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PCreo que ha llegado el momento de pedirles disculpas. Al principio de la charla les aseguraba que en pocos minutos repetirían la frase de Huxley cuando leyó El origen de las especies, aquello de: ¡Qué increíblemente estúpido no haber pensado en ello! Pero reconozco que las cosas ya no parecen tan sencillas. Al menos un profano como yo tiene la sensación de que tras cada puerta que se abre, hay otras dos cerradas esperando.
Las caras del tigre es una novela ambiciosa. A lo largo de sus páginas el lector acompaña a la protagonista en una investigación que recorre todas las teorías que les he ido presentando en aras de resolver el misterio de unos restos sin filiación aparente aparecidos tras un dramático accidente de tráfico. Unos restos que parecen esconder el secreto del origen del hombre. Dos citas relacionadas aparecen como proemio de Las caras el tigre.
La primera es del poeta Paul Éluard: ‘hay otros mundos, pero están en este’. Yo creo que Darwin abrió el camino para que pusiéramos esos mundos en sintonía partiendo de nuestro origen y nuestro sitio en la naturaleza. Quizás sea ese, precisamente, su legado más importante, auspiciado siempre por una máxima que guió su propia vida: la duda. La certeza no negocia; el que se cree dueño de la razón no admite concesiones. Por desgracia, las grandes verdades suelen acabar siendo pregones de muerte. La única certeza que podemos aceptar es que debemos seguir haciéndonos preguntas, replanteándonos constantemente nuestro papel, y no solo en función de lo que somos y de dónde venimos, sino en relación a lo que queremos ser.
La otra cita son unos versos de un poema de Manuel Francisco Reina incluido en su libro El amargo ejercicio. Dice así:
Y que la nieve arda entre mi aliento
Y que el sol se extinga sobre mi olfato
Y que tu carne genere el mundo y de nuevo
El paraíso brote sin manzanas,
Mientras yo destruyo la mentira entre mis dientes.
Continúa el poema con una ardorosa declaración de amor, pero yo me quedé prendido de ese verso, el penúltimo de la primera estrofa:
… y de nuevo el paraíso brote sin manzanas…
Qué idea más hermosa, me dije, un paraíso sin manzanas. Aunque en el Génesis no se la cita textualmente, la manzana ha llegado a ser símbolo de la perfidia de la mujer y de la traición del hombre a Dios, así que la idea de un paraíso sin manzanas me sugería el utópico anhelo de narrar una historia del hombre prescindiendo de la culpa y, sobre todo, del pecado. Creo que no hay mayor esperanza que esa para la humanidad, ni utopía más deseable en el mundo que vivimos. Si alguna vez llegara a hacerse realidad, deberíamos a Darwin el primer paso.
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