, comen un poquito y el resto se lo llevan a casa para que coman sus hermanos, que no han podido ir a la escuela, o sus madres. Y de esto tengo testimonios concretos, no crean. Nosotros conocimos a una niña de siete años que alimentó y cuidó de dos niñas hermanas suyas, de cinco y tres años, durante un año entero, desde la selva hasta Malanje. Es más, cuando no comían, se iba hacia las monjas y les decía: «Es que estas niñas no me quieren comer». Ella y otros muchos son niños que saben compartir; cuando les das un simple caramelo, se lo guardan, lo llevan a casa, reúnen a todos sus hermanos, le quitan el papel, lo chupan y se lo van pasando de uno en uno para que todos disfruten de él. Ellos saben que lo bueno, compartido, doblemente bueno; que el hambre, compartida, es la mitad de hambre. Ahí reside su sabiduría y su grandeza, y para ellos y aquellos momentos que pasé junto a ellos es mi memoria. Recuerdo sus cantos, que eran verdaderamente eufóricos, sus ojos grandes y sus dientes blancos; todo eso es la expresión de un alma grande y hermosa. Por eso quiero acabar esta pequeña intervención mostrando públicamente mi admiración y mi respeto hacia éstos y hacia la gente que allí encontré: a monjas como Ramona, Nati, a sacerdotes como Honorio, Carlos, el hermano de don Luis María, Andoni, Josetxu, Jesús o, cómo no, al propio don Luis María.

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