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Es una huella grande. Hay estudios concretos ya, dentro de las facultades de historia del arte, que nos hablan de la dimensión de este impacto. Pero todavía, quiero insistir, cuando hablo de cultural no me refiero a esto, me refiero a que la huella cultural de la guerra de la independencia es la creación de una imagen, que va a perdurar prácticamente siglo y medio, de nosotros mismos. Entre la literatura testimonial de quienes combatieron en el infierno de España, contando cómo eran los españoles y las españolas, y los mismos retratos afianzando mucho de los rasgos que hacen los viajeros románticos en los años 30 del siglo XIX, se configuró una imagen del español y de la española que ha prevalecido hasta los años 50, 60 del pasado siglo. Una imagen que nos hacía muy diferentes.
Somos considerados diferentes de los europeos, lo que nos ha determinado en gran medida esa especie de esquizofrenia que, durante más de siglo y medio, hemos vivido los españoles en un juego respecto a Europa, que podríamos traducir, por ejemplo, en dos personajes: de la generación del 14 uno, y del 98 otro; en Unamuno y en Ortega. Como si no fuéramos Europa, como si Europa fuera un puerto de llegada, la generación del 14, con Ortega a la cabeza, se cansó de repetir que España era el problema y Europa la solución. Eso arranca de una percepción nuestra basada en la diferencia con respecto a dónde queremos ir. Pero, por los mismos días, Unamuno insistía el que el problema es españolizar Europa. Bien, esto en cualquier caso vuelve a insistir en lo mismo. Y esa huella que nos lleva a un juego especular con Europa durante casi dos siglos la heredamos en buena medida de la Guerra de la Independencia.
Heredamos, además, una cultura de la violencia muy peculiar. Después de seis años de vida en ámbitos de crueldad como los que hemos descrito, el concepto de la vida y de la muerte adquiere unas determinadas dimensiones. El valor de la vida humana tiende a la baja, la muerte se convierte en algo demasiado cotidiano; el homicidio poco menos que una práctica de fin de semana.
Además, durante la guerra se ha abierto un conflicto político que va después a desembocar en los años posteriores en un enfrentamiento de décadas entre tradicionalistas –“serviles”, como se les llama- y liberales, según los momentos también con otros nombres. Y, en ese conflicto, esta cultura de la violencia estará omnipresente. Esa es una huella que no se puede reducir a estadísticas, pero que es la verdaderamente trascendente de la Guerra de la Independencia : una imagen de España, un sentido de la vida y de la muerte. La guerra de la independencia fue la confrontación de dos cosmovisiones: una de corte romántico, la otra de corte racionalista. La racionalista estaba basada en la herencia de la ilustración, en una oferta de corte racionalista, progresista, modernizadora, etc, que prometía la libertad. La tradicional estaba basada en el espíritu, que no es exactamente la razón, en un espíritu informado en gran medida por las tradiciones. Y los españoles prefirieron conquistar su libertad a obtenerla de la mano de quien venía a imponérsela so capa de esa misma prédica de libertad que habían heredado de la Revolución Francesa.
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