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D. José Luis Villacañas

Catedrático de Filosofía Moral de la Universidad de Murcia y Premio de Periodismo El Correo 2006

La actualidad política española y los intelectuales

En Bilbao, a 2 de Julio de 2007
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Yo no estoy seguro de hablar de forma genérica del intelectual: el intelectual es una caracterización que no acabo de precisar ni de comprender. Yo no soy un intelectual; me defino fundamentalmente como filósofo; reivindico, esto sí, esa cierta libertad de pensamiento que es connatural con la filosofía, pero reivindico fundamentalmente una tradición y un oficio. Creo que la filosofía es una de las formas del espíritu y me gustaría hablar de esto en primer lugar, para luego pasar a la política como una de las formas de la filosofía y, en tercer lugar, hablar del presente español desde estas dos premisas.

La filosofía es una de las formas del espíritu. Esto, ¿qué quiere decir? La noción de espíritu es muy complicada y no voy a definirla con una pretensión teórica, sino más bien funcional. Espíritu es todo aquello que afirma su voluntad de permanecer y de trascender la vida finita del ser humano. Espíritu es aquello que queremos que alguien herede cuando no estemos aquí, aquello que nos trasciende de alguna manera y aquello que por su dimensión de ser sentido, de ser pensado, revivido, recreado circula entre los seres humanos en libertad. Por lo tanto, el espíritu no vive dentro de lo que se llama la aceleración del tiempo, el espíritu retrasa la aceleración del tiempo; podíamos decir que es una de aquellas formas, que Pablo dice en una de sus cartas, hablando de aquello que retiene el tiempo y hace que no corra tanto.

Desde este punto de vista la filosofía tiene una estructura compensatoria: todo nuestro tiempo corre y corre de forma acelerada, de manera que en muchas ocasiones nos propone algún paisaje que parece que no vamos a conocer ni reconocer; ante lo nuevo, lo completamente nuevo, en un desequilibrio entre lo que tenemos a las espaldas y lo que tenemos en el futuro; lo ignoto del futuro, que la ciencia ficción a veces nos quiere proponer en un anticipo, esto es lo que quiere disolver un poco cualquiera de las formas del espíritu. Y entre ellas, hegelianamente hablando, yo destacaría tres: la religión, el derecho y la filosofía. Todas ellas sólo viven porque contienen el paso del tiempo, generan un pasado que deja algún tipo de experiencia. La filosofía es una de ellas, es una de esas formas de compensar nuestro tiempo acelerado. Desde este punto de vista, como cualquier otro poder o elemento espiritual, la filosofía vive en todas las dimensiones de la historia.

De allí que tenemos la inclinación de invadir los terrenos de los historiadores, la filosofía no puede vivir fuera de su historia, justo porque tiene un depósito del pasado, justo porque detiene el paso del tiempo, detiene la fugacidad del paso del tiempo, genera una experiencia que se proyecta hacia el futuro como una expectativa. La filosofía cree en el tribunal de la historia -no hace falta ser Schiller para hablar del juicio final de la historia-, pero la filosofía, en la medida en que enseña como la religión, como el derecho, a controlar el tiempo, está en condiciones de tener expectativas de simular o de pensar en el largo plazo y está en condiciones de darse cuenta que, cuando los seres humanos y las comunidades entran por determinados caminos, hay que empezar a pensar en el final de la experiencia. Ya hay que trabajar y laborar por el momento de la reconciliación.

A mí me hace mucha gracia la actual orientación de la memoria histórica, que no hace memoria de los que hicieron memoria. No existe ni uno sólo de los actores de uno y otro lado de la guerra civil española que cuando haya escrito sus memorias no se haya acusado, se haya sentido culpable; a posteriori. En cierto modo, la filosofía anticipa estos procesos. Hay caminos que no llevan a ningún sitio y cuando el filosofo con una experiencia histórica ve que se avecinan, lo más importante es trabajar como si ya se hubiesen cumplido, y comenzar a laborar en las formas de la reconciliación, en las formas de la mediación; no en las formas del enfrentamiento. Esto es así, a mi modo de ver, porque, en el fondo, cuando el filósofo se ha dedicado a la filosofía siempre ha visto que la estructura elemental de la vida social es, en cierto modo, el conflicto. El patrón de los filósofos como Sócrates sabe que las sociedades viven en el conflicto de la misma manera que el patrón de los hombres religiosos, Jesucristo, sabe que existe verdaderamente también el conflicto; la diferencia bien-mal. Sócrates y el filósofo casi comparten el mismo destino que Cristo y el Gran Inquisidor de Dostojevski. Dostojevski dice que si Cristo viniera, sería preferido una vez más Barrabas a su propia figura y los filósofos sabemos que, en la medida en que nos comportemos de manera seria, el destino de Sócrates empieza a rondarnos.

¿Por qué es esto así? Indudablemente porque hay dos maneras de tratar el conflicto: una, ciertamente, intensificándolo, construyéndolo, construyendo mediante la intensificación de la diferencia. Dos, reconocerlo y proponer instituciones para mantenerlo equilibrado. Es mucho más fácil, es mucho más fácil mantener un control de la guerra cuando se sabe que la guerra es inmanente a la historia humana que cuando se propone un pacifismo a ultranza. Esta es una de las enseñanzas de la historia humana. La guerra se limita más cuando se sabe que es una dimensión verdadera de las sociedades humanas que cuando se quiere negar, porque el estallido será más grande. Los filósofos no han inventado grandes cosas en los últimos 2.500 años en relación con la forma de gobernar las instituciones y las sociedades para evitar que el conflicto sea muy grande. En realidad, la tesis que emerge con la Revolución Francesa, según la cual existe una soberanía absoluta de la nación, es una tesis, aparte de muy nueva, muy falsa. Los grandes filósofos saben que los poderes constituyentes no se inventan las constituciones. Kant hablaba de una constitución ideal y las constituciones reales se aproximan a ella.

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