Durante la guerra, las familias que sospechaban que su padre, su madre, su hijo estaba en un campo de concentración nazi, lo que solía hacerse era dirigirse a la embajada española en Berlín, o al consulado en Viena, demandando información sobre este o aquella persona. El éxito era desigual. En algunos casos las muertes de presos se comunicaban a la legación diplomática y éstos informaban a sus parientes. En otros casos la cosa se perdía en un interminable maremagno burocrático y todo estaba en también en función del interés que el caso, por alguna razón, despertase en el diplomático de turno, en aquel momento estaba de embajador en Berlín, el conde Mayalde y en Viena había un cónsul que se llamaba Guillermo Pecker y Cardona.
El problema de los nazis era que nunca que se sabía por donde iban a tirar, pero un par de veces se permitió a los presos españoles escribir a sus familias. Las cartas no podían tener más de 25 palabras y lo único que se podía contar es que se estaba bien, que los trataban bien. Pero, claro, realmente, era una prueba de vida con lo cual fue muy apreciado. Juan de Diego, aquel español que estaba en una de las oficinas del Lager se le convirtió en censor de las cartas, tanto de las que los presos enviaron, como de las que recibieron. Después, se les ordenó suprimir cualquier referencia relacionada a la guerra; en las cartas que llegaban y por su cuenta de Diego tomó la decisión, creo que muy inteligente, de eliminar también de las cartas que llegaban de los familiares todas referencia a las muertes producidas en la familia, porque era la única forma de mantener un poco la moral de la persona que iba a recibir la carta.
El campo de concentración de Mauthausen fue liberado por la 11 división acorazada del ejército americano el 5 de mayo de 1945. Al llegar. Los americanos se encontraron con esta pancarta de recepción: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras." O sea, ya se habían organizado también para dar la bienvenida a los americanos. De hecho, fue un grupo de españoles quien tuvo el honor de echar abajo una águila de bronce que sobre la esvástica nazi daba la bienvenida a los que llegaban al campo. También es verdad que entre los libertadores que se encontraron de bruces con una cosa que no esperaban. Nadie, nadie podía imaginarse lo que estaba ocurriendo en los campos de concentración, a pesar de que había noticias que nadie quería creerse. Hubo muchos casos de muertes ocasionadas por la torpeza de los libertadores que, lo primero que hicieron cuando vieron aquel ejército de hombres famélicos, fue darles de comer. Claro, una persona que ha pasado los últimos tres años de su vida sobreviviendo con una dieta, que estaba en torno a las 1.000 calorías diarias, y de repente le dan un plato de carne en conserva y dos tabletas de chocolate... Hubo gente que murió de los atracones que se pegaron allí.
Meses atrás, el 27 de enero del 45 se había producido la liberación del campo de Auschwitz, por eso el 27 de enero está elegido el Día Internacional de Conmemoración del Holocausto Judío. Bueno, pues este fue el primer campo que cayó; luego vendrían otros y se fue poniendo así de manifiesto la dimensión del horror del Holocausto. El mundo asistió, muchas veces incrédulo, a la comprobación de una realidad que, hasta entonces, no se había querido asumir. Se prefería pensar que todas aquellas atrocidades que contaban los judíos eran una forma de inclinar a su favor la balanza, o de hacer propaganda de la causa judía. Entre los meses que mediaron entre la liberación de Auschwitz y la de Mauthausen, casi cuatro meses, las noticias iban llegando al Lager , las noticias de liberación de otros campos. Por eso cundió la intención de destruir la mayor cantidad de material posible. Los SS, lo que no contaban era con la firme determinación de algunos presos, muchos de ellos españoles, de hacer públicas de la manera que fuera, las historias terribles que habían tenido lugar tras los muros del campo y de documentar todas las historias, para que nadie pudiera ponerlas en duda.
El personaje de mi novela, de la que se hablaba al principio, se llama Ignacio Font. Les decía que no es real, pero podría serlo. Es la suma de muchos hombres, compatriotas nuestros, que durante años lucharon por sobrevivir en el corazón del infierno. Cuando, tras volver a casa, les preguntaron qué era lo que les había empujado a resistir, plantando cara al dolor y a la muerte, todos estaban de acuerdo en una cosa: en los momentos de mayor desesperación, el deseo de contar lo vivido había sido una razón de peso para seguir aguantando. Todos aquellos hombres, algunos de los cuales -pocos por desgracia- viven todavía, entendieron que tenían entre manos la enorme responsabilidad de convertirse en testigos vivos de la historia más atroz vivida durante la edad contemporánea en el mundo civilizado. Creo que las generaciones futuras nunca les agradeceremos lo bastante su voluntad de vivir para contarlo.