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Los investigadores relacionan la aparición de los homínidos, nuestra familia, con el cambio climático que tuvo lugar hace cuatro millones de años en el noreste de África, cuando la selva cedió el espacio a un paisaje de sabana. Las especies de primates que ocupaban ese nicho ecológico se vieron sometidas a un duro proceso de especiación en el que fueron eliminadas todas aquellas que no pudieron adaptarse a las nuevas condiciones del entorno.
En ese periodo, el comportamiento de nuestros antepasados debía de tener mucho en común con las manadas nómadas de papiones que aún se ven en las llanuras africanas. Probablemente andarían en pequeños grupos compuestos de machos y hembras, moviéndose sin parar de un lado a otro y recorriendo grandes distancias en busca de alimento. En ese ambiente, una mutación o serie de mutaciones que alteraran la estructura de la cadera y facilitaran la postura erguida, debieron suponer una ventaja nada desdeñable para su portador. La postura erguida permite desplazarse a grandes distancias con menor desgaste, además posibilita ver el peligro antes que los demás, sobre todo si se oculta entre las hierbas de la sabana, y libera las manos. Un animal dotado con semejante adaptación estaría mejor alimentado y sería más fuerte que el resto de sus competidores, estaría mejor preparado en la lucha por la reproducción y por tanto transmitiría sus genes con más eficacia.
Es curioso cómo esta especial adaptación, o serie de adaptaciones, resultó exitosa gracias al cambio climático al que nos hemos referido antes. Una mutación similar en un ejemplar integrado en un grupo de primates de los que aún vivían en un entorno selvático, probablemente habría resultado perjudicial. De hecho, si la hubo, que es posible dado el azar en que se producen las mutaciones, su portador no prosperó porque siempre era el último en subir a un árbol en caso de peligro, y el más torpe moviéndose por las ramas. Con unas extremidades inferiores tan poco flexibles tendría dificultades para conseguir alimento, sería de los más débiles del grupo y su capacidad de aparearse y transmitir con éxito sus genes sería nula.
Sin embargo, la misma mutación en la sabana dio pie a nuestro primer antepasado claro, un homínido de un metro y medio de altura y entre 30 y 40 Kg. de peso. De posición totalmente erguida, se diferenciaba de nosotros por tener el foramen mágnum (el hueco en el que la columna se inserta en el cráneo), un poco retrasado. De sus antepasados comunes con los chimpancés conservaba las falanges de las manos curvadas y un cerebro similar. Aún faltaban dos millones de años para empezar el camino hacia la encefalización. El nombre que hemos dado a ese animal es Australopiteco. El fósil más popular de esta especie es el de Lucy, un esqueleto hallado por el matrimonio Leakey en la garganta de Olduvai, en el Gran valle del Rift. El nombre se lo debe a la canción de los Beatles Lucy in the sky with diamonds, una especie de oda al LSD que sonaba en la radio en el momento del hallazgo. Nada más oportuno para un auténtico viaje en el tiempo.
De diferentes ramas del Australopiteco, separados a su vez en el tiempo y en el espacio, evolucionaron por un lado los Parantropos, y por otro los Homo habilis. El Parantropo es un homínido especializado en una fuente de alimentación específica de la sabana: las semillas en granos, pequeñas y duras. Su especialización fue tal, que acabó desarrollando una mandíbula descomunal con unas muelas grandes y planas como ruedas de molino, y unos enormes músculos para hacerlas funcionar. Tan potentes eran sus músculos masticadores que necesitaba una pronunciada cresta sagital en el cráneo para que pudieran anclarse.
El Homo habilis, por su parte, se especializó en otra fuente de energía que, al igual que semillas en grano, proporcionaba la sabana en abundancia: me refiero a los cadáveres. La rápida asimilación de proteínas derivada de la ingesta de carne, facilitó que se redujera el tubo digestivo favoreciendo otros órganos. En este caso, el órgano favorecido no fue el masticador, como en el caso del Parantropo, sino el cerebro. El desarrollo del cerebro facultó al Homo habilis a fabricar colmillos artificiales, es decir, herramientas.
A partir de ahí, el proceso de la encefalización fue imparable. Descendiente del Homo habilis, y de acuerdo a una simplificación de la taxonomía que proponen Juan Luis Arsuaga y su equipo, encontramos en África al Homo ergaster, un homínido de metro ochenta centímetros de altura y 900 c.c. de capacidad craneana, que dio pie al Homo erectus en Asia (con sujetos de hasta 1225 c.c.) y al Homo antecessor en África y Europa. En cada continente la evolución seguiría un camino diferente. Del Homo antecessor europeo procedería el Homo Heidelbergensis, y de éste el Neandertal.
Mientras que del Homo antecessor Africano, el Homo Rhodesiensis, y de éste el Homo Sapiens. Nosotros.
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