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Pero ahí no acaban los saltos. Desde la aparición de la célula eucariota hace 2.500 millones de años hasta hace 560, los animales más complejos eran de simetría radial, es decir, medusas e hidras, animales a los que se les puede dar la vuelta como a un guante y siguen viviendo. Pero 10 millones de años más tarde, la tierra bullía de vida de todo tipo de especies. Se trata de un fenómeno que la mayoría de los autores relacionados con la evolución han dado en llamar la Explosión Cámbrica, y en el que parece que hay farios factores implicados. Javier Sampedro, en su libro Deconstruyendo a Darwin, destaca la entrada en escena de un ser con simetría bilateral a partir de una multiplicación de genes. Tener simetría bilateral significa tener el cuerpo dividido en dos partes, una imagen especular de la otra, y tener claramente diferenciadas la cabeza, el cuerpo y el abdomen, los tres unidos por una cuerda nerviosa central y un sistema digestivo que atraviesa el cuerpo desde la boca hasta el ano. Michael Benton, por su parte, hace hincapié en la coincidencia de la explosión de la vida con el fin de la glaciación Marinoan, durante la cual los casquetes polares llegaron a cubrir prácticamente todo el planeta. Lo realmente asombroso es que los diez millones de años que duró la explosión Cámbrica, apenas suponen el 0,2 % del tiempo de la historia de la vida en la tierra.
No sé si el ejemplo que les voy a poner es muy afortunado, pero creo que es suficientemente gráfico. Imaginen a un hombre que llevase veinticuatro años metido en una cuna alimentándose de biberones cada cuatro horas y vistiendo pañales, que en los dieciocho días anteriores a su vigésimo quinto aniversario, le salieran los dientes, se pusiera en pie, aprendiera a hablar y a caminar, estudiase el bachillerato y la carrera, se echara novia y encontrase trabajo. Todo en tan sólo dieciocho días, y con la crisis encima.
Pero esperen, que aún hay más críticas. Es cierto que se encuentran fósiles de especies con rasgos similares, o que comparten rasgos de dos diferentes, pero Stephen Jay Gould y Niles Eldredge han señalado que las especies permanecen prácticamente inmutables a lo largo del tiempo. Es decir, que el fósil más antiguo de un triceratops, por ejemplo, o de un megaterio, es prácticamente igual al más moderno. Esta observación dio pie a Eldredge y a Gould a formular su Teoría del equilibrio puntuado. Esta teoría viene a decir que las especies permanecen básicamente estables, en equilibrio, salvo en determinados momentos, que ellos llaman periodos de especiación, en que surgen especies nuevas. Según Gould, esos periodos críticos de generación de nuevas especies suelen ocurrir después de grandes cataclismos, y en ellos se pondrían en acción las mutaciones, el aislamiento, la presión del medio y, en última instancia, la selección natural, aunque esta última quizás más como mecanismo regulador entre especies, que entre los individuos de una especie determinada. Según ellos, y este es un factor nuevo y discutido por otros muchos autores, extinción y especiación van fuertemente agarrados de la mano.
De hecho, un factor que no debemos olvidar es que nosotros existimos gracias a que un meteorito provocó la extinción de los grandes dinosaurios, que eran los que por aquel entonces estaban perfectamente adaptados y regían el mundo. Pero la pregunta que a todos nos atañe, la que seguramente se están haciendo ustedes en este momento y la que Matilde Gil, protagonista de la novela Las caras del tigre, se plantea, es en qué nos afecta a nosotros este complejo panorama, dónde encajamos y qué somos en realidad. La respuesta es que la historia del hombre no puede separarse de la del resto de los animales.
El hombre no desciende del mono, somos monos, primates, mejor dicho. Pertenecemos a la especie Homo sapiens, a la familia de los homínidos, porque andamos sobre dos piernas, a los antropomorfos, porque no tenemos cola ni cara de perro, al parvorden de los catarrinos, porque nuestras fosas nasales están orientadas hacia abajo, al suborden de los haplorrinos, porque nuestros orificios nasales no están rodeadas de rinario, esa piel rugosa y húmeda que tienen los lemures, y nuestro labio superior no está dividido y es móvil, y al orden de los primates.
Somos mamíferos inteligentes, diurnos y visuales, como casi todos nuestros parientes. De entre ellos, los más cercanos, genéticamente hablando, son los chimpancés, pero compartimos antepasados más o menos lejanos con todos los antropomorfos. El primero en separarse del tronco común fue el orangután hace unos quince millones de años, luego el gorila hace nueve, y por último nosotros del chimpancé hace entre siete y cinco millones de años. Lo curioso es que, en contra de lo que pudiera parecer, el chimpancé parece que está más próximo a nosotros, genéticamente hablando, que al gorila, hasta el punto de que hay autores como Jared Diamond que hablan del hombre como el tercer chimpancé.
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