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Creo que queda claro que los animales no evolucionan para adaptarse a su medio ambiente; sobreviven los que cuentan con la aptitud necesaria, o se extinguen. O dicho de otro modo; tan ‘evolucionado’ es un hombre, como la solitaria que crece en su intestino, ya que cada uno es triunfador en el medio en el que se ha visto obligado a vivir. Al final, la vida parece que no tiene más sentido que el de perpetuarse.
Con el tiempo, la teoría de Darwin se vio fortalecida al incorporar los conocimientos de genética descubiertos por Mendel y el concepto de mutación, que dio un nuevo sentido a la idea de ‘variación favorable’. Pero desde su mismo nacimiento han sido muchas las críticas que ha soportado la teoría de Darwin, y no sólo desde el punto de vista religioso, aunque quizás sean éstas las más virulentas.
Cada religión tiene una forma de afrontar el ‘problema’ (y digo ‘problema’ entre comillas) que suscita el asunto de la evolución. Aunque la mayoría de los credos derivados de la Biblia (cristianismo, Islam, y Judaísmo) comparten en mayor o menor grado los fundamentos creacionistas (es decir, la idea de que todo ha sido creado por Dios), difieren mucho en la interpretación del proceso. Los hay que directamente se niegan a escuchar ningún argumento que ponga en tela de juicio las revelaciones del Génesis. Por mucho que los medios más sofisticados de datación basados en la desintegración radioactiva, como el Potasio-Argón, den a la tierra una antigüedad de 4.500 millones de años, ellos se mantienen en los 6.000 años que obtienen de sumar las edades de los patriarcas.
Los defensores de esta fe han intentado disfrazar sus presupuestos ontológicos como teorías científicas tras el nombre de Teoría del Diseño Inteligente. Su postulado fundamental se resume en la analogía del relojero de William Paley. Decía Paley que si uno va paseando por el campo y se encuentra un reloj, inmediatamente se da cuenta de que un mecanismo tan complejo no puede ser un objeto natural, y de que alguien ha tenido que fabricarlo. Del mismo modo, Paley decía que cuando vemos a un ser vivo, resulta evidente que su complejidad no puede deberse al azar y que por tanto tiene que haber un creador. Y ese creador es, evidentemente, Dios.
Un punto de partida similar al del Diseño Inteligente, pero totalmente contrario en sus conclusiones, lo encontramos en aquellos que se declaran partidarios del Diseño No Inteligente, es decir, aquellos que piensan que en efecto hay un Dios creador, pero que ese Dios debe de ser un demente, porque de otro modo sería totalmente incomprensible que nadie en su sano juicio concibiese a seres tan extraños como el dodo o el ornitorrinco. Hasta los científicos que descubrieron a esos animales pensaron que eran una broma.
Por otra parte, están los que piensan que en efecto hemos sido creados, pero no por un Dios eterno y universal, sino que somos la consecuencia de un experimento genético llevado a cabo por extraterrestres. Ese es el caso de los raelianos, cuyo fundador dice haber mantenido un encuentro con los eloin, que le han aclarado todo el asunto. Mientras aguarda su regreso, colecta dinero para construir una embajada extraterrestre en Jerusalén y mata el tiempo rodeado de su harén particular de mujeres bellísimas a las que llama sus ángeles. Y si respecto a los judeo-cristianos hay dudas razonables al respecto, les aseguro que los ángeles de Rael sí tienen sexo.
Para la Iglesia católica, que es quien gobierna sobre la mayoría de las conciencias religiosas de nuestro país, incluso sobre la del jefe del Estado, el camino no ha sido fácil, aunque sí inteligente. No en vano, a lo largo de la historia ha dado muestras de una enorme capacidad de adaptación y tendencia al sincretismo. Desde su punto de vista, es más sabio incorporar la evidencia al dogma, que negarla. El papa Juan Pablo II dijo en un mensaje dirigido a la Academia Pontificia de las Ciencias: ‘La verdad no puede contradecir a la verdad’. Es decir, la verdad revelada, la palabra de Dios, no puede contradecir la verdad científica, y si así lo pareciese, será porque los hombres no han sabido interpretar adecuadamente los textos sagrados, no que éstos estén equivocados. Porque hoy en día, reconocía más adelante, ‘nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis’. Y en efecto, los teólogos católicos han ido reinterpretando el Génesis a la luz de los datos que poco a poco ha ido aportando la ciencia.
De ese modo, Pío XII, en 1950, en la Encíclica Humani Generis in Rebus, admitía el evolucionismo en lo tocante al cuerpo humano, aunque no en lo referente al alma. Pero defendía el monogenismo a capa y espada, es decir, la descendencia de toda la especie a partir de una sola pareja, Adán y Eva, porque de otro modo resultaba difícil mantener la idea del pecado original. En su apoyo citaba un texto de San Pablo, Romanos, 5, 12:
‘Por tanto, como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte alcanzó a todos los hombres’.
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