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Espero hacer alguna pequeña reflexión sobre un problema universal de todos los tiempos, pero que se hace especialmente decisivo en nuestros días, que es la educación; y la educación dentro de una sociedad que se suele considerar que es una sociedad de información. En una conferencia famosa, D. José Ortega y Gasset comenzó su disertación diciendo “no sabemos lo que nos pasa y eso es lo que no pasa”. Desde luego, en el ámbito educativo ese hecho sigue siendo bastante cierto en nuestra particular circunstancia española.
Después de varias décadas de reformas educativas sucesivas, en una cansino ir y venir de leyes, de reglamentaciones, de debates, a veces encrespados, y hay que decir que también aportaciones presupuestarias bastante importantes, a pesar de que no tengan la misma dimensión que en algunos otros países europeos. Pero, en todo caso, muy considerables desemboca todo ello en que, bueno, por un lado, las expectativas de las reformas se esfuman, sigue incrementándose los niveles de fracaso escolar y, realmente, uno se pregunta: ¿cómo es posible esto?
Es curioso que algunos de los que gritan mucho, a veces, pidiendo más dinero –y está bien tener más dinero, hacen falta recursos indudablemente-, pero ocurre que si en las últimas décadas hemos aumentado bastante, bastante los presupuestos de educación, los alumnos han disminuido y de no ser por la población emigrante, las cohortes de edad habrían disminuido bastante y, por tanto, había menos alumnos y si el fracaso escolar sigue incrementándose, con todo esto parece claro que no tiene mucho sentido considerar que solamente con más dinero se va conseguir arreglar nuestra educación.
Realmente, parece obvio que debemos ocuparnos también de otras variables, desde los planes de estudio, la organización escolar, y yo diría que de una manera fundamental, la exigencia académica que algunas doctrinas pedagógicas, entiendo que bastante equivocadas, han sostenido con esa idea de que el aprendizaje es un juego y que, por consiguiente, da igual lo que se aprenda con tal de que uno pase, de que los alumnos aprueban y si hay asignaturas pendientes, pues se quedan pendientes. Esta permisiva doctrina, curiosamente no es nueva; es decir, tuvo una formulación bastante temprana en Estados Unidos y en Estados Unidos se dieron cuenta de que se habían equivocado, y ya a finales de los años 70, los años 79-80, empezaron a considerar que tenían que cambiar de rumbo.
Hubo un sociólogo americano de la educación, Christopher Lang, que publicó un libro, ya en esa fecha de 1979, que se llamaba La educación y el nuevo analfabetismo. En el libro decía cosas como la siguiente: la sociedad que alcanzó índices sin precedentes de alfabetización formal en nuestro país, ha generado nuevas formas de analfabetismo real. La gente cada vez es más incapaz de emplear el lenguaje con precisión, incapaz de recordar hechos fundamentales de la historia de su país, de efectuar deducciones lógicas, capaz de entender un texto escrito que no sea sumamente rudimentario e, incluso, no son capaces de explicar ni de entender los propios derechos constitucionales. Este texto de este sociólogo americano fue seguido por otros en su país y realmente decidieron cambiar de opinión y la permisividad en la enseñanza disminuyó un poco y se empezó a pensar que había que prestar más atención a la formación de minorías; y que es un error considerar elitista exigir la excelencia intelectual y la excelencia educativa.
Aquí copiamos tarde y mal; y lo preocupante es que después de haber copiado mal y de tener malos resultados, pues seguimos insistiendo en volver a hacer otra ley, sin saber muy bien a dónde se va y sin tener en cuenta que las leyes son importantes. Los países necesitan tener leyes reguladoras, pero es un error muy grande pensar que un problema educativo como el que tenemos se resuelve con una ley, no se puede resolver con una ley, es un problema mucho más profundo, ocurre que no sabemos cuáles son los objetivos fundamentales que queremos perseguir con nuestra educación y ello se debe a que no hemos clarificado los fines. Porque los fines de una realidad como la de la educación tienen que estar bastante perfilados para adoptar medidas, que no pueden ser medidas inmediatas; y la educación no es como un problema; incluso, pues, el comercio exterior cambia o se arregla, a lo mejor en poco tiempo. En la educación hace una reforma equivocada y eso produce consecuencias 10-15 hasta 20 años después. De modo que cuando se quiere rectificar resulta que hay detrás una enorme cantidad de tiempo perdido, y por eso se necesitan criterios para poder elegir entre los diversos y posibles fines de la educación que sigue siendo fundamental discutirlos.
Un filósofo tan serio como Emmanuel Kant decía que la educación es el problema más grande y más difícil que puede presentarse al hombre humano; debiendo servir a la naturaleza, decía él, humana, para que pueda alcanzar su destino y toda su perfección posible. Bien, es que ahí precisamente empieza el problema. ¿Cuál es el destino?, ¿en qué consiste la perfección?, ¿cómo se concilia y se articula el destino personal de cada uno con el destino y la vida de los demás? Se da preferencia a la autonomía de cada individuo o se prefiere favorecer fundamentalmente la cohesión social, aunque se desatienda los atributos individuales. ¿Desarrollamos personalidades críticas e innovadoras, abiertas a la discusión y al cambio, o, por el contrario, estamos inclinados hacia la integración funcional de los valores y tradicionales del grupo? ¿estableceremos, en definitiva, una educación igual para todos, de forma obligatoria, o permitiremos diferentes tipos de educación que pueden ser elegidos por los estudiantes y por sus padres?
Es decir, estos son los fines que hay que decidir. ¿Cuáles de ellos elegimos? Porque no se puede hacer todo a la vez y, por tanto, la crisis occidental de la educación y, aquí no solamente es la española, porque me refiero, en general, en Europa; la crisis en algunos países peor que nosotros, es decir, Italia; Francia tampoco es ninguna maravilla en estos momentos. Decía que la crisis occidental de la educación se manifiesta de muchas cosas, se manifiesta en el malestar de los profesores, para empezar, en la frustración creciente de los diplomados que no saben luego muy bien y no encuentran acomodo para sus diplomas y en la propia insatisfacción de los empleadores, de los que tienen que producir puestos de trabajo para los nuevos estudiantes y los nuevos graduados.
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