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D. José Luis Pardo

Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid

Esto no es música. El malestar de la cultura de masas

En Bilbao, a 25 de febrero de 2008
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Laurentino Fernández

De manera que, la razón por la cual esta portada hoy resulta un poco inquietantes, entre otras cosas, es porque el bienestar se ha vuelto malestar y eso de juntar a la gente, como se juntaba en aquella portada, ya no parece una cosa simpática. Ahora parece que estamos mejor separados y que se multiplican las divisiones y las desigualdades. Es decir, el malestar en la cultura contemporánea es un malestar social, es un malestar del vínculo social. No estamos bien con los otros.

Esta es una de las cosas que yo quería decir. La otra es que, claro, si es propio de la filosofía, desde luego, suspender las distinciones que se basan en prejuicios, como generalmente es este de la cultura baja y cultura alta etc, no es ya lo dicho para obviar toda distinción y decir todo es lo mismo etc, es todo lo contrario. La filosofía, en fin, existe justamente para el discernimiento, para el juicio, para la crítica y, por lo tanto, eso significa distinguir, hacer otras distinciones que, aparentemente, parecen sutilezas teóricas, pero su inobservancia puede hacer correr auténticos ríos de sangre. Yo en este libro me he conformado con llamar la atención sobre una aparentemente muy sencilla y creo que, en rigor, es muy sencilla. Otra cosa que, en fin, el combate por ella, pues, haya sido muy largo: que aquella distinción elemental que hacía Aristóteles en la poética, entre la poesía y la historia, es una cosa simple. Aristóteles decía es que en la historia suceden unas después de otras, mientras que en la poesía -cuando él decía poesía estaba pensando, sobre todo, en la ficción narrativa y en la ficción narrativa dramática en el teatro-, pues en la poesía las cosas suceden unas a consecuencias de otras. Esto no quiere decir, solamente, que sean unas causas y otros efectos, sino que, evidentemente, el que compone una fábula dispone los acontecimientos de tal manera que todos contribuyan y estén ordenados al desenlace final, que justamente tiene que desenlazar el nudo de la trama.

¿Por qué decía esto Aristóteles? ¿Por qué, de pronto, le entró esta preocupación por distinguir entre poesía e historia? Pues, porque -¿se acuerden ustedes?- fue asesor de Alejandro Magno. Es decir, porque Aristóteles sabía perfectamente, por experiencia, que los que hacen la historia, generalmente con medios brutales y despiadados, tienen una enorme tendencia a poetizar sus acciones a presentarles poéticamente, más que históricamente. Esto de poéticamente no quiere decir que tiendan solamente a embellecerlas, sino que tienden a justificarlas. Es decir, a presentarlas como operaciones de las cuales ellos son responsables. “Ha sido el destino”, “los dioses me obligaron”, “no podía hacer otra cosa”, “me vi obligado”, “tú lo has querido”, “fue mi responsabilidad histórica”. Y así vemos a hombres llenarse de grandeza a fuerza de los miles y miles de cadáveres de que han sembrado el camino. “Tuve que tomar aquella decisión”.

Bueno, esto es una cosa que no sólo sucede con los hechos de armas, sino también -o sea que, en fin, que uno invade un país en función de unas armas de destrucción masiva, que no existían-, también sucede, qué sé yo, con los juegos olímpicos del 2025; o sea, vamos allá, a por ellos, no podemos faltar a esta cita. Nadie sabe por qué no podemos faltar, pero, a lo mejor, tampoco hay armas de destrucción masiva en este caso. Entonces, pasa muchas veces, cuando alguien llega a una empresa o a un banco o a un periódico: “ha llegado el futuro, muchachos”. Y, entonces, le amarga la vida a todo el mundo, porque pronto hay que hacer otras cosas diferentes. O sea, que la observación de Aristóteles, no sé si tanto como la de Al Gore, pero es un poco incómoda, porque, claro, nos recuerda que una cosa son las expectativas de sentido que todos tenemos, en fin, de que nuestra vida, pues, unas cosas se liguen con otras y podemos hacer con eso un argumento. Y que haya una cierta, en fin, congruencia entre las acciones y las recompensas o los castigos, y otra cosa es muy diferente a la experiencia histórica, en la cual observamos habitualmente cómo a los buenos, a los justos y a los inocentes, les suele ir bastante mal y, sin embargo, los malos y los canallas, pues, como mínimo, se van de rositas casi siempre y, como máximo, encima se lo pasan de muerte y en fin…

No podemos conformarnos con que el sufrimiento, en fin, de cientos de miles de seres humanos, a lo largo de la historia, haya sido en vano. Y, como tengo que resumirles, les daré a ustedes solamente una estampa, que es esa entrevista en la cumbre, que mantiene en 1808 Napoleón y Goethe, cuando Napoleón, en fin, se baja del caballo para explicarle a Goethe que aquello de la poesía y la tragedia y tal, y el destino, que eso se ha terminado; o sea que le está jubilando. Pero no solamente le está jubilando -es la crisis del teatro, realmente-, pero le está jubilando porque le está tomando el relevo. “Sí, mire usted, de esto de la tragedia, el destino y la gestión de los temores y esperanzas de los hombres, que de lo que se venían ocupado ustedes los poetas hasta ahora, de esto, a partir de ahora nos vamos a ocupar nosotros, los que hacemos historia”. Por supuesto, esto convierte a los personajes históricos en personajes de teatro que, por eso, son imputables, salen al teatro y representan a Edipo, en fin, a Hamlet, a Macbeth, pero no se les puede hacer responsable de sus actos porque, en fin, son simplemente actores, han seguido un guión, de la misma manera que los grandes hombres siguen el guión del destino y, por lo tanto, son inimputables.

 

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Por César Coca, Oscar B. Otalora e Iñaki Esteban