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Este último, gracias a sus investigaciones sobre los lentos y graduales procesos de cambio apreciables en la estratificación geológica, le proporcionó la idea del tiempo, de la enorme cantidad de tiempo que llevaba la tierra girando sobre su eje, tiempo necesario para dar lugar a los cambios que acontecieron y que el margen de 6000 años que fijaba la Biblia hacía inviables.
En cuanto a Malthus, fue su visión catastrofista del destino de la humanidad lo que atrajo su interés. En el Ensayo sobre el principio de la población, Malthus venía a decir que si no se controlaba a la población humana, ésta crecería en progresión geométrica hasta el punto de exceder la capacidad de producción de alimentos, lo cual provocaría una catástrofe de dimensiones incalculables. Darwin vio en esa posible escasez de alimentos, y por tanto, en la consiguiente lucha por la existencia, el detonante que le faltaba, la causa última de la generación de las especies, lo que él llamó la selección natural.
Con todos los argumentos ya en la mano, Darwin se decidió a hacer pública su teoría, argumentándola de la siguiente manera. Como primer supuesto, señala que la población de las especies en estado salvaje se mantiene más o menos estable. En segundo lugar, destaca que cada año nacen más ejemplares de los que el medio puede mantener. Por último, todos esos ejemplares nacen con pequeñas variaciones. Dependiendo de las circunstancias, esas variaciones se mostrarán como favorables o desfavorables en la competencia por obtener más y mejor alimento. Cuando llega el momento, los portadores de las variaciones favorables estarán, lógicamente, en mejores condiciones para reproducirse, y por tanto de transmitir esas variaciones a la siguiente generación.
Esa es la síntesis de la Teoría de la descendencia con modificación mediante variación y selección natural. Frente a Lamarck, que sostenía que el uso repetido de una función acababa por crear el órgano, Darwin plantea un proceso radicalmente diferente. Para que lo veamos más claro, volvamos al ejemplo de la jirafa. Imaginemos una población de antílopes en la sabana durante un periodo normal de lluvias con comida abundante a ras de suelo. Todos los miembros de la manada son ligeramente diferentes unos de otros, unos tienen las patas delanteras un poco más largas, o el cuello un poco más corto, otros tienen la lengua más fina o las muelas más duras. Si hay comida suficiente, en principio ninguna de esas variaciones sería determinante para la supervivencia. Pero ahora imaginemos que cambia drásticamente el clima, que llega una temporada de sequía en la que escasea el forraje a ras de suelo. Entonces, tendrían ventaja aquellos animales que, de entre todas las posibles variantes, hubieran sido favorecidos con la capacidad de acceder a fuentes de alimento diferentes como las hojas de las acacias, aquellos cuyas variantes fueran una mayor altura de cuello o de patas delanteras. Y si la situación se prolongase en el tiempo, al final sólo quedarían ejemplares con cuellos enormes, los cuales, a fuerza de acumular diferentes variaciones, pueden llegar a constituir una nueva especie.
Lo más sorprendente del planteamiento de Darwin es que, de no haberse producido esa situación de escasez, la longitud del cuello de esos ejemplares afortunados no habría sido relevante en absoluto. Al contrario, puede que incluso les hubiera perjudicado frente a los de cuello corto, porque éstos accederían con menos esfuerzo al pasto del suelo y, en el caso de un ataque de los depredadores, huirían con mayor rapidez. Es decir, la teoría de Darwin implica no sólo una íntima interrelación entre los seres vivos y el medio en el que viven, sino que incluye, como variante en el proceso, una gran dosis de azar. Al final, la diferencia entre la supervivencia y la extinción depende de que la variación favorable esté presente en una población determinada de animales en el momento adecuado.
Otro ejemplo clarificador de la idea de la selección natural y muy citado en biología evolutiva es el de la mariposa negra de Manchester. La Biston Betularia era una mariposa blanquecina con motas negras, óptima para camuflarse entre los líquenes grisáceos que cubrían las ramas de los abedules en las que se posaba. En cada generación nacía un porcentaje mínimo de ejemplares con alas negras, las cuales, al destacar claramente del entorno, eran presa fácil para los pájaros. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, en plena revolución industrial, los campos entorno a Manchester se fueron tiznando de negro por el hollín del carbón que quemaban las fábricas, así que los ejemplares de alas negras empezaron a pasar desapercibidas, mientras que las blancas destacaban del fondo como si fueran bombillas. El resultado es que en poco menos de 50 años el 98% de la población de Biston Betularia era negra.
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