|
Los digo rápido porque no pretendo que memoricen los nombres, pero sí quiero que se queden con algo muy importante: la evolución en el ser humano, como en el resto de los animales, no es lineal, como le enseñaron a la protagonista de la novela en el colegio, sino que tiene forma de árbol, y que hace aproximadamente 100.000 años hubo tres especies inteligentes conviviendo sobre la tierra: Homo erectus, Neandertales y Sapiens. Tres humanidades diferentes de las cuales se han extinguido dos. Sólo quedamos nosotros.
Y no porque seamos mejores. El ser humano dista mucho de ser el ser perfecto que hemos llegado a pensar que somos. En nuestro organismo quedan pruebas del pasado y arrastramos lastres del camino evolutivo que hemos seguido. Les citaré alguno de muestra. Las modificaciones de la cadera que permitieron la bipedestación supusieron el estrechamiento del canal del parto, de modo que los niños nacen girados, la madre no puede verles la cara al salir ni ayudarles. Y además nacen con un retraso no sólo físico, sino también mental superior a los otros simios. Si el simio nace con 1/3 del cerebro del adulto, el humano lo hace con ¼. ¿Cuántas mujeres han muerto de parto porque el diámetro de la cabeza del niño superaba la abertura de su pelvis? ¿Cuántos niños no han llegado a ver la luz?
Por otra parte, el hecho de que seamos el único animal capaz de hablar, nos ha convertido también en el único que puede morir atragantado por la comida. Nada más nacer, y durante el periodo de lactancia, nuestros bebés pueden tragar y respirar al mismo tiempo, igual que el resto de los animales, pero luego les baja la laringe y comparten la misma vía para las dos cosas, con el consiguiente riesgo de que un error les cueste la vida. ¿Quién de ustedes no se ha atragantado alguna vez con la comida? ¿A quién no se le ha ido alguna vez un trago de agua, una hoja de lechuga o un caramelo por donde no debía?
Otro órgano defectuoso, aunque en este caso no nos pertenece sólo a nosotros, es el ojo. El ojo humano está construido con la retina al revés, pero no lo notamos porque el cerebro suple las carencias. Nuestro nervio óptico se forma dentro de la cavidad ocular, como el de todos los vertebrados, de tal forma que obstaculiza el paso de la luz y crea un punto ciego. El origen está en un antepasado muy remoto, porque hasta el águila, tan lejana a nosotros en el árbol evolutivo, comparte ese problema. Sin embargo, los cefalópodos, con un desarrollo evolutivo completamente diferente al nuestro, tienen la retina correctamente orientada y no necesitan que su cerebro corrija ningún error.
Pero a pesar de todo, no dejamos de creer que nosotros sobrevivimos porque estamos ‘mejor preparados’ que los otros humanos, porque de alguna forma, somos ‘más perfectos’ o contamos con ‘mejores cualidades’. Sin embargo, se nos olvida que el Homo erectus anduvo sobre la tierra por un espacio de más de un millón y medio de años, y el Neandertal por cerca de doscientos diez mil. Nuestra especie apenas tiene ciento cincuenta mil años de vida, así que aún está por ver si duraremos más que ellos. Para ser sinceros, somos capaces de destruir nuestro medio ambiente y, por tanto, nuestra esperanza de vida, mucho antes.
Lo único que está claro es que el cerebro, esa máquina que pensábamos que nos salvaba de todas las miserias del mundo animal, ese órgano privilegiado que creíamos que nos colocaba al frente de la naturaleza, no garantiza nuestra supervivencia. De hecho, para el cerebro rigen las mismas reglas que para los demás órganos, está sometido a presiones similares. Poseer un cerebro mayor no tiene por qué indicar que una especie está más evolucionada o mejor adaptada. Tanto es así que hay animales que no es que no lo hayan desarrollado, sino que han renunciado al cerebro, porque en su nicho ecológico no les era de utilidad.
Les pondré un ejemplo: la tortuga de agua. La tortuga de agua es un animal que caza al acecho semienterrada en el lecho de los ríos, de modo que cuanto más tiempo pueda aguantar sin delatar su posición, mayores posibilidades tendrá de conseguir una presa. El cerebro es el órgano que más oxígeno consume, de modo que durante millones de años la selección natural ha beneficiado con los mejores bocados a las tortugas dotadas con el cerebro más pequeño. En la actualidad, la especie tiene un cerebro diminuto para su tamaño, pero es capaz de aguantar casi una semana sin respirar. Y para quien dude que esa sea una opción evolutiva acertada, añadiré que llevan sobre la tierra doscientos millones de años con un cerebro como una almendra. Aún es pronto, muy pronto para saber cual de las dos especies acabará por llevarse, y nunca mejor dicho, el gato al agua.
|